Fractura

9. El rugido del óxido

El aire de Valle Gris, fuera de los muros de San Judas Tadeo, no era más limpio; era simplemente diferente. Tenía un sabor a metal pesado, a combustión incompleta y a la desesperanza crónica de los barrios que viven bajo la sombra de la industria pesada. Jules, todavía lidiando con la rigidez de su hombro cosido y la punzada latente en su costilla fracturada, caminó junto a Gabi a través del puente que separaba el internado del territorio conocido como "La Cantera".

A medida que se alejaban del perímetro de hormigón y seguridad, el paisaje se desdibujaba. Las luces del internado —una fortaleza de privilegio encaramada en la colina— se convertían en una lejana corona de estrellas frías. Aquí abajo, en el nivel del suelo, el mundo era de óxido. Las casas, pequeñas estructuras de madera reforzadas con láminas de metal corrugado, se aferraban a los acantilados de roca desnuda. El ruido era constante: el chirrido de los trenes de carga en la lejanía y el latido sordo de los generadores industriales.

—San Judas es una pecera —dijo Gabi, deteniéndose para encender un cigarrillo. La llama del Zippo iluminó su rostro con una intensidad de estratega—. Los peces gordos nadan arriba y los descartes nos ahogamos abajo. Pero La Cantera es el océano, Jules. Aquí no hay Prefectos. Aquí, la ley es la que dicta quien tiene la mano más pesada o el ingenio más afilado.

Descendieron por un camino de grava hacia lo que parecía un complejo de talleres de desguace. Enormes montañas de chatarra, motores desmantelados y vigas de acero retorcidas formaban un laberinto en constante cambio. Era un cementerio industrial donde lo que el sistema desechaba, los "Periféricos" lo transformaban en herramientas de supervivencia.

Fueron interceptados a los pocos minutos. Tres figuras salieron de entre las sombras de una prensa hidráulica antigua. Eran tipos grandes, con la piel curtida por la grasa y el trabajo manual, vistiendo ropas que eran más parches que tela. En el centro, un hombre cuya presencia dominaba el espacio: Marco.

Marco tenía una barba descuidada y manos que parecían herramientas en sí mismas. Tenía un tatuaje de un engranaje roto atravesando su cuello, un símbolo de lealtad a la periferia. Miró a Jules con una curiosidad que no tenía nada que ver con la frialdad especular de Gabi, sino con una observación física, animal.

—Traes carne fresca del internado, Gabi —dijo Marco, su voz era como el lijado de una piedra contra el acero—. Dijiste que era un problema para los Spartans. No me dijiste que era un crío con un ala rota.

—Es el brazo ejecutor que necesitamos, Marco —respondió Gabi, sin inmutarse—. Él es quien rompió a los Perros de Presa. Él es quien tiene las cicatrices que esta gente necesita para creer que alguien de "arriba" está finalmente sangrando.

Marco soltó una carcajada seca, un sonido que resonó entre los chasis de los coches. Se acercó a Jules, rodeándolo como quien inspecciona una pieza de repuesto.

—Escucha, chico del colegio —dijo Marco, deteniéndose frente a él—. Aquí abajo, el óxido se come la piel si no te mueves rápido. No me interesan tus planes de grandeza ni tus juegos de poder. Me interesa la gente que trabaja conmigo. Mi familia no tiene becas ni herencias. Tiene las manos sucias y el corazón frío. Si vas a estar en mi territorio, tienes que demostrar que no eres solo una herramienta de este tipo.

La lealtad de la clase obrera en La Cantera no se compraba con promesas; se ganaba en el fuego. Marco condujo a Jules y a Gabi hacia el centro de la zona de desguace, donde un grupo de unas veinte personas trabajaba bajo la luz de bombillas de obra. Estaban reparando un motor de gran tamaño, ajustando pistones con la precisión de cirujanos y la fuerza de titanes.

—Aquí trabajamos —explicó Marco, señalando el motor—. Si puedes ayudar a terminar esto antes de que los trenes de carga pasen a las dos, te aceptaremos en la mesa. Si no, te quedas fuera.

Jules, a pesar de sus heridas, se arremangó la camisa. La Violeta de Metilo se había agotado, y el dolor puro empezaba a invadirle los nervios, pero la necesidad de encajar, la necesidad de ser algo más que un prisionero de San Judas, le dio una energía sobrehumana. Durante las siguientes horas, Jules aprendió que el trabajo físico era la forma más pura de meditación. Ya no había cálculos políticos, ni manipulaciones, ni estrategias de Gabi. Había engranajes, grasa, fuerza bruta y el ritmo sincopado de un equipo que se movía como una sola entidad.

Aprendió de Marco cómo hacer palanca para que el peso de una viga de tres toneladas no te aplastara los huesos. Aprendió de los Periféricos que la lealtad no se dice, se manifiesta en la forma en que uno cubre la espalda del otro cuando una pieza de metal empieza a ceder. Fue un bautismo de realidad.

Cuando finalmente escucharon el silbato lejano del tren de carga, el motor rugió con una potencia nueva, limpia y devastadora. Un grito de triunfo surgió de entre los obreros. Marco se acercó a Jules, le puso una mano pesada y engrasada sobre el hombro —evitando por un milímetro la zona de la quemadura— y le dio una palmada.

—No eres tan débil como pareces, chico —dijo Marco.

Después de la jornada, el ambiente cambió. La tensión del trabajo se disolvió en una reunión alrededor de un barril encendido. Sacaron botellas de alcohol de alta graduación, pero no era la bebida que consumían en el Salón de los Espejos. Era pura, áspera, con un regusto a tierra.

Marco sacó de una pequeña caja de madera un polvo cristalino, de un tono azul casi iridiscente. No era el Metilo de Bea, ni las anfetaminas de los Spartans. Era una droga sintética local, algo llamado "El Rugido del Óxido". Era conocida por ser una sustancia que no solo eliminaba el dolor, sino que borraba la memoria, una forma de resetear el cerebro para que el trabajador pudiera levantarse al día siguiente sin recordar la miseria de la jornada anterior.




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