Fractura

6. Metilfenidato y exigencia

El invernadero abandonado del pabellón norte era una estructura de hierro oxidado y cristales rotos que servía de cementerio para plantas que no habían florecido desde hacía una década. El olor allí dentro era un choque sensorial: la humedad de la tierra estancada se mezclaba con el aroma penetrante del etanol, el éter y los compuestos orgánicos que Bea Luna utilizaba para su laboratorio improvisado.

Jules, con el hombro derecho inmovilizado con un vendaje compresivo que Bea había fabricado usando tiras de sábanas y resina vegetal, se sentó en una de las mesas de cultivo de piedra. La luz de la luna filtrada por los cristales sucios bañaba el lugar con un tono espectral. Tenía el cuerpo en llamas; la quemadura del hombro izquierdo empezaba a supurar y la costilla fracturada le impedía respirar profundamente, pero el Metilo —esta vez administrado por Bea mediante una inyección local que le dejó el brazo dormido— mantenía el dolor en un plano lejano, casi insignificante.

—Tienes una fisura de cuatro centímetros en la séptima costilla —dijo Bea, terminando de ajustar la última vuelta del vendaje en su hombro—. Si fueras un chico normal, estarías gritando en urgencias. Como eres tú, simplemente estás esperando a que esto pase para volver a pelear.

—El dolor es solo información —respondió Jules, mirando sus manos, que aún conservaban las manchas secas de la sangre de Trent—. Dame algo para la inflamación. Tengo que estar funcional para mañana.

Bea se acercó con un gotero de vidrio y depositó un par de gotas transparentes sobre la lengua de Jules. El sabor era amargo, como ceniza de cigarrillo.

—Mañana es lunes, Jules. Mañana es el día en que la fachada de San Judas Tadeo se vuelve más pesada. Mañana es el día de la "Exigencia".

La "Exigencia" no era un examen ni una clase; era el sistema nervioso central del internado. Cada lunes, el cuerpo docente, presionado por las juntas de padres multimillonarios, sometía a los estudiantes a un ciclo de pruebas de rendimiento académico y físico. Los Spartans, la facción de los atletas, eran los que más sufrían este proceso. Eran los hijos de magnates y políticos, muchachos cuyas vidas estaban trazadas en gráficos de crecimiento y éxito antes de nacer. Si un Spartan no mantenía un promedio de excelencia y una marca atlética superior al noventa por ciento, el financiamiento para sus familias y su futuro en las universidades de élite se evaporaba.

A la mañana siguiente, el comedor lucía diferente. No había espacio para la tensión física de las peleas. El ambiente era de una concentración febril y tóxica. Jules se sentó en su mesa habitual junto a Leo, quien parecía haber perdido dos kilos durante el fin de semana.

—Mira —susurró Leo, señalando con la cabeza hacia la mesa central de los Spartans—. Mira sus ojos.

Jules observó. Iván, quien el viernes parecía un boxeador acabado tras el encuentro con Jules, estaba sentado en la cabecera. A pesar del hematoma violáceo en el ojo y la nariz entablillada, no mostraba signos de agotamiento. Sus ojos estaban inyectados en sangre, pero su foco era aterradoramente preciso. Estaba rodeado de sus capitanes, y en el centro de la mesa, como si fuera una pieza de cubertería más, había una pequeña bandeja con pastillas de liberación prolongada: Metilfenidato.

No eran las pastillas violetas de Bea, fabricadas en el submundo de los sótanos; estas eran de grado farmacéutico, legítimas, probablemente traídas desde las farmacias más exclusivas de la capital y camufladas bajo recetas de "trastornos de déficit de atención" que el médico del colegio renovaba sin preguntar.

—Las llaman Las Balas de Plata —murmuró Leo, con un miedo evidente en la voz—. Los atletas no las toman para divertirse. Las toman para no colapsar. Tienen entrenamiento físico a las cinco de la mañana, tres horas de tutorías privadas antes de la clase, y el resto del día deben mantener el ritmo de un genio. Si no las toman, el corazón se les sale del pecho por la presión o el cerebro les falla.

Jules observó cómo Iván se introducía una pastilla en la boca, la masticaba sin agua y después empezaba a estudiar un manual de física avanzada con una intensidad que rozaba la manía. No había alegría en sus rostros; había una desesperación mecánica, la frialdad de una máquina que ha sido forzada a operar al doscientos por ciento de su capacidad.

—Es un suicidio lento —concluyó Jules, sintiendo el peso de la caja de metal que había robado y que ahora escondía en el falso techo de su celda.

Jules sabía que Gabi quería más que solo desmantelar a los Perros de Presa. Para que el "tablero" de San Judas Tadeo se inclinara a su favor, necesitaba cortar el suministro de la Élite. Si los Spartans se quedaban sin sus Balas de Plata, su rendimiento académico y deportivo caería en picado durante la Exigencia. Eso forzaría a las familias a intervenir, a cuestionar al Director Crabb y, eventualmente, a desestabilizar la cúpula de poder del colegio.

El plan era sencillo, pero suicida. Debía infiltrarse en el vestuario de los Spartans durante el entrenamiento matutino de natación y cambiar las cajas de metilfenidato por el compuesto de Bea —un placebo con un ligero efecto sedante— sin ser detectado por los Prefectos de la facción.

A las cinco y media de la mañana, el frío de Valle Gris era una cuchilla. Jules, vistiendo una sudadera gris sin identificación, se movió por las sombras del pasillo de natación. La humedad del agua clorada era un contraste violento con el aire seco del exterior. El eco de los silbatos y el chapoteo rítmico de los atletas resonaba en la cúpula del pabellón.

Se coló en los vestuarios de la Élite. El lugar olía a desinfectante caro y sudor. Cada casillero tenía el nombre de un estudiante grabado en una placa de bronce. Encontró el de Iván. Estaba entreabierto. Jules sabía que Iván no era el único que distribuía; era el "custodio", el que se encargaba de asegurar que todos sus hermanos de facción estuvieran "alineados" antes de las pruebas.




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