Frágil e infinito

Capítulo 34

Antes de marcharse, Mía volteó hacia Theo con la mirada hecha un mar de lágrimas. Llevaba un bolso cruzado repleto de sus pertenencias y en una mano, sostenía el oso de felpa al que se aferraba cada noche para dormir. Después de abrazarlo, murmuró con la voz afectada «¿cuándo vendrás por mí? Estaré contando los días». Theo cayó en la dura realidad de que no tenía respuesta, por ende, no podía darle una certeza. «No puedo decirte un día exacto, pero ey, cada día que pase será uno menos para que estemos juntos» contestó, tratando de aminorar la incertidumbre. Sin embargo, desde esa tarde, cada vez que cerraba los ojos, podía recordar su expresión repleta de miedo y esperanza, en partes iguales. Volvía a oír su voz, pronunciando esa palabra que le hacía estallar el corazón de felicidad pero también de desesperación, deseando poder saltear todo el proceso burocrático y simplemente llevarla a casa, a su verdadero hogar.

En medio de los recuerdos, Theo despertó precipitado. Habían pasado cinco días del ataque, cuatro de la despedida, tres de estar en casa, haciendo reposo. A pesar de que Andrew Wilson había sido atrapado, había una paranoia que todavía lo abrumaba, se mezclaba con razonamientos amargos que no podía ignorar, como el hecho de preguntarse «¿cómo una niña pudo soportar durante tanto tiempo ese nivel de agresividad?». Era cruel e inhumano, pero había sido una realidad y no podía ignorarla, tenía que ser consciente del pasado con el que Mía lidiaría, probablemente, toda su vida.

Observó el reloj en la pantalla del celular, marcaba las diez y veintidós de la mañana. Pensó en llamar al hogar temporal donde Mía se estaba quedando y hablar con ella, pero recordó que, por sugerencia de la psicóloga, tenía que darle espacio para que pudiera adaptarse al nuevo ambiente. Así que desistió de la idea, dejándose llevar por el aroma a café que provenía de la cocina. Aún apesadumbrado por las lesiones y el cabestrillo que llevaba por la fractura de clavícula, caminó hasta la cocina y se detuvo en el umbral de la entrada. Lucy estaba de espaldas, preparando el desayuno sobre la mesada. Vestía el pantalón corto del pijama y una remera blanca ancha, que contenía una estampa desgastada de «Fleetwood Mac», otra de sus bandas favoritas. Sonrió porque además, cantaba y bailaba una canción que sonaba en el altavoz del celular. Su cabello castaño recogido en una cola de cabello, se movía de un lado al otro, al ritmo de la melodía: «Dreams - The cranberries».

—Ey, ¿qué haces ahí? —Lucy no tardó en darse cuenta que él estaba detrás. Volteó rápido, un tanto apenada—. Lo siento. Puse la música demasiado fuerte ¿no? Bajaré el volumen.

—No. Está bien. Me encanta despertar así —dijo. No podía dejar de mirarla como si estuviera hipnotizado. Había demasiadas cosas que le gustaban de ella: desde la forma en que lucía su expresión sin un gramo de maquillaje, pasando por la sonrisa que ponía cuando estaba nerviosa, hasta el modo en que le sentaban esas camisetas sueltas que usaba en casa—. ¿Puedo ver el nombre de la canción?

—Eh, sí. Claro —contestó, sonrojada. Él se acercó a su teléfono, ella giró para comprobar que las tortitas no se quemaran. Entonces, lo recordó. Abrió los ojos de par en par, alarmada—. Espera, mejor no...

Demasiado tarde.

Theo sostenía el celular y tenía una sonrisa extendida en su cara mientras sus ojos continuaban en la pantalla. Supo al instante que él lo había visto. El playlist que estaba sonando lo había armado ella misma tiempo atrás, lo tituló «Theo» junto al símbolo de un corazón. Sí, Lucy era la clase de chicas que aunque aparentaba tomarse las cosas con calma, por dentro quería gritar al mundo el amor que sentía, por ende, se equilibraba haciendo ese tipo de detalles. Tampoco negaba el hecho de haber escrito su nombre en un cuaderno rodeado de corazones, de tener fotos de ambos en su mesita de noche e incluso, estar planeando el regalo para el primer aniversario, aunque aún ni siquiera lo habían oficializado.

—Lo sé. Es una tontería. —El calor siguió subiendo por sus mejillas—. Haz de cuenta que esto nunca pasó.

—¿Bromeas? —Theo fue incapaz de no repasar la lista—. Es lindo, Lu —murmuró con ternura, al mismo tiempo que subió el volumen a la canción. Ella seguía con la mirada en el piso, aunque poco a poco apareció una sonrisa—. Eso es. Mírame. —Se aproximó, quedando frente a ella. Colocó una mano contra la mesada, tratando de atraparla, pero tenía la otra inmovilizada por el cabestrillo—. ¿Lo ves? Si te escapas, será como aprovecharte de mí. ¿Serías capaz de hacerme algo así? —bromeó y la hizo reír.

—Eres un tonto —pronunció entre carcajadas. Sintió besos en el cuello y cerró los ojos, sumida en un intenso cosquilleo.

—Un tonto al que le dedicaste cuarenta y ocho canciones, eh —volvió a bromear al hablar cerca de su oído—. Diría que en lugar de tonto, soy un afortunado. —Encontró sus labios, profundizando un beso que los hizo vibrar. Todavía sonaba la misma canción cuando dio un paso hacia atrás, tiró de su mano y la hizo girar, notando lo preciosa que se veía cada vez que bailaba y reía.

—Se suponía que nunca verías esa lista —insistió, aunque esta vez era capaz de reírse de sí misma. Él sacaba a relucir su versión más luminosa.

—¿Dejarás de quejarte si te digo que pienso hacer una para ti?

Lucy se mordió el labio inferior, conteniendo una sonrisa. No sirvió de nada. Todo su cuerpo demostraba que aquello le hacía demasiada ilusión.

—Ya lo veremos —jugó—. Mejor vamos a desayunar antes de que se enfríe todo lo que preparé —sostuvo una tostada que había preparado con anterioridad, repleta de jalea de fresas. Antes de que él pudiera volver a besarla, la interpuso entre sus bocas y él le dio un mordisco.

—¿Desayuno en la cama?

—Está bien —accedió. Tendió a ayudarla, pero enseguida lo interrumpió—. La doctora dijo que nada de esfuerzos, al menos, por una semana.




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