Una joven de aproximadamente veinticinco años yacía recostada en la cama de su habitación. Sus ojos fijos en el techo repasaban, como si fuera una película gastada, la rutina monótona a la cual se había acostumbrado por más de tres años. Tres años cargados de decepciones, pérdidas de personas que alguna vez creyó eternas y una traición que todavía escocía en su pecho como una herida mal cerrada.
Estaba lista para dirigirse a su trabajo, ese lugar gris donde su contribución era invisible para la empresa. Todos los días se decía a sí misma: «¿Qué pasaría si un día desapareciera?», «¿Alguien notaría el vacío? ¿Se darían cuenta siquiera de que existí?», pensamientos oscuros que arrastrarían a cualquiera hacia el abismo de la depresión, y ese, lamentablemente, era su caso.
El día parecía transcurrir con una normalidad asfixiante, pero esa normalidad estaba a punto de quedar rota. Una sensación premonitoria le erizaba la piel, advirtiéndole que algo terrible estaba por suceder. Quizás era el aire pesado de la atmósfera o aquella tostada que comió antes de salir, pero el desasosiego no la abandonaba. Sus sentidos estaban en máxima alerta cuando, de pronto...
— ¡Iiiiiiiiiiiii! —
El chirrido ensordecedor de unos neumáticos desgarrando el asfalto la arrancó de sus pensamientos. Sus ojos se abrieron de par en par al ver un auto que se lanzaba, fuera de control, hacia una joven que caminaba distraída. Por puro instinto, por una inercia que no sabía que poseía, Yukki se lanzó hacia adelante. Apartó a la chica de un empujón, arriesgando su propia vida en ese único acto de valentía.
El impacto fue total. El metal chocó contra su cuerpo, elevándola por los aires antes de que la gravedad la reclamara y la estampara contra el frío asfalto. El dolor fue una explosión interna, el aire se volvió líquido en sus pulmones y entonces... Nada, una sensación de calma absoluta teñía el ambiente, como si lo que acabara de pasar fuera solo un simple sueño, pero no, eso era más real de lo que ella podía creer.
— Yukki: <<Creo sí ahora la metí pata que>>
Miró hacia todos lados extrañada del lugar en el que se encontraba, un lugar completamente vacío, como si el mundo que conocía hubiera dejado de existir. Una extraña neblina persistía en ese espacio, y al frente de ella, una sola silla de metal brillante. A pesar de su situación, no parecía alterada, pues ya sabía lo que representaba esto...
— ???: Vaya, al fin despiertas. ¿Sabes? Normalmente la gente cuando muere no se queda dormida cuando llega aquí...
Escuchó una extraña voz, que no sabía de dónde provenía. Se levantó y trató de buscar en todas direcciones el origen de dicha voz.
— Yukki: ¿Hola?, ¿Quién dijo eso? —dijo con una voz desconcertada.
Al regresar la mirada hacia donde estaba la silla, vislumbro una figura que yacía sentada con la pierna cruzada encima de otra y sosteniendo algo que parecía una libreta.
— ???: Yukki Hazama, es un placer poder conocerte. Me presento contigo, soy aquel que se encarga de guiar las almas de aquellos que perecen en cada mundo, puedes llamarme Josh...
— Yukki: ... ¿En serio así te llamas, o qué acaso esto es una broma?
— Josh: Para estar recién muerta, sí que críticas a las personas —respondió con impaciencia y algo de enojo—, además este es un nombre muy popular para la gente de tu mundo, y solo es un apodo para que tú no gastes en formali...
— Yukki: ¿O sea que eres una especie de dios o algo así? Porque si es así, qué clase de dios puede ser alguien que se hace llamar Josh —interrumpió, claramente harta de tanto parloteo de este "supuesto dios".
— Josh: ¡Aparte de criticona, irrespetuosa! Estos jóvenes de ahora ya no respetan ni a los dioses. Ya le decía a mi padre que los dinosaurios estaban mejor, pero nooooooo, el señor quería que replicara su obra, pero mira el resultado...
Mientras el dios se quejaba largamente —al parecer no era la primera vez que algo así ocurría y quería desquitar sus frustraciones con ella—, Yukki decidió ignorarlo por completo. Se puso a explorar el lugar: trató de atrapar la neblina con las manos, dio algunos pasos hacia la nada y se puso a tararear una melodía en voz baja.
Al notar que lo estaban ignorando por completo, Josh finalmente paró de hablar, carraspeó con incomodidad y retomó el tema...
— Josh: Ejem* ejem*, Bueno, calmémonos un poco y empecemos otra vez...
— Yukki: Pero si el que se alteró fuiste tú —respondió con ironía...
— Josh: ¡Te dije que nos calmemos! Tal vez te preguntes qué es este mundo o tengas muchas preguntas que hacer a este increíble dios que tienes frente...
— Yukki: No, no es cierto.
— Josh: E-el punto es que acabas de morir de una forma trágica, y normalmente las almas como tú se purifican para reencarnar en otro cuerpo y en otra era, una reutilización, en resumidas cuentas. Pero tú, señorita, hiciste algo que casi nadie hace: sacrificar tu vida por la de otra persona. Y debido a que aún no era tu momento, se te concedió la reencarnación en otro mundo, así podrás vivir la vida que ya no pudiste vivir, y lo mejor es que podrás escoger tu siguiente vida.
Ante tales palabras, Yukki no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Vivir en otro mundo? Esa idea solo se le había cruzado al estar leyendo su novela favorita, y el hecho de tener ese destino la llenó de alegría: nueva vida, nuevo futuro, nueva oportunidad de vivir aquello que siempre quiso, una vida normal y tranquila. Otras personas se habrían entristecido al saber que nunca más verían a su familia, pero a ella ya no le importaba; su familia la dejó de lado, sus amigos la abandonaron, así que reencarnar en otro mundo no sonaba muy mala idea.
— Yukki: Entonces, si escojo reencarnar, tendré que empezar desde cero, volver a nacer y crecer de nuevo... — Josh: Eso depende completamente de ti, puedes hacer eso, o hacerlo con tu cuerpo y recuerdos actuales, la decisión es tuya...
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Editado: 21.08.2026