Fractura

3. El químico del olvido

La Violeta de Metilo no funcionaba como el Alprazolam. Los ansiolíticos de farmacia eran como una manta pesada que amortiguaba los golpes del mundo exterior, volviendo los bordes difusos y las voces lejanas. Lo que Bea le había dado a Jules era más bien un bisturí químico. No adormecía sus sentidos; los aislaba. El zumbido constante detrás de sus ojos se detuvo en seco, sustituido por una fijeza gélida. El dolor de la costilla fisurada seguía allí, una punzada sorda cada vez que expandía los pulmones, pero ya no le importaba. El dolor se había convertido en un dato técnico, una notificación en la periferia de su conciencia.

Frente a él, la pizarra del laboratorio de Química era un caos de cadenas de carbono y enlaces covalentes que el profesor Méndez continuaba trazando con caligrafía crispada. Al viejo no le importaba si alguien prestaba atención. Tenía los ojos fijos en la tiza, los puños de la camisa manchados de polvo blanco y esa actitud ausente de quien ha vendido su dignidad académica hace tanto tiempo que ya ni siquiera recuerda el precio.

Jules desvió la mirada hacia su derecha. Beatriz Luna no se había movido un milímetro. Mantenía la barbilla apoyada en una mano, mientras con la otra sostenía una varilla de vidrio con la que dibujaba círculos concéntricos en el líquido azul del matraz. El reflejo del mechero Bunsen bailaba en sus pupilas dilatadas.

—Estás contando las gotas —dijo Bea, sin mirarlo. Su voz era un susurro que apenas lograba superar el siseo del gas del mechero—. Desde que te tragaste las pastillas, tus ojos se mueven cada vez que el grifo del fondo deja caer una gota de agua. Cuatrocientas veinte gotas desde que te sentaste. Un número muy apropiado para tu uniforme, ¿no crees?

Jules parpadeó, saliendo del trance hipnótico que la sustancia había instalado en su cerebro. Se miró las manos; el temblor fino de la abstinencia había desaparecido por completo, dejando sus dedos rígidos, casi artificiales.

—Esa mierda es fuerte —admitió Jules, estirando las piernas debajo de la mesa de laboratorio, sintiendo el roce de la madera rugosa contra sus rodillas—. Siento que podría atravesar una pared con la cabeza y no parpadear.

—Ese es el truco del metilo —Bea soltó la varilla, dejando que chocara contra el fondo de vidrio con un tintineo limpio. Por primera vez, se giró del todo para mirarlo de frente. Tenía una pequeña cicatriz en forma de media luna cerca de la comisura del ojo izquierdo, mal curada, un recordatorio de que la violencia en San Judas no discriminaba géneros—. Quita el miedo porque apaga los receptores que procesan las consecuencias. Te vuelve eficiente. En este lugar, si no eres eficiente, terminas como tu amigo Leo: sirviendo de cenicero para los Spartans o escondiéndote en las taquillas durante el toque de queda.

—Leo no es mi amigo —replicó Jules de inmediato, con una frialdad que la pastilla acentuaba—. Solo compartimos habitación.

—Aquí dentro, compartir el aire ya te convierte en cómplice de alguien —Bea sonrió, una mueca cínica que no mostraba los dientes. Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa. Las mangas de su suéter se deslizaron unos centímetros hacia atrás, revelando la piel del antebrazo. No eran las típicas marcas horizontales de la autolesión por frustración; eran cicatrices circulares, pequeñas quemaduras concéntricas, perfectamente alineadas, como una escala de grises grabada en la carne—. Gabi dice que eres un tipo duro de la ciudad. Que te expulsaron de cinco colegios porque te gusta ver sangrar a la gente.

—Gabi habla demasiado.

—Gabi habla lo justo para que los demás hagan lo que él quiere. Pero tiene razón en algo: tienes los ojos de alguien que ya no tiene nada que perder afuera. Eso te vuelve peligroso, Vaca. O muy útil.

El profesor Méndez se detuvo en mitad de una fórmula de síntesis orgánica, dejó la tiza en la ranura de la pizarra y se limpió las manos en los pantalones con un suspiro pesado. Miró el reloj de pared de la clase, un viejo aparato de cuerda cuyo segundero sonaba como un hachazo en el silencio del aula.

—Tienen el resto de la hora para terminar el informe sobre la destilación fraccionada —dijo el viejo, con una voz carente de cualquier rastro de autoridad—. No quiero ruidos. Si rompen algún material, el costo se cargará a sus cuentas familiares. Y ya saben que la administración no es flexible con los números.

Méndez caminó hacia su mesa, abrió el cajón inferior y sacó un termo de acero inoxidable. Jules pudo oler el aroma penetrante del alcohol barato desde la tercera fila. El profesor se sentó, abrió un libro de texto descolorido y se desentendió por completo de lo que ocurría en el aula.

En cuanto el viejo se sumergió en su lectura, el ambiente del fondo del laboratorio cambió. Dos chicos de la facción de Los Químicos, tipos pálidos con delantales de lona manchados de reactivos, se acercaron a la mesa de Bea portando una caja de plástico reforzado.

—Bea, el cargamento de pseudoefedrina de la enfermería llegó incompleto —dijo uno de ellos, un chico llamado Néstor, que tenía los dedos amarillentos por el ácido nítrico—. El enfermero dice que los Prefectos se quedaron con una caja como "impuesto de aduana" en el pasillo del este. Si no tenemos esa caja, la pureza de la próxima tanda de Metilo va a caer un veinte por ciento. Los Spartans se van a quebrar el fin de semana si les entregamos material rebajado.

Bea no se alteró. Ajustó la llave de paso del mechero Bunsen, reduciendo la llama azul a un punto casi invisible.

—Diles a los Spartans que si quieren su dosis completa de rendimiento para el partido del sábado, tendrán que apretarles las tuercas a los Prefectos ellos mismos. Nosotros ponemos la ciencia, ellos ponen la logística. No voy a arriesgar a mi gente en los pasillos por una caja de pastillas para la tos.

Néstor asintió con la cabeza, mirando de reojo a Jules con una mezcla de desconfianza y curiosidad. Todos en el internado sabían lo que había pasado en el comedor unas horas antes; la nariz rota de Iván era el tema de conversación principal en los baños.




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