Frágil e infinito

Prólogo

En la preparatoria, Theo supo ser el chico más popular del instituto. Los profesores lo estimaban, siempre le hacían cumplidos. Sus pares lo admiraban, otros lo encontraban atractivo. No era sencillo resistirse a su casi un metro noventa de altura, sus ojos verdes chispeantes y esa sonrisa encantadora que derretía a cualquiera. Además, no era el típico chico popular que se regodeaba en su ego y maltrataba al resto. Theo era todo lo contrario, un líder por naturaleza, el tipo de persona que se preocupa por los demás e intenta que todos se sientan integrados.

Era un buen estudiante, un buen amigo y cuidaba cada día de su hermanita, Mila. Le costó dejarla al cuidado de su padre cuando debió marcharse a la universidad. Su mamá había fallecido meses atrás y su papá se convirtió en un hombre frío y ermitaño.

A Theo le destrozó el corazón tener que separarse, pero iba tras un futuro prometedor: estudiar medicina.

Como un hecho irremediable, también se volvió popular en la universidad. Se destacaba en lo académico y su atractivo físico llamaba la atención de las estudiantes, incluso de alguna que otra profesora que lo intentó conquistar. Su nombre estaba en boca de todos. No era un famoso, pero si alguien nombraba a <<Theo Dankworth>> probablemente sabían quién era.

Es por eso que Lucy Howard, una joven estudiante de trabajo social, se sorprendió cuando una noche Theo se le acercó en una fiesta. Lucy, castaña y pequeñita -medía un metro sesenta y seis-, de gafas con un aumento considerado porque de otra manera no podría ver, se refugió en un rincón porque un grupo de tontos la molestaban. Al mismo tiempo, se reprendió a sí misma por asistir a esa fiesta donde no encajaba. No estaba hecha para hacer amigos, eso lo tenía claro desde su solitaria experiencia en preparatoria.

Lo contempló acercarse y tragó saliva, pensando que recibiría alguna clase de burla. Sin embargo, él le preguntó si le apetecía unirse a su grupo.

—Soy Theo —dijo—. Medicina, último año.

En la universidad era costumbre identificarse así.

—Lucy —respondió, tímida—. Trabajo social, primer año.

—Lucy, no quiero molestarte, pero pensé que quizá te gustaría unirte a nosotros —sugirió.

Ella observó a lo lejos el grupo de jóvenes, todos parecían extrovertidos y a la vez, intimidantes. Bajó la mirada al suelo, luchando contra sí misma y negó.

—Gracias, pero prefiero quedarme aquí.

—¿Escuchas a The Doors? —preguntó el contrario, al ver la estampa en la camiseta holgada que vestía la chica.

Ella sonrió de inmediato.

—Sí, me encantan.

—Son una de mis bandas favoritas —coincidió.

Conversaron de música durante el resto de la noche. A Lucy, le pareció un sueño. Siempre había considerado imposible la idea de que un muchacho como Theo se le acercara. Sabía que ella no causaba una buena impresión en los demás, como si nunca pudiera encajar ni formar parte de nada. Era extraño. Tenía una obsesión por la música vieja, los objetos antiguos y las libretas. A veces la sensibilidad la sobrepasaba y además, nunca había salido con nadie. Tampoco tuvo intimidad.

No sentía la necesidad.

Pero la noche en que conoció a Theo, experimentó algo que no había sentido nunca.

Después de la fiesta, él la llevó hasta su apartamento y se alivió cuándo él no intentó nada <<sexual>>. Debía admitir que los chicos y su violenta necesidad de tener contacto físico la asustaba un poco. Lucy necesitaba paciencia y tiempo. En su lugar, Theo le pidió seguir en contacto.

El resto del semestre, intercambiaron mensajes de textos. A Theo le hacía gracia que, de repente, Lucy salía con preguntas extrañas como <<¿cuál es tu más grande miedo? o ¿recuerdas cuál fue el sueño más raro que tuviste?>>. Les divertía recomendarse música y competir sobre quién había hecho la mejor recomendación. También solían enviarse fragmentos de poesía por correo electrónico.

Cada tanto iban a tomar café, salían al cine o visitaban la pastelería favorita de Lucy.

A ella le agradaba esa especie de amistad que estaban entablando. En secreto lo llamaba su <<lugar seguro>> y le gustaba esconderse tras su espalda cuando se sentía en peligro, como si fuera su protector. Él era siete años mayor y le encantaba que siempre tuviera una respuesta para todo. Allí también radicaba la diferencia que más tarde los separaría. Theo estaba en su último año de universidad. Lucy, apenas comenzaba.

Ella nunca llegó a confesar sus sentimientos porque, poco tiempo antes de verlo marchar, él le contó que estaba saliendo con una chica. Días después, los vio tomados de la mano y su corazón se hizo trizas.

No entendía por qué se permitió ilusionarse, él jamás se dirigió a ella de una manera romántica, más bien la quería como a una gran amiga. Theo se marchó, dejaron de verse y el contacto se volvió cada vez más esporádico. La residencia médica lo consumía y Lucy debía concentrarse en las cientos de lecturas y exámenes que tenía por delante.

La amistad quedó como un recuerdo en la vida de ambos. Theo aún sonreía cuando en su mente volvía a esos días y Lucy sentía un cosquilleo agridulce cada vez que rememoraba las facciones de su rostro o el sonido de su voz.

Ninguno imaginaba que, diez años después, un día común y corriente, el presente les traería la oportunidad de recuperar ese amor tan frágil como infinito, que quedó pendiente. 

 

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