Fractura

2. Dopamina cero

El amanecer en Valle Gris no traía luz, solo una transición gradual del negro azabache a un gris ceniza que se filtraba de mala gana por la estrecha rendija de la ventana. Julián “Jules” Vaca se despertó antes de que sonara la chicharra general. No había dormido más de dos horas seguidas; cada vez que lograba cerrar los ojos, la falta de Alprazolam en su sistema provocaba que su cerebro lo despertara con una descarga de adrenalina artificial, dejándolo con el corazón desbocado y la boca pastosa, con un desagradable sabor a cobre.

Su cuerpo protestaba. La abstinencia no era un concepto abstracto; era una presencia física. Se manifestaba como un temblor fino en las yemas de los dedos, una hipersensibilidad en la piel que hacía que el roce de la sábana de hospital se sintiera como lija, y un zumbido sordo detrás de los ojos que pulsaba al ritmo de sus latidos. Su reserva de dopamina estaba bajo mínimos. El mundo, desprovisto de su amortiguador químico, era un lugar crudo, hostil y jodidamente ruidoso.

Abajo, en la litera inferior, Leo Kowalski se movía entre sueños rotos. Jules se asomó por el borde del colchón. El chico parecía aún más pequeño bajo la luz grisácea del alba. Tenía una mano oprimida contra el estómago, las falanges marcadas bajo la piel traslúcida, y una línea de sudor frío le corría por la sien. Su respiración era rápida, superficial, el sonido clásico de quien vive con el miedo metido en los huesos.

A las seis en punto, un estallido metálico perforó el silencio del pabellón de dormitorios. No era una alarma común; era una chicharra industrial, el tipo de sonido que se usa en las fábricas para anunciar un accidente químico. El ruido vibró en las paredes de hormigón y se instaló directamente en la jaula de la migraña de Jules.

—Arriba, 402 —susurró Leo, sentándose de golpe en su litera. Sus ojos, desorbitados tras las gafas remendadas, miraban fijamente a la puerta—. Si no estamos en el pasillo en tres minutos con el uniforme perfecto, los de la patrulla matutina nos arrastrarán por las escaleras. No estoy exagerando.

Jules bajó de la litera de un salto. El dolor de sus nudillos hinchados por el puñetazo de la tarde anterior lo espabiló de golpe. Se vistió a oscuras, ignorando el calambre que le subía por el antebrazo. La camisa del uniforme seguía sintiéndose tiesa, barata, impregnada de ese olor a cloroformo y lavandería industrial que parecía el perfume oficial de San Judas Tadeo.

—¿Quiénes son los de la patrulla? —preguntó Jules mientras se abotonaba la chaqueta azul con dedos torpes y temblorosos.

—Los Perros de Presa —contestó Leo, su voz apenas un hilo mientras se calzaba unos zapatos gastados—. Los prefectos controlan los pasillos de día, pero la patrulla de la mañana está formada por los peores de esa facción. Les dan total libertad para "despertar" a los rezagados. El Director Crabb dice que fomenta la puntualidad.

Cuando abrieron la puerta de la celda, el pasillo ya era un hervidero de uniformes idénticos que avanzaban en una fila india desorganizada hacia las duchas comunes. El ambiente era sofocante; el olor a humedad condensada y a cañerías viejas se mezclaba con el vaho de cientos de adolescentes que arrastraban los pies.

A lo largo del corredor, separados cada diez metros, los miembros de Los Perros de Presa vigilaban el flujo con porras de madera corta colgando de sus cinturones. No vestían el uniforme completo; llevaban las chaquetas desabrochadas, camisetas negras debajo y algunos lucían tatuajes carcelarios hechos con tinta de bolígrafo en los antebrazos. Eran chicos que habían crecido en hogares destruidos de La Cantera o que habían sido expulsados de centros de menores; la violencia no era una táctica para ellos, era su lengua materna.

—¡Camina, escoria! —gritó uno de ellos, un tipo con el cráneo rapado y una cicatriz que le cruzaba el labio superior, dándole un empujón a un chico de primer año que había tropezado con sus propios cordones. El niño ni siquiera lloró; se levantó a toda prisa, con la mirada clavada en el suelo, y continuó la marcha.

Jules sintió que el calor subía por su cuello. El monstruo en su pecho empezó a agitarse. Odiaba a los matones, pero odiaba aún más la pasividad de los que se dejaban pisar. Sintió el impulso de salirse de la fila y estamparle la cara al rapado contra el hormigón, pero la mano de Leo apareció de la nada, tirando sutilmente de la manga de su chaqueta.

—No lo hagas, Jules —susurró el chico, sin mover los labios, manteniendo la vista al frente—. Ese es Wade. Si le pegas a uno, toda la jauría te esperará a la salida de los talleres. No vales tanto para ellos todavía.

Llegaron a las duchas comunes. El agua salía a una temperatura ridícula: o bien quemaba la piel de forma insoportable o salía con la frialdad del hielo industrial. Jules optó por el agua helada, dejando que el chorro le golpeara la cabeza en un intento desesperado por congelar la migraña y el temblor de sus manos. A su alrededor, los cuerpos de los otros estudiantes contaban historias que los expedientes académicos ocultaban: costillas marcadas por la desnutrición, marcas de quemaduras de cigarrillos en las espaldas de algunos "químicos", e incluso las finas líneas paralelas en los muslos de varias chicas que se lavaban en el ala contigua, separada apenas por una lona plástica gris.

En San Judas Tadeo, la miseria humana no se escondía; se compartía en silencio bajo el vapor del agua sucia.

El comedor era una nave inmensa con mesas de madera maciza, largas y desgastadas por décadas de grasa y platos de aluminio. Al entrar, la división social quedó clara en un segundo.

En la zona cercana a los radiadores, donde el frío no calaba tanto, La Élite desayunaba entre risas estridentes. Iván, el tipo al que Jules le había destrozado la nariz el día anterior, estaba allí. Llevaba un aparatoso vendaje blanco que le cubría la mitad de la cara y los ojos morados por el impacto. Cuando Jules entró, el comedor sufrió un pequeño bajón de volumen. Iván lo miró fijamente, con un odio puro y concentrado, pero no se movió. A su lado, otros miembros de los Spartans le daban palmaditas en el hombro mientras se pasaban por debajo de la mesa pequeños frascos de pastillas transparentes. Anfetaminas para aguantar la jornada.




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