Fractura

1. Bienvenido al matadero

El aire en Valle Gris no se respiraba, se masticaba. Tenía un sabor metálico, una mezcla persistente de hollín industrial, azufre y esa lluvia ácida que parecía caer eternamente sobre las chimeneas de la zona baja. Era un aire que se te quedaba pegado al fondo de la garganta, como una advertencia física de que habías cruzado una frontera de la que no se regresaba ileso.

Julián “Jules” Vaca mantenía la frente apoyada contra el cristal frío de la camioneta negra. El traqueteo del vehículo sobre el asfalto agrietado de la carretera secundaria le enviaba pequeñas vibraciones al cráneo, alimentando una migraña que llevaba gestándose desde que salieron de la ciudad. Observaba cómo los edificios de ladrillo visto y los depósitos de chatarra se convertían en el único horizonte posible. No había árboles aquí, solo postes eléctricos inclinados y cables que cortaban el cielo gris como cicatrices mal cosidas.

A su lado, su madre, Elena, no había soltado el teléfono en las últimas tres horas. Su voz, un susurro técnico y eficiente, coordinaba los detalles de su próxima luna de miel en las Maldivas. Hablaba de reservas en resorts que costaban más que la educación anual de Jules, de vuelos en primera clase y de un vestuario que "debía ser impecable para las fotos". Lo hacía con una naturalidad que a Jules le resultaba obscena. Su nuevo esposo, un magnate del petróleo con manos suaves y una sonrisa de porcelana, ni siquiera se había molestado en venir. Para él, Jules era simplemente un "ajuste logístico" que debía ser resuelto antes de empezar su nueva vida perfecta.

—Julián, por favor, separa la cabeza del cristal —dijo Elena, sin quitar la vista de la pantalla—. Te vas a dejar una marca y el Dr. Crabb es muy estricto con la apariencia. Esta chaqueta es de lana virgen, no permitas que se vea como si hubieras dormido en ella.

Jules no respondió. Se limitó a apretar los puños dentro de los bolsillos de su sudadera. Sus nudillos, una cartografía de cicatrices viejas y costras que se negaban a cerrar, protestaron ante el movimiento. Sentía el roce del cuero de sus guantes de boxeo imaginarios. No era la primera vez que lo expulsaban de un sitio, pero San Judas Tadeo se sentía diferente. No era un colegio de "segunda oportunidad" para hijos de buena familia con mal comportamiento. Era el lugar donde las familias como la suya enviaban lo que ya no encajaba en el encuadre de sus vidas perfectas. Era una morgue para adolescentes vivos.

La camioneta frenó frente a un portón de hierro oxidado que parecía haber sido forjado en el siglo XIX. Un letrero de bronce, oscurecido por el hollín, rezaba: Academia San Judas Tadeo - Sapere Aude. El portón chirrió al abrirse, un sonido agudo que perforó los oídos de Jules, revelando finalmente la estructura brutalista del internado.

Era una mole de hormigón gris, inmensa, desprovista de cualquier adorno que no fuera funcional. Las paredes eran lisas y frías, manchadas por la humedad y el moho que crecía en las esquinas. Parecía haber sido diseñada por un arquitecto que confundió un colegio con una prisión de máxima seguridad. Las ventanas eran estrechas, como ojos entrecerrados vigilando un patio central que no tenía césped, sino una grava grisácea que crujía bajo los neumáticos.

—Llegamos —anunció Elena, con un suspiro de alivio que le dolió a Jules más que cualquier insulto que pudiera haberle gritado. Era el suspiro de alguien que finalmente se libera de una carga pesada.

Al bajar del vehículo, el frío lo golpeó de inmediato. No era un frío climático, era esa humedad que se filtra en los poros cuando estás cerca de estructuras muertas. El aire olía a desinfectante industrial y a tabaco barato. En la entrada, bajo un pórtico de cemento, tres figuras con uniformes oscuros y brazaletes rojos en el brazo izquierdo esperaban con una rigidez inquietante. Eran los Prefectos. Estudiantes de último año que habían sido ascendidos a una suerte de policía interna, perros guardianes con permiso para morder.

—Nombre —dijo el más alto de ellos. Tenía el cuello demasiado ancho para su camisa y unos ojos pequeños, hundidos en una cara que ya había olvidado cómo sonreír.

—Julián Vaca —respondió Elena, forzando esa sonrisa de relaciones públicas que usaba cuando quería agradar a alguien de rango inferior pero necesario—. Aquí están los expedientes médicos, las autorizaciones de la firma de abogados y la transferencia del primer semestre. El Dr. Crabb nos espera para la firma final.

El prefecto ignoró a la mujer con una grosería que dejó a Elena con la boca abierta. Sus ojos estaban clavados en Jules. Le arrebató la mochila de un tirón seco, casi haciéndolo perder el equilibrio.

—Aquí no eres Julián, "carne fresca". Aquí eres el número 402 —el prefecto se acercó tanto que Jules pudo oler el café rancio y el aroma químico de algún estimulante en su aliento—. Y esa mirada de perro rabioso... aquí te la vamos a quebrar antes de que termine la semana.

La despedida de su madre fue un ejercicio de frialdad clínica. Un beso en la mejilla que dejó una mancha de labial color borgoña y un rastro de perfume francés que resultaba insultante en aquel entorno.

—Es por tu bien, Julián. Necesitas estructura. El Dr. Crabb dice que aquí los hombres se forjan en la disciplina. Te escribiré cuando nos instalemos en Male.

"Estructura". Jules observó cómo la camioneta daba la vuelta y cruzaba el portón. El sonido del motor alejándose era el último hilo que lo unía a un mundo donde tenía un nombre y una habitación propia. Ahora, solo quedaba el hormigón. Se quedó parado en la grava, sintiendo ese vacío familiar en el estómago, esa presión en el pecho que solía preceder a sus explosiones de ira. Era como una caldera que se quedaba sin válvulas de escape.

Normalmente, habría metido la mano en su bolsillo para buscar el frasco de plástico naranja. Un par de pastillas azules de Alprazolam solían ser suficientes para convertir el mundo en una película borrosa y tolerable. Pero antes de que pudiera hacerlo, los prefectos lo rodearon, flanqueándolo como si fuera un prisionero de guerra.




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