Fractura

8. El salón de los espejos

La estructura de San Judas Tadeo nunca fue simple; no era solo un internado de hormigón y barrotes, sino una cebolla podrida de infinitas capas, donde cada nivel ocultaba un secreto más viscoso y perverso que el anterior. Debajo de los dormitorios, debajo de los laboratorios donde Bea Luna destilaba su veneno, existía una geografía prohibida. Un lugar que no figuraba en los planos oficiales, una anomalía arquitectónica construida durante la Guerra Fría como un búnker de comunicaciones, que ahora servía para algo infinitamente más destructivo. En los pasillos se le conocía con un nombre que helaba la sangre de los estudiantes de primer año: "El Distrito Neón".

Jules bajó por las escaleras de servicio, oculto bajo la penumbra de una iluminación de emergencia que parpadeaba con un ritmo moribundo. El pulso de la Violeta de Metilo bombeaba a través de sus venas, una calma gélida que mantenía a raya la punzada de su costilla rota. A su lado, Gabi caminaba con una elegancia depredadora, casi mecánica. Llevaba una invitación electrónica, un pequeño dispositivo de obsidiana que emitía un pulso azul tenue, vibrando contra la palma de su mano.

—Prepárate, Jules —dijo Gabi, deteniéndose ante una pesada puerta de acero reforzado que parecía salida de una bóveda bancaria—. Lo que vas a ver esta noche no es una fiesta. Es el motor que hace girar este lugar. Aquí no se viene a divertirse, se viene a negociar el destino. Lo que vas a presenciar es la verdadera cara de la clase dominante que nos rodea. No es la rectitud que te prometieron tus padres, ni la disciplina que predica el Director. Es el pozo séptico donde compran el futuro del país con moneda de sangre y sumisión.

La puerta se deslizó con un silbido hidráulico. La escena que se desplegó ante los ojos de Jules fue una bofetada sensorial. El lugar era un laberinto de espejos de cuerpo entero, un salón infinito donde la realidad se fragmentaba en mil ángulos. Las paredes estaban bañadas por luces de neón que alternaban entre el violeta eléctrico y un rojo sangre intenso, creando una atmósfera de irrealidad. El aire estaba saturado de incienso caro, el aroma metálico del éter y el sudor de personas que nunca habían conocido el trabajo duro.

El Salón de los Espejos operaba bajo sus propias leyes físicas y morales. Jules avanzó con paso firme, sintiéndose como un intruso en un mundo de cristal. La "Élite" —los supervivientes de la facción de los Spartans y otros herederos de las grandes fortunas del país— se movía por el salón con una languidez ensayada. Cada individuo allí dentro era una pieza de un tablero de ajedrez donde el movimiento correcto significaba un ascenso social y el error significaba el ostracismo absoluto.

No había risas honestas. El sonido ambiental era una mezcla de jazz electrónico de baja frecuencia y murmullos densos. Jules vio a jóvenes de dieciocho años sosteniendo copas de cristal de bohemia que contenían líquidos cuya fluorescencia sugería más química sintética que vino. En mesas laterales, bandejas de plata no ofrecían entremeses, sino farmacopea pura: metilfenidato de grado médico, derivados de anfetaminas, benzodiacepinas. Era un mercado abierto donde la ética se diluía en la búsqueda del rendimiento máximo.

—Observa a ese de ahí —susurró Gabi, señalando a un joven con un traje a medida de color grafito. Era Lucas, el hijo de un senador con aspiraciones presidenciales. Lucas tenía los ojos hundidos, pero su postura era perfecta, la de un soldado esperando órdenes—. Su padre necesita desesperadamente que la comisión de ética del colegio apruebe una recalificación de terrenos en Valle Gris. Si lo logra, el valor de sus propiedades se triplicará. Para conseguirlo, Lucas está negociando con la hija de la presidenta del consejo estudiantil. Observa el lenguaje corporal. No es un encuentro romántico. Es una auditoría.

Jules observó. La joven, que vestía un vestido de seda negra que parecía una segunda piel, escuchaba a Lucas con una frialdad matemática. Había una tensión palpable, un intercambio de información que no tenía nada que ver con el afecto. Jules sintió una náusea física que ni siquiera el efecto anestésico de la droga podía suprimir. El sexo, la intimidad, la cercanía, en este salón, no eran deseos; eran divisas. Activos políticos, herramientas de manipulación, instrumentos para asegurar que los secretos de unos fueran la esclavitud de otros.

—¿Y tú qué pintas en todo esto, Gabi? —preguntó Jules, manteniendo la voz baja para que nadie pudiera captar su tono—. ¿Por qué te dejan entrar? ¿Por qué te dejan observar este circo?

Gabi se ajustó los gemelos de oro, una sonrisa sin rastro de humanidad cruzando su rostro.

—Yo soy el auditor, Jules. El interventor de este caos. Cuando estos chicos se olvidan de sus promesas, o cuando un acuerdo se vuelve inestable, yo aparezco. Tengo las grabaciones. Tengo las pruebas. La hipocresía es el talón de Aquiles de la clase alta. Les aterra más la pérdida de su estatus que la posibilidad de una condena penal. Y yo soy el guardián de sus miserias. Soy el arquitecto de su miedo.

Jules comenzó a moverse por la sala, convirtiéndose en una mancha borrosa entre los espejos. El efecto del Metilo le otorgaba una ventaja injusta: una fijeza mental inquebrantable. Mientras todos en el salón perdían los sentidos en el frenesí de las drogas y el poder, Jules analizaba, catalogaba y comprendía.

Vio a un grupo de jóvenes que intentaban convencer a un prefecto de alto rango para que borrara las actas de incidentes de un miembro de su grupo. Vio cómo la moneda de cambio era un video comprometedor grabado en una de las cámaras ocultas detrás de los cristales ahumados del Distrito. Las conversaciones que escuchaba Jules eran una enciclopedia de la corrupción: “Si haces esto, mi padre moverá los hilos en el Ministerio”, “Ella tiene un informe médico que dice que estaba bajo los efectos de un episodio psicótico, pero podemos hacerlo desaparecer si me das acceso a la base de datos de la escuela”.




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