Fragmentada En Dos Mundos

Capítulo 0: El mundo después de la muerte.

[PROLOGO]

- No puedo respirar. -

Fue el único pensamiento que logró articular su mente antes de que el mundo se volviera bidimensional. El impacto contra el asfalto frío no fue un golpe seco, sino una explosión interna que le robó el sentido del tiempo. Sus costillas, reducidas a astillas de hueso por la violencia del choque, habían perforado el tejido blando de sus pulmones. Ahora, en lugar de aire, lo que llenaba sus cavidades era el líquido vital, cálido y espeso, que comenzaba a ahogarla desde dentro.

- Esto no está bien... - pensó.

El tiempo se estiró de forma agónica. A medida que los segundos pasaban, la temperatura de su cuerpo se escapaba hacia el suelo, alimentando un charco de sangre que se expandía como una sombra bajo ella. Trató de pedir ayuda, pero las palabras se convirtieron en coágulos en su garganta. Se asfixiaba en su propia esencia mientras las figuras borrosas de los transeúntes se arremolinaban a una distancia prudencial.

- A... y u d a... -

La frase apenas fue un siseo húmedo, un susurro que el viento de la ciudad borró de inmediato. - Voy a morir - se repitió con una claridad aterradora. La pérdida de sangre empezó a apagar las luces de su conciencia. Aunque las ambulancias llegaron quince minutos después con sus sirenas desgarrando el aire, sus pulmones ya habían colapsado por completo. Yuki Hazama falleció por hipoxia en una ambulancia rumbo al hospital, rodeada de extraños y el olor a sangre que despedía su cuerpo.

Entonces, algo sucedió.

Al abrir los ojos, el frío del asfalto fue sustituido por una calidez que le acariciaba el rostro. El hedor metálico de la sangre desapareció, dejando paso al aroma inconfundible de la resina de pino y la tierra húmeda. El ruido de las sirenas se transformó en el trino rítmico de aves desconocidas.

- ¿Qué... qué pasó? - murmuró, llevándose una mano al pecho. Estaba intacta. Sin las heridas que anteriormente le habían provocado la muerte.

Se sentó sobre la hierba alta, confundida. ¿Era el paraíso? ¿Una última alucinación de su cerebro agonizante?, no, aquello era algo más. Se tocó los brazos, sintiendo el calor de su piel y la textura rugosa de la corteza de un árbol cercano. Esto se sentía demasiado real para ser un sueño. Sin embargo, en lugar de entrar en pánico, una calma sobrenatural la invadió. En su vida anterior, Yuki era una oficinista invisible, una pieza descartable de una maquinaria monótona. Su familia la había abandonado, no tenía amigos y sus compañeros la trataban como a un bicho raro. Al darse cuenta de que ese mundo gris había quedado atrás, no sintió miedo, sino una paz profunda, algo que ya no sentía desde hace años.

Después de descansar, se puso en pie y comenzó a caminar entre los árboles en busca de algún signo de civilización. El bosque era inmenso, poblado de plantas de colores vibrantes que nunca había visto en los libros de botánica. Caminó durante horas, sintiendo cómo sus músculos, antes entumecidos por el sedentarismo de la oficina, respondían con una energía renovada. A lo lejos, el crujido de unas ruedas de madera contra la tierra llamó su atención.

Corrió hacia el ruido y alcanzó a ver, entre la maleza, una carreta que se alejaba. Intentó llamarlos, pero la distancia era demasiada. Aun así, el rastro la llevó a un sendero bien definido. Tras dos horas de marcha bajo un cielo de un azul imposible, divisó las primeras cabañas de madera. Se había salvado de morir en el bosque, y sin más, se acercó a la aldea.

- Hola, hola ¿podrían decirme dónde...? - sus palabras se congelaron en el aire al percatarse de algo. La gente del pueblo no era humana. Algunos tenían orejas puntiagudas y peludas que se movían al ritmo de los sonidos; otros poseían pieles escamosas y ojos rasgados que recordaban a los caimanes. Yuki retrocedió un paso, pero para su sorpresa, una mujer la escucho y se le acercó con naturalidad.

- Hola, ¿Podemos ayudarte? - preguntó la mujer con una voz suave.

- Discul... - Yuki no pudo terminar.

Un dolor punzante, como si mil agujas le atravesaran el corazón, la hizo doblarse por la mitad. El pulso se le aceleró tanto que sentía los latidos en los oídos como tambores de guerra. Sus ojos se pusieron en blanco y el suelo volvió a recibirla.

Mientras su cuerpo yacía inerte, su mente se hundió en una negrura espesa. No era un sueño normal. Se vio a sí misma caminando por un pasillo infinito donde las paredes parecían hechas de humo negro.

"...no está reaccionando..."

"...el pulso se debilita..."

Escuchaba llantos desgarradores y veía sombras que se estiraban hacia ella, tratando de tocarla con dedos de neblina. Una luz cegadora apareció al final del pasillo, tan intensa que quemaba, y una voz autoritaria retumbó en su cráneo:

- Despierta. -

Yuki abrió los ojos de golpe. Estaba en una cama dentro de una cabaña acogedora. El tik tak de un reloj retumbaba en la habitación, y a su lado, la mujer que la había abordado en la plaza la observaba con atención. Tenia unos treinta años, con una mirada perspicaz pero cargada de una bondad genuina.

- Vaya, al fin despiertas - dijo la mujer, suspirando de alivio -. Creí que era algo más grave. Toma, bebe esto.

Yuki aceptó el cuenco. El brebaje tenía un sabor amargo y terroso que la hizo arrugar toda la cara.

- G-gracias - respondió con voz temblorosa -. ¿Qué me pasó?

-Te desmayaste, así que te trajimos a mi casa para poder atenderte. Que susto nos diste a todos allá afuera, niña. Creímos que habías pasado a mejor vida - la mujer sonrió levemente para calmarla.

-Oh, Donde están mis modales, permíteme presentarme, mi nombre es Folin, mucho gusto. Soy la médica de esta aldea, la Aldea del Páramo, un lugar de semihumanos en los límites del reino. U dime, ¿de dónde vienes? No pareces de por aquí, y tu ropa es un tanto... extraña.

Yuki bajó la mirada. Sabía que no podía decir la verdad, ya que la verdad sonaría a locura así que no tuvo otro remedio más que mentir. - No lo sé. Al parecer... no puedo recordarlo.




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