— No es pozo, es un jodido agujero sin fondo
El asfixiante sol lucía divertido de mi desdicha. Los pasos de Clavis se habían vuelto más lentos y Monarca que sobrevolaba con altitud, se había visto en la necesidad de bajar vuelo y cubriendome con su sombra. Cosa que agradecía en silencio.
Tardó una o dos horas escuchar un:
— ¡Lo veo jueza, lo veo! — con euforia.
Esperaba que fuera real y no que mi querida Monarca sufriera de las alucinaciones por el calor. No fue tanto así, ya que el pozo ante mi, no tenía nada de pozo, sino, un agujero gigantesco en la arena extendiéndose sin fondo aparente.
— Tenemos que bajar — razonó Clavis.
—¿Pediste la cordura?. Obviamente este no es el sitio. No puede ser el sitio.
— Revisa el mapa. Te mostrará una imagen de cómo debe verse.
Con mis dudas a fuerasun descontento inicial que nadie me quitaba y rezando en silencio, aquella aparente entrada al infierno no fuera para nada el sitio que buscábamos. Para mi mala suerte, cosa usual desde que había entrado en este mundo, el mapa mostraba la misma imagen que veían mis ojos en la arena.
—¡Demonios! — exclamé
— Repito, debemos bajar. — su insistencia continúa a bajar me decía con fuerza, que aquella necesidad a desprenderse de mi era desesperante.
La oscuridad que se levantaba penetrante, obligó a todos los pelos de mi cuerpo ponerse de pie, ante la idea de lo que podríamos o encontraríamos allá abajo.
— Está bien — solté. Más como un consuelo hacia mi misma, sabiendo que en realidad no lo estaba.
Clavis clavó dos raíces, a unos metros del pozo, los más profundo que pudo. Otra más delgada se enredó al tobillo peludo de Monarca y una situación inesperada tuvo lugar. Levantando su cuerpo de la arena sobre el agujero y colocando el mío unos metros por encima, mientras chillaba de pánico, sentí los brazos de Clavis rodearme, apretarme contra su pecho.
— Cierra los ojos — susurró con un tono de voz que no reconocí.
—¿Qué estás...? — no terminé la pregunta, nuestros cuerpos descendieron hacia el abismo y sí, mis gritos se hicieron esperar.
∆∆∆
— Jueza, jueza — Monarca repetía mi nombre una y otra vez, yo me aferraba a Clavis con fuerza incapaz de querer contrastar con mis propios ojos, el interior del Pozo
— Suficiente. Tu hedor corporal se está adhiriéndo a mi ropa — Bruscamente, el maldito de Clavis me apartó y sacudió en el aire aún con la raíz envuelta en mi cuerpo
—¡Serás cabrón! — le grité y un sonido similar al de una risa sarcástica salió de sus labios. Aún así, no negaré que mi primera impresión sin lugar a dudas fue magnífica.
En el interior del Pozo había una cueva para nada oscura. Cientos de cristales, tan pequeños como diamantes de adherían a las paredes. Algunos muy brillante iluminaban el camino. Otros de agrupaban entre ellos formando figuras bastante peculiares.
— ¿Soy yo o estoy sintiendo frío?
— Es porque dizen(dicen) que la cueva ezta(está) conectada con todos reinos. Este lado de la cueva debe llevar a Invierno — explicó Monarca envolviendo sus alas alrededor de su cuerpo para brindarse calor.
Cosa que no pude evitar fijarme es los bostezos que daba cada dos segundos.
— Entonces, ¿cómo vamos a separarnos? — le pregunté a Clavis, quién como usualmente se esperaría, no reaccionó.
— Comienza a caminar. Te explicaré cuando lleguemos y no, no quiero escuchar tus preguntas. — chasqueé la lengua con disgusto.
Clavis debía ser bipolar, un minuto hacia algo tierno y en otro volvía a su lado borde y desagradable. Pero, no podía evitar comprenderlo. Poco a poco había logrado armar este rompecabezas y a mi entender, Clavis cargaba con el peso de una historia que no le pertenecía y un montón de idiotas a su lado para recordárselo.
°°°
Mis pobres pies comenzaban a doler. Llevábamos varios minutos caminando y quizás, viajar casi todo Verano sin tener que dar un solo paso me volvió un poco perezosa. El principal problema radicaba en el silencio estridente entre el pelirosa y yo, porque Monarca, cosa que me imaginé sucedería, terminó quedándose dormida en una esquina. Simplemente se desplomó en el suelo y por mucho que intenté despertarla, solo logré que roncara con más fuerza. Y sí, el frío se volvió menos soportable a cada minuto que pasaba.
— Llegamos — anunció Clavis en el momento en que el pasillo de convirtió en una entrada angosta donde bien, apenas entraba una persona
Él decidió pasar primero, no sin antes tomarme una mano, que dudé en tomara varios segundos.
— ¡Santo Cielos! — sentí el aire escapar de mis pulmones al ver la magnífica cantidad de diamantes apilados unos sobre otros sin orden lógico.
Clavis se agachó, observando con calma uno rojizo, tan espeso que parecía vino congelado bien concentrado.
— Guarda en tu bolsa todos los que encuentres como este. — me dijo.
— ¿Por qué?— pregunté
— Él dijo que los rojos similares a este, los naranjas como las frutas y sí encontrábamos unos negros, lo tomemos también
—¿Quién?¿Pol? — él se limitó a asentir —¿Para qué los necesitamos?
—¿Acaso no escuchaste qué no quería preguntas? — ignoré la molestia en su voz y me dispuse a hacerlo porque había sido cosa de Pol. Luego, de vuelta a la Plasis le preguntaría y estaría segura, él si respondería sin problemas.
Era la gran diferencia entre ellos dos. Pol me resultaba agradable, atento, sincero. Puede que me halla abandonado, pero lo hizo por lo que creía correcto. Yo tampoco dejaría unos niños pequeños en manos de ninguna hada. Hasta ahora, no tenía buena referencias de ninguna.
Mi príncipe por su parte. ¿Cómo describirlo sin estresarme en el proceso?. Mejor dejarlo en que lo único bueno en sí, es su rostro.
— Debes estar muy desesperada por alejarte de mi. Te he hecho sufrir demasiado, ¿verdad, pequeña jueza?. — La precencia de Clavis me tomó por sorpresa. Ni siquiera sentí sus pasos o su respiración hasta que estuvo a unos metros de mi.