La calma artificial de la Violeta de Metilo se asentó en las sienes de Jules como una fina capa de escarcha. Mientras cruzaba el patio central hacia el pabellón de los talleres mecánicos, el mundo exterior parecía transcurrir en cámara lenta. Los gritos de los estudiantes, el crujido de la grava bajo los zapatos y el graznido de los cuervos que se posaban en los muros de hormigón brutalista eran ruidos filtrados, desprovistos de carga emocional. Su mente se había convertido en un mecanismo de relojería: frío, exacto y despiadado.
A un costado del bloque de aulas, oculto tras la sombra proyectada por la vieja chimenea de la caldera, Gabi lo esperaba. Estaba apoyado contra la pared con una postura que lograba que el uniforme del internado pareciera ropa de alta costura. Mantenía los ojos fijos en un pequeño frasco de vidrio transparente que hacía girar entre sus dedos delgados. Dentro del frasco, un par de escarabajos negros se retorcían, atrapados, chocando inútilmente contra las paredes de cristal.
—Llegas dos minutos tarde, Jules —dijo Gabi, sin levantar la vista del frasco—. La puntualidad es la cortesía de los reyes, o al menos de los que pretendemos sobrevivir a los idiotas que manejan este lugar.
Jules se detuvo a un par de metros de él. La punzada de su costilla fisurada le recordó que seguía vivo, pero el metilo mantenía la queja física bajo estricto control.
—Estaba con Bea —respondió Jules, con la voz plana, desértica—. Me dio esto.
Señaló levemente el bolsillo de su pantalón. Gabi soltó una risita seca, un sonido sin una pizca de calidez que se disolvió de inmediato en el aire helado del patio.
—Sé lo que te dio. Yo mismo le proporcioné los precursores químicos para esa tanda. El metilo es fascinante, ¿verdad? Te quita esa molesta tendencia humana a dudar. Los antiguos griegos lo llamaban ataraxia, la ausencia de turbación. Yo lo llamo eficiencia pura. Te ves mucho mejor que esta mañana, cuando Wade te usaba de alfombra en el comedor.
—Wade tuvo que usar a tres de sus perros para tumbarme —escupió Jules, sintiendo un leve destello de orgullo primitivo abriéndose paso a través del bloqueo químico.
Gabi finalmente dejó de mirar el frasco de los escarabajos y clavó sus ojos en Jules. Eran dos espejos grises, desprovistos de empatía, dos cuencas que no buscaban comprender al otro, sino escanear sus puntos de fractura.
—Ese es exactamente tu problema, 402. Confundes el valor con la estupidez. Te lanzas de cabeza contra los puños del enemigo porque crees que el dolor te hace digno, o porque esperas que alguien venga a salvarte en el último segundo. Alguien como tu madre, tal vez. —Gabi dio un paso al frente, la distancia entre ambos se redujo y la atmósfera se volvió asfixiante—. Pero déjame recordarte algo que ya sabes en el fondo de tu psique: nadie va a venir. Estás solo en este matadero. Tu madre está gastando el dinero de su nuevo marido en una playa paradisíaca, y tú estás aquí, sangrando sobre hormigón podrido.
El monstruo debajo de las costillas de Jules arañó con fuerza. La mención de su madre dolió, una incisión limpia en el tejido blando de su trauma, pero la pastilla de Bea contuvo la explosión. Sus ojos permanecieron fijos en los de Gabi, sin parpadear.
—No necesito que me recuerdes quién soy, Gabi. Dime qué quieres o déjame en paz. Tengo una clase de álgebra a la que no pienso asistir.
Gabi guardó el frasco con los escarabajos en el bolsillo de su chaqueta y sacó su encendedor Zippo plateado. Empezó a abrirlo y cerrarlo con un chasquido rítmico. Clac. Chispa. Clac. Silencio. El sonido se compasaba con el latido del corazón de Jules.
—Quiero proponerte un negocio, Jules. Una alianza de beneficio mutuo. He estado revisando tu expediente detalladamente. Los psicólogos de la correccional de menores escribieron páginas enteras intentando descifrarte. Dijeron que sufres de Trastorno Explosivo Intermitente, que eres propenso a la violencia reactiva. Pero se equivocaron. Eran burócratas con títulos universitarios que no saben distinguir a un perro rabioso de un lobo.
Gabi se acercó tanto que Jules pudo oler el aroma a menta de su aliento y el olor a metal limpio de su encendedor.
—Tú no eres un violento común, Jules. La violencia común es la de Wade o la de Iván: pegan porque tienen miedo, porque necesitan demostrar estatus o porque sus padres los muelen a palos en casa. Tu violencia es diferente. Es limpia. Es quirúrgica cuando te lo propones. No tienes miedo al daño físico porque tu mente ya está desconectada de tu cuerpo. Tienes una psicopatía potencial latente, Jules. La capacidad de mirar a alguien a los ojos mientras lo destruyes sin que te tiemble el pulso. Como hiciste con el novio de tu madre y el bate de béisbol.
Jules sintió un frío repentino en la nuca. Nadie en el internado conocía los detalles específicos de lo que había pasado en su casa, excepto el Director Crabb, que guardaba los papeles bajo llave.
—¿Cómo sabes lo del bate? —preguntó Jules, dando un paso hacia adelante, con los músculos de los hombros tensándose a pesar del efecto analgésico.
—En San Judas Tadeo, la información es como las anfetaminas de los Spartans: si tienes el dinero y sabes a quién pedírselo, la obtienes en diez minutos —Gabi sonrió, una mueca perfecta y carente de emociones—. No te lo digo para chantajearte, Jules. Me importa una mierda lo que le hiciste a ese tipo; probablemente se lo merecía. Te lo digo porque me reconozco en ti. Somos dos espejos rotos, 402. La diferencia es que yo ya aprendí a usar mis pedazos para cortar a los demás, y tú todavía te estás desangrando con los tuyos.
Gabi detuvo el chasquido del Zippo y lo guardó. Su rostro se volvió serio, una máscara de fría determinación.
—Este colegio está podrido. El Director Crabb es un alcohólico funcional que cobra sus sobornos de las familias ricas y permite que los Spartans y los Perros de Presa mangoneen los pasillos para mantener un simulacro de orden. El sistema actual se basa en la sumisión de los débiles. Chicos como Leo se mueren de hambre o se cortan las venas en los baños porque nadie los defiende. Yo quiero limpiar este lugar, Jules. Quiero desmantelar la estructura de poder tradicional, romper las castas y ver cómo colapsa la autoridad de Crabb. Pero no puedo hacerlo solo. Necesito un brazo ejecutor. Alguien que no tenga miedo de ensuciarse las manos de sangre mientras yo muevo las piezas desde el tablero.