Four Kingdoms

El Pozo III

— Muere. Muere. Muere. Muere — repetía con vehemencia

Su cuerpo ágil se movía con una facilidad que me resultaba difícil imitar. Lidiaba con las abejas que habían decidido entorpecer su intento de asesinato, en el segundo en que dió dos pasos en mi dirección.

Clavis continuaba estático y no tardé en darme cuenta, la existencia de las poco visible cadena con diminutos cristales que formaban una especie de atadura en sus muñecas. Las cuáles también se adherían a su espalda manteniéndolo estático en la susodicha pared. Forcejeaba, sí, aunque siendo, aparentemente, incapaz de moverse con libertad. Sus dientes chasqueaban y su rostro ya poseía su característico detonante de odio.

En un segundo, las abejas formaron una nube rodeando en una burbuja de ellas mismas, a mi versión pervertida. Cosa que aproveche para moverme e intenta llegar a Clavis. Con un poquito de suerte, encontraría la forma de liberarlo. Esperaba que la suerte no me diera la espalda, últimamente iba de lista y pasaba de mi, la suerte, digo.

- Pero, ¿¡qué demonios!? - Lo que no esperé, ni en mis más remotas pesadillas, cuando cientos de cristales salieron de la absoluta nada, sobrevolando el escenario en que se desarrollaba todo aquel espectáculo, dividiéndose hasta volverse más pequeños y tener todos el mismo tamaño. Apto seguido, casi como si fueran tallados o moldeados en el aire, se convierten en estatuillas con formas de abeja, quiénes en un segundo, no tardaron en volverse tan reales como las que escaparon de la boca de Clavis y se enfrentaban a mi versión desquiciada.

Siendo libre ante el nuevo choque de especies y al observar como sus ojos cambiaban a un azul eléctrico en un pestañeo, lejos de mi color natural, supe o básicamente comprendí, que aquellos clones estaban hechos de los cristales que componían la cueva, los azules para ser exactos. Porque al caer el Clavis falso, los pedazo rotos eran de ese tono y los que compusieron las abejas no parecían diferentes.

— Jueza — el título en los labios de ella sonó escalofriante. Su expresión indescriptible y su caminata inusual me pusieron con los pelos bien de puntas.

¿Y que hice?
Lo que había hecho desde el inicio de mi viaje... intentar sobrevivir o... huir.

∆∆∆

Correr entre el zigzag de cristales altos, largos, puntiagudos, torcidos y saliendo de cada punta de las paredes me hizo sentir como un ratón en un maldito laberinto. Lo peor es que, en un principio escuchaba la risa psicópata de mi otra versión y, al pasar unos minutos, ya no. Situación que no tenía cabida en mi cabeza y me obligaba a sentirme paranoica.

Pero, una vez más, como es de esperar en esta clase de aventuras fantásticas, casi escapadas de algún libro mal vendido, un nuevo problema golpeaba mi cabeza.

— Santos Cielos — murmuré

Frente a mi, la cosa más inusual se desarrollo a la vista

— Ayu... da. Ayuda... A... yu... — Dos, sí, dos estacionales de Verano, vestidos aún con sus pintas casi escapadas de la Plasis, se encontraban totalmente adheridas a la pared, como un estado más avanzado que el Clavis y me aterricé ante la idea de que ese fuera su futuro.

— ¿Cómo llegaron hasta allí? — ambas incapaces de repetir algo que no sonará como una petición de ayuda, iniciaron un acto desesperado por buscar mi ayuda y yo, solo que no había nada a mi alrededor algo con que intentar romper la capa de cristal que las apresaba.

Revisé en bolsa con euforia, aún sabiendo lo que encontraría, el mapa, la piedra de Primavera, una fruta de las Mentiras y los cristales que Clavis me había pedido recoger. Al verlos, no dudé en lanzarlos lejos, rezando no cambiarán de forma y nos atacarán. Más el quejido de uno de los estacionales llamó mi atención, su ojos se posaron nerviosos sobre los cristales arrojado en el suelo.

—¿A ustedes también los atacaron los cristales, verdad? — por supuesto no hubo respuesta y sin embargo, la otro estacional que poseía media boca fuera, aquella que lograba pedir ayuda, murmuraba palabras sin coherencia

—Cri... cccc... tales... crtales ama... i... dos

— No entiendo, ¿qué quieres decir? — intenté preguntar ante su evidente desperación.

— CCCri... cccc... tales... crtales aidos — una vez más repetía aquella sarta de balbuceos que me era imposible determinar que decían. Mientras la otra continuaba clavada en un pequeño montículo de cristales a dos pasos de mi — A... ma... i... llo, a... llí — intento decir una vez más, con un deletreo que me permitió comprender difícilmente que se refería al montículo, si, el montículo de cristales amarillos.

—¡Son peligrosos exclamé! — ella volvió a hablar

— Go... gol... pe ccci... tal go... pe

— ¿Estás segura? — pregunté inquieta. Su compañero apretó los ojos con visible dolor como si intenta hablar conmigo fuera más difícil que la situación en la que se encontraban.

Chasqueé la lengua y me dispuse a tomar el cristal. Con temor, sobre todas las cosas. Para mi astronómica sorpresa, el objeto se hallaba caliente, no al punto de quemar la piel, sino, como un valor penetrante en intenso que se colaba a gusto en tu huesos. No lo pensé más, lo apreté entre mis dedos y como si fuera un estaca directo al pecho, lo clavé en el centro de uno de los estacionales. Y debo admitir, el cristal si se rompió, pero fue una fractura tan diminuta que me hizo saber que liberarlos tomaría un buen tiempo.




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