Epílogo
Varios cambios de estación los habían mirado crecer. Siendo reyes soberanos, equivocándose y aprendiendo, todos los dias pensando en la inevitable muerte que tendrían. Aun asi, vieron morir a muchos mas, y ellos seguian ahi, juntos.
La reina madre falleció la misma primavera que el primer hijo de la pareja; había sido un parto difícil y el pequeño había muerto al nacer. Como si estuvieran condenados a la infelicidad, la bruja anciana falleció tan solo un año después, mientras el libro seguía atormentandolos, bajo llave en aquella habitación fría del castillo.
Loralin no pudo soportarlo, en sus aposentos, apunto de dormir, confío con su esposo. — ¿Cómo podemos seguir viviendo sabiendo lo que hicimos ahí? ¿Y si los demás están muriendo por culpa de eso? ¿Qué tal si la bruja estaba equivocada? — preguntó, con aquella ansiedad que la había caracterizado desde la coronación, Almer suspiro, mirándola.
— Quizá se equivocó, podríamos solo ignorarlo, como hemos hecho… ó podemos llevar el libro lejos. — sugirió, ella negó, tampoco conforme con la idea.
— No, no… alguien va a encontrarlo y si lo usan… todo el mundo sabrá de la magia, y no solo eso, sabrán lo que hicimos. ¿Y si nos está castigando por eso, Almer? ¿Qué hacemos si no podemos asegurar nuestro legado? —
El no tenía ninguna idea, no tenía posibles futuros, o teorías. No tenía nada.
Se enderezo en la cama, severo. — No lo sé, Lori. Puede ser eso, puede ser cualquier otra cosa, la única persona que sabía lo que pasó ya murió, podemos estar tranquilos, solo tenemos que dejar de mencionarlo. No pueden hacernos nada de este lado del libro, ¿recuerdas? No pueden salir ni ocupar magia. Estamos a salvo. — Dijo, no tan seguro, mientras abrazaba a su esposa.
Ella aceptó eso, aun si tampoco estaba muy segura.
Muchas veces se encontraba a sí misma vagando fuera de la habitación con llave, como si la idea de concebir a un niño y mantenerlo vivo la atormentara dia a dia; habia pasado bastante desde la muerte de su hijo, y sentía la huella en ella, se sentía deprimida y sola, dentro de aquel enorme castillo, queria mas de lo que tenía. Aunque nunca se atrevió a entrar a aquella habitación a enfrentar aquel recuerdo de su pasado, de su equivocación más grande.
Conforme pasaba el tiempo, los murales entre ambos se consolidaron mas y mas fuertes, pero no se separaban, estaban atados, y terminaban volviendo por el otro, tarde o temprano.
El firmaba documentos, escuchaba peticiones de los ciudadanos, en constante comunicacion con ellos, resolvía disputas; ella decidia impuestos, mantenía en orden el castillo, trataba personalmente asuntos con los otros reinos. Se sentaban el uno junto al otro, en la sala de tronos, en aquellas enormes y frías sillas que les mostraban a todos los demás el titulo que se habian ganado. Loralin miraba con atención aquel retrato que había ordenado colgar en el enorme pasillo, él miraba con empeño el anillo con aquella piedra blanquecina en el. No se miraban, no como antes, pero estaban coordinados, el reino balanceado. Y sus manos, apenas y se tocaban, despacio, solo sus dedos índices, como si no se permitieran otro contacto, su matrimonio como una alianza silenciosa.
El vínculo entre ambos era extraño para la servidumbre. Cuando el enfermaba, ella no lo abrazaba o consolaba, pero cancelaba sus audiencias. Cuando ella dudaba sobre alguna decisión, él no la tranquilizaba, pero ejecutaba la orden con el bienestar de su esposa primero. Ninguno de los sirvientes entendieron el vínculo, ni siquiera después del segundo embarazo de la reina.
Meses después, aun con incertidumbre, temor y contra todo pronóstico, dieron a luz a un niño, uno saludable de cabello blanquecino, como su padre. Le realizaron la ceremonia de nacimiento, bendecido frente a la dragona de plata, el hijo de Almer y Loralin, príncipe heredero, Camus Celreth.
Solo entonces los sirvientes vieron la fortaleza del vínculo de ambos reyes, que ahora eran más cálidos, con la presencia del pequeño niño, parecía un castillo más feliz, y ellos, se acercaron de nuevo.
— Estamos a salvo, viviremos para ver a nuestro hijo crecer. — Le decía Almer a Loralin en las horas de almuerzo mientras el niño curioso jugueteaba con la comida. Ella sonreía ligeramente.
— Nada nos puede pasar de este lado. — ella repitió, aquello que su esposo había prometido tiempo atrás.
Poco sabían, sin embargo, que su descendencia se vería envuelta en el sucio destino de un libro que los había marcado, que había memorizado su sangre para cobrar el precio de despertar cosas que no debían ser despertadas. Camus vivió una vida feliz, con padres amorosos y un reino prometido. Creciendo con cuentos maravillosos llenos de criaturas inimaginables.
Loralin y Almer Celreth gobernaron Argentum treinta años más, viviendo la mitad de la vida a la que estaban destinados. Después de la muerte de sus padres, Camus Celreth estaría obsesionado por encontrar aquel libro mágico cuyas historias lo habían cautivado desde niño.