Fractura

7. La anatomía de la soledad

El silencio en el pabellón de dormitorios no era un silencio real; era una acumulación de respiraciones contenidas, de quejidos ahogados por el miedo y del murmullo constante de la calefacción de vapor que siseaba en las tuberías como una serpiente metálica. Jules, recostado sobre su litera superior, con el cuerpo marcado por las cicatrices recientes de la purga de los Spartans, escuchaba el sonido más desgarrador de San Judas Tadeo: el llanto silencioso de Leo Kowalski.

Leo no sollozaba. Sollozar era un lujo peligroso en un lugar donde la debilidad se castigaba con el aislamiento. Leo simplemente dejaba que su cuerpo se convulsionara en espasmos rítmicos, una danza de dolor que su litera de hierro traducía en un chirrido metálico. Jules se asomó por el borde del colchón. La luz que entraba por la ventana, proveniente de los reflectores del patio, dibujaba la silueta de Leo: una estructura ósea que parecía estar a punto de colapsar sobre sí misma. La clavícula de Leo, afilada como un cuchillo, se marcaba bajo la camiseta gris. Era una anatomía de la soledad, una cartografía del hambre.

Jules bajó con cuidado, ignorando el pinchazo en su costilla fracturada, y se sentó en el suelo junto a la litera inferior. El aire allí abajo olía a moho y a algo más, un olor dulzón y ácido que Jules reconoció de inmediato: bilis.

—No tienes que hacerlo, Leo —susurró Jules. No era una sugerencia. Era un reconocimiento del abismo que ambos compartían—. No tienes que esconderlo.

Leo se tensó, ocultando su rostro entre las rodillas. Sus piernas, tan delgadas que recordaban a las ramas secas de los árboles que Jules solía ver desde la camioneta de su madre, estaban llenas de moratones.

—No entiendo de qué hablas —respondió Leo, con la voz rota, los labios agrietados por la deshidratación—. Estoy... estoy bien. Solo es un mal día.

—Estamos en San Judas. Nadie está bien aquí. Y tú llevas tres días sin probar un solo bocado de la avena. Sé que la tiras por la ventana del baño. Sé que el agua que bebes es solo para llenar el vacío.

Leo se quedó inmóvil. Luego, lentamente, levantó la cabeza. Sus gafas estaban torcidas, empañadas por la humedad de su propio aliento. Sus ojos eran dos cuencas hundidas, profundas, que reflejaban no solo el terror al internado, sino un horror mucho más antiguo, uno que él mismo se infligía cada vez que se miraba en un espejo.

En la mente de Jules, el tiempo empezó a distorsionarse, arrastrado por la fragilidad de Leo. No fue solo un recuerdo; fue un desdoblamiento de la realidad. Jules cerró los ojos y, por un instante, no estaba en el internado. Estaba en la cocina de la casa de Leo, años atrás.

Leo no siempre había sido el chico que se escondía en las esquinas. Antes de San Judas, Leo era el hijo de una familia de cirujanos obsesionados con la perfección simétrica. Su padre, un hombre de manos impecables y una sonrisa gélida, medía su éxito no por sus notas, sino por su capacidad de control. El control sobre el bisturí, sobre los pacientes y, sobre todo, sobre su cuerpo.

En el recuerdo que Jules parecía absorber por ósmosis, la mesa del comedor de la familia Kowalski era un escenario de tortura blanca. La vajilla de porcelana brillaba bajo las luces halógenas, y cada bocado de comida era analizado.

—Demasiadas calorías, Leo —decía el padre, señalando el plato de su hijo con un tenedor que relucía como un instrumento quirúrgico—. Si quieres llegar a la universidad que te corresponde, necesitas una mente ágil. Y una mente ágil habita en un cuerpo ligero. La gordura es la primera señal de una mente indisciplinada.

La madre, una mujer que parecía vivir a base de té verde y pastillas para la ansiedad, asentía mecánicamente, mientras ella misma cortaba un brócoli en cuatro pedazos minúsculos. Para Leo, el alimento dejó de ser sustento y se convirtió en una moneda de cambio. La comida era el amor de sus padres, pero un amor condicionado, un amor que se retiraba si la báscula marcaba cien gramos de más.

Leo aprendió a contar las calorías antes de aprender a sumar en la escuela. Aprendió que el hambre era una disciplina. Si tenía hambre, significaba que estaba ganando. Si tenía hambre, significaba que estaba en control. Pero el control es una enfermedad que termina por devorar a quien lo posee.

De vuelta en el presente, en el comedor de San Judas Tadeo, el recuerdo se superponía con la realidad. Jules lo había visto cada lunes. Los Spartans, antes de su caída, solían convertir a Leo en su juguete favorito. No lo golpeaban, eso habría sido demasiado simple. Lo que hacían era mucho más refinado: lo humillaban a través de su propia obsesión.

Eran las 12:30. El comedor estaba atestado. El ruido de los cubiertos contra el metal creaba una cacofonía insoportable. Jules observaba desde la mesa de Los Químicos cómo Iván —antes de su colapso— y su séquito se acercaban a Leo mientras este intentaba tragar una cucharada de la pasta insípida de avena.

—Mira eso, Vaca —susurró Gabi desde el otro extremo, observando la escena con una frialdad clínica—. Mira cómo el sistema utiliza las debilidades biológicas para mantener el orden. No necesitan porras si pueden hacer que el sujeto se destruya a sí mismo.

Iván se detuvo detrás de Leo. Con una mano, agarró la nuca del chico, obligándolo a inclinar el plato. Con la otra, empezó a verter el contenido de un bote de aceite vegetal sobre la avena de Leo.

—Vamos, Leo. Tienes que crecer —dijo Iván, su voz resonando en todo el comedor, obligando a los demás a mirar—. ¿No ves lo flaco que estás? Eres un esqueleto con gafas. Si no comes, te vas a romper con un soplido.

—Déjame... por favor... —Leo intentaba apartar el plato, pero los Spartans lo rodeaban.

—Cómetelo —ordenó otro de los atletas, lanzando un pedazo de pan blanco al centro de la avena. El pan absorbió el aceite instantáneamente—. Si no te lo comes, le diremos al Director que estás robando comida para esconderla. Y ya sabes que eso es expulsión directa a la calle. Sin padres, sin nada.




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