Era medianoche. El olor a lluvia reciente se desprendía del asfalto mojado y resbaladizo. De pronto, se rompió el silencio. De la nada, aparecieron dos personas discutiendo sobre una moto en marcha. El forcejeo entre ambas no se hizo esperar.
—¡Ya basta! ¡Quédate quieta! —dijo la que conducía, tratando de mantener el control del vehículo—. ¡Nos vamos a estrellar, estúpida!
—¡No me importa! ¡Déjame ir! Eres una mentirosa. No sé cómo pude creerte —respondió la acompañante, con la voz quebrada por el llanto.
—Siempre has sido una maldita ingenua. ¡Desde que éramos niñas! —El veneno en su voz era evidente—. Pero llegó tu hora. Te voy a borrar de este mundo de una vez y por todas.
—No. No lo harás. ¡Si muero, tú también morirás! —La determinación se reflejó en sus ojos.
—¡Cuidadooooo!
El chirrido de las ruedas, intentando esquivar un poste, fue lo último que oyó.
Después, solo silencio.
Dos horas más tarde, el cuerpo de una joven de tez blanca yacía en el suelo. Las ropas, desgarradas, narraban una historia de violencia y desastre. No aparentaba más de veinticuatro años. El cabello negro cubría su rostro magullado.
Entreabrió los ojos. Intentó incorporarse, pero un vértigo repentino la frenó. No sabía qué hacía allí, y ese vacío en la memoria la paralizó.
De pronto, algo brilló bajo la luz de un poste cercano: una motocicleta negra, de líneas modernas, volcada a pocos metros.
—¡Dios mío! —dijo en un susurro, apenas audible—. ¿Qué ha pasado aquí?
Volvió a fijarse en el vehículo. Y esta vez, se sorprendió de su propio análisis.
—Esa motocicleta... creo que... la conozco.
Intentó incorporarse, pero sus piernas no respondieron. Un líquido espeso comenzó a opacar su visión. Frotó los ojos con fastidio. Sus manos manchadas revelaron que era sangre.
En ese instante, tres sombras humanas se acercaron con pasos rápidos: dos paramédicos y un hombre de rostro analítico que vestía con formalidad. Al tenerlos frente a ella, temblorosa, estiró su mano y se aferró a la manga del chaleco del primer sujeto que llegó.
—Ayúdame, por favor —suplicó, a punto de llorar.
—Tranquila. La llevaremos de inmediato a un hospital —dijo el paramédico al que tenía agarrado.
El hombre se arrodilló junto a la víctima y abrió un maletín de primeros auxilios para tomar los instrumentos médicos para examinarla.
El hombre, que vestía con formalidad y no parecía del servicio de emergencias, sacó una libreta de notas del bolsillo interior de su chaqueta y escribió algo con rapidez. Tenía unos cincuenta años y su aspecto describía a alguien que a kilómetros podía olfatear problemas.
—Soy el detective Perdomo. ¿Cómo está?
—¿Cómo cree que me encuentre? —dijo ella, con voz rasposa—. Obviamente estoy mal. Siento un fuerte dolor de cabeza. ¿Qué sucedió?
—Aún no lo sabemos. El accidente fue reportado por alguien que no dijo su nombre. Lo único que pudimos identificar es que era un hombre, por el tono de su voz. —Hizo una pausa, clavando sus ojos en ella—. ¿Alguna idea de quién pueda ser?
—No. Le juro que no tengo idea de quién pudo ser.
Perdomo señaló la moto con la barbilla.
—Aquí solo está usted y ese vehículo. ¿Es suyo?
—No lo sé. No recuerdo nada, detective.
Perdomo la miró un segundo más de lo necesario. Luego anotó algo en su libreta.
—Llama la atención que haya sangre considerable en el suelo, justo allí —dijo, señalando con el dedo—. Evidentemente no es suya.
Ella guardó silencio. Todo era ruido en su cabeza. De repente, unos flashes surgieron y un recuerdo invadió su memoria:
El viento cortándole la cara. Manos ajenas en el manillar. Un grito. El chillido de las ruedas. Y después, nada.
Atónita, decidió no hacer comentarios.
—Detective —dijo, con voz entrecortada—. Necesito ir a un hospital. No me siento muy bien.
—No insistiré. Comprendo. Usted está herida. Pero tenga la absoluta certeza de que voy a investigar este caso. —Guardó la libreta.
La joven asintió, a punto del desmayo.
En el momento de su traslado, el detective se percató de una identificación junto al cuerpo. La recogió y la examinó.
—Victoria Cavallier —dijo, confirmando—. He encontrado su identificación.
El nombre le produjo un escalofrío. Victoria. No le decía nada. No era su nombre. No podía serlo. Sus párpados empezaron a pesar.
—¿Vic... toria? No. Es un error... yo...
—No se esfuerce, señorita. Guarde sus fuerzas. Las necesitará —dijo uno de los paramédicos mientras se alejaba con la camilla.
Su cabeza cayó hacia un lado. Pero antes de que la oscuridad la reclamara por completo, alcanzó a ver algo: Perdomo, de espaldas, se agachaba nuevamente junto a la motocicleta. Extrajo algo pequeño y metálico del compartimento bajo el asiento. Algo que guardó en el bolsillo sin mostrarlo a nadie.