El segundero del reloj del pasillo central avanzaba con la pesadez de un péndulo de plomo. Faltaban diez minutos para las cuatro de la tarde. El hormigón de las paredes parecía haber absorbido todo el frío acumulado de la ciudad industrial de Valle Gris, devolviéndolo en forma de una corriente helada que recorría las pantorrillas de los estudiantes. Jules se mantenía firme frente a la puerta metálica que daba acceso al pabellón de los talleres mecánicos, la zona Sur. El efecto de la Violeta de Metilo que se había tragado en el laboratorio de química continuaba operando en su cerebro, pero la anestesia emocional empezaba a manifestar sus límites frente a la cruda demanda de la realidad física.
No sentía miedo; el miedo requiere la capacidad de proyectar el sufrimiento en el futuro, y la sustancia de Bea había cercenado esa función de su psique. Lo que sentía era una fijeza obsesiva, una tensión muscular que transformaba sus extremidades en resortes listos para saltar. Tenía el plano de Gabi memorizado en el lóbulo frontal: pasillo de calderas, cortina de lona plastificada, almacén de herramientas de soldadura. Dos objetivos. Una caja de metal. Sin testigos uniformados.
Ajustó la sudadera azul oscura sobre sus hombros. La costilla fisurada por la paliza matutina de Wade emitió una punzada de advertencia, un pinchazo agudo que Jules recibió con una mueca seca. Se llevó la mano al bolsillo y tocó el plano doblado, asegurándose de que las dos pastillas violetas restantes seguían en el compartimento pequeño. Estaba listo.
El pabellón de talleres era el estómago industrial de San Judas Tadeo. A diferencia del edificio de aulas, aquí el olor a tiza y desinfectante barato era sustituido por una densa capa de grasa de motor, aceite quemado, ferralla y éter. Las luces fluorescentes del techo parpadeaban con un zumbido mucho más grave, cubiertas por semanas de polvo de metal y hollín. No había profesores a esta hora; el encargado del taller, un exmecánico de la marina mercante con medio pulmón destrozado por el amianto, solía fichar e irse directo a la cantina de los suburbios, dejando la supervisión en manos de los brazaletes rojos de los Prefectos, quienes a su vez cobraban su parte para no bajar a los sótanos.
Jules empujó la pesada puerta batiente de madera y metal. El ruido del exterior se cortó de golpe. Avanzó por el corredor oscuro, esquivando los chasis de motocicletas desmanteladas y los tornos mecánicos apagados que se alineaban como ataúdes de hierro a los lados del camino. El suelo estaba resbaladizo por el lubricante residual. Al fondo, tras la densa humareda de un soplete que alguien había dejado encendido en piloto, se escuchaban voces masculinas y el tintineo característico de los casquillos de botellas chocando entre sí.
—Veintiuno, veintidós, veintitrés... Este es el fajo del mocoso de primer año. Su padre le mandó billetes limpios. Qué considerado el viejo —la voz pertenecía a Trent, un tipo cuya brutalidad solo era superada por su avaricia.
—Guarda esa mierda antes de que el Prefecto Mayor venga a pedir su porcentaje —respondió Davis. El sonido de un líquido espeso siendo vertido en un vaso de plástico cortó la frase—. Wade sigue en la enfermería rabiando por lo de la nariz. Dice que cuando salga de allí, va a colgar a la carne fresca de los ganchos del matadero viejo.
Jules se detuvo detrás de la cortina de lona gris que separaba el taller principal del almacén de herramientas. Respiró hondo. El aire frío y con regusto a óxido le llenó los pulmones. Apartó la lona con la mano izquierda, sin hacer ruido, y entró en el compartimento.
El espacio era pequeño, iluminado únicamente por una bombilla desnuda de cien vatios que colgaba de un cable trenzado, balanceándose levemente por la corriente de aire de las calderas. Las paredes estaban cubiertas de estanterías metálicas repletas de llaves inglesas, discos de radial gastados, botes de imprimación y máscaras de soldar con los cristales ahumados agrietados.
En el centro, sentados sobre dos cajas de madera de transporte de motores, Trent y Davis manejaban una pequeña caja de caudales de hierro gris. Sobre una mesa improvisada con un tablón de contrachapado había tres botellas de ginebra barata a medio terminar y varios frascos pequeños con el polvo violeta que delataba el saqueo sistemático a los laboratorios de los Químicos.
Al notar la presencia de Jules, el silencio cayó sobre la habitación de forma violenta. El segundero pareció detenerse.
Trent, que sostenía un fajo de billetes arrugados, entrecerró los ojos. Tenía la cara picada por el acné juvenil y el pelo grasiento pegado a la frente. Davis, más bajo pero con una espalda que parecía un bloque de hormigón armado, dejó el vaso de plástico sobre el tablón de madera con una lentitud deliberada. Sus manos estaban cubiertas de grasa negra bajo las uñas.
—Miren lo que trajo el viento de la tarde —dijo Trent, guardando el fajo de dinero en el bolsillo trasero de su pantalón con un movimiento fluido—. El juguete nuevo de Gabi se ha perdido de camino a la biblioteca. ¿Te has equivocado de pabellón, 402?
—Quiero la caja —dijo Jules. Su voz sonaba desprovista de cualquier inflexión humana, plana, directa, moldeada por la sustancia que Bea le había facilitado. No era una amenaza; era una declaración de intenciones.
Davis soltó un bufido que pretendía ser una risa, pero sus ojos permanecieron fríos, fijos en la postura de Jules. Se levantó de la caja de madera de forma pausada. Su uniforme estaba completamente desabrochado, revelando una camiseta interior grisácea manchada de sudor y una gruesa cadena de transmisión de motocicleta que llevaba enrollada en la mano derecha como un guantelete de hierro.
—¿La caja? —Davis levantó la mano encadenada, haciendo que los eslabones de acero tintinearan con un sonido seco, metálico, desagradable—. Esta caja solo se abre para pagar deudas, carne fresca. Y la única deuda que tenemos contigo es la que dejaste pendiente esta mañana en el comedor. Wade nos pidió que te guardáramos los intereses.