El aire en el dormitorio de Lola era siempre diferente al del resto del internado. Donde el resto de los pasillos olía a cera de suelo, sudor de gimnasio y la decadencia rancia de los edificios antiguos, el cuarto de Lola —una de las pocas habitaciones individuales asignadas por méritos académicos fingidos— olía a perfumes caros mezclados con un subyacente aroma a desinfectante industrial. Era el olor de una vitrina. Algo que se exhibe, que se mantiene limpio y estéril para que los clientes puedan admirarlo sin miedo a la contaminación.
Lola estaba sentada frente a su espejo, el mismo tipo de espejo que Jules había visto en el Distrito Neón, pero aquí, en la esfera privada de la facción de los "Estetas" —el grupo de chicas encargadas de mantener la fachada estética y diplomática del internado—, el espejo no servía para ocultar, sino para observar la descomposición. Tenía diecisiete años, pero en el reflejo, sus ojos tenían la edad de alguien que ha visto el final de un imperio. Se estaba aplicando un labial carmín, un gesto que aprendió a los catorce, cuando comprendió que su belleza no le pertenecía. Su belleza era el capital que sus padres habían invertido en San Judas Tadeo para asegurar el crédito fiscal de la empresa familiar.
Lola no era una Spartan, ni una Química, ni una Periférica. Ella era la moneda de cambio universal. Era el puente entre las facciones, el territorio neutral donde los líderes venían a buscar no solo placer, sino la validación de su propio poder. El sexo, en el internado, era el lenguaje político, y Lola era el diccionario.
La puerta se abrió sin llamar. No hacía falta. En San Judas, la privacidad era un concepto teórico que se desvanecía ante la jerarquía. Entró Iván. A pesar de la caída de los Spartans tras el incidente en la piscina, Iván seguía manteniendo una influencia residual, alimentada por el miedo y por los archivos que aún no habían sido destruidos. Venía con el rostro aún marcado por los golpes de Jules, una cicatriz que le recorría el pómulo como una herida de guerra mal curada.
Lola no se giró. Siguió retocando su labio, con una precisión quirúrgica.
—Me dijeron que estarías lista —dijo Iván, cerrando la puerta y apoyándose contra ella. No había saludo, no había cortesía. Solo una demanda física—. El Director quiere que la reunión con los inversores de la próxima semana se cierre sin problemas. Y el hijo del ministro, el que controla las becas de las artes, ha pedido un... "servicio de atención personalizada" esta noche.
—Él no es el único que ha pedido —dijo Lola, su voz tan plana como el mármol—. El líder de los Prefectos quiere que le asegure que no habrá más filtraciones de información esta noche. Y el nuevo encargado de los Químicos quiere probar mi lealtad antes de enviarme los suministros para el próximo mes.
Iván se acercó y le puso una mano pesada sobre el hombro desnudo. Lola no se estremeció. Su cuerpo había aprendido a disociarse. Cuando Iván la tocaba, ella simplemente enviaba su conciencia a algún lugar lejano, a un campo de trigo que recordaba de antes del internado, un lugar donde el viento movía las espigas y no había hombres que la trataran como un activo financiero.
—Estás en una posición privilegiada, Lola —susurró Iván, inclinándose sobre su oreja—. Podrías ser la reina de este agujero. Si juegas bien tus cartas, si consigues que el hijo del ministro firme, tendrías más poder que el propio Crabb.
—No quiero el poder, Iván —respondió ella, mirando su reflejo a los ojos—. Quiero que esto termine. Quiero que un día, cuando entre alguien en esta habitación, no tenga que preguntarme qué parte de mi vida me va a quitar esta vez.
—Eso no va a pasar —la voz de Iván se endureció—. Mientras estemos en San Judas, el afecto es una debilidad. La única forma de sobrevivir es tratar tu piel como lo que es: una armadura de cristal. Si dejas que alguien vea lo que hay debajo, te romperán en mil pedazos. El consentimiento aquí es una ficción, Lola. Todos aceptamos las reglas del juego. Tú eres la mejor jugadora.
Más tarde, cuando Iván se hubo ido, Lola se quedó sola en el silencio denso de la noche. Era el "Consentimiento de Cristal": una apariencia de elección donde, en realidad, el destino estaba sellado. Ella aceptaba, ella sonreía, ella participaba, porque la alternativa era el desprecio, el hambre o el ostracismo. Y en San Judas Tadeo, el ostracismo era una muerte social tan absoluta que prefería la degradación constante a la soledad del rechazo.
Jules, que en ese momento se encontraba patrullando los pasillos con el uniforme de prefecto de segundo nivel que le había arrebatado a un incauto tras el colapso del Salón de los Espejos, pasó frente a la habitación de Lola. Se detuvo. La puerta estaba entornada. Vio la figura de la chica, sentada en la oscuridad, rodeada de las luces de la ciudad de Valle Gris que parpadeaban a lo lejos a través de la ventana.
Jules no era un intruso. Jules era, en ese momento, una parte del caos que estaba consumiendo el colegio. Entró sin decir nada. Lola no saltó. Simplemente volvió la cabeza y lo miró. En sus ojos, Jules no vio miedo. Vio una curiosidad clínica.
—¿Eres el chico que rompió al líder de los Perros de Presa? —preguntó ella.
—Soy el chico que está cansado de ver cómo rompen a los demás —respondió Jules. Se quedó junto al umbral, sin entrar del todo. Había algo en la vulnerabilidad de Lola que le resultaba más peligrosa que cualquier matón con una cadena de moto.
—Aquí nadie es libre, ¿sabes? —dijo ella, levantándose y caminando hacia él. Sus pies descalzos no hacían ruido—. Incluso tú, con tus peleas y tus drogas, eres un prisionero de tu propia rabia. Crees que estás destruyendo el sistema, pero solo estás ocupando el espacio que otros dejaron vacío.
—¿Por qué lo haces? —Jules preguntó, señalando la habitación—. ¿Por qué te dejas utilizar así?
Lola sonrió, una sonrisa triste que le iluminó el rostro de una forma que Jules nunca había visto.