Pasada la medianoche, la oscuridad se extendía como un manto pesado y gélido. En medio de la calzada, el cuerpo de una mujer joven, delgada y de tez blanca yacía tendido en el suelo. Su silueta rompía la monotonía del asfalto gris como un decorado inerte. No aparentaba más de veinticuatro años. El cabello negro cubría el rostro que aún acariciaba el pavimento helado. Las ropas sucias y desgarradas narraban una historia de violencia y desastre. Un frío cortante se colaba por debajo de su vestimenta hasta calar sus frágiles huesos y erizar su piel magullada.
A lo lejos, unas pocas sombras humanas la observaban con esa curiosidad morbosa que solo despierta la tragedia. La joven entreabrió sus ojos verdes saliendo de su letargo. Intentó incorporarse, sin embargo el mundo la confrontó de forma violenta: el horizonte se inclinó; el cielo y la carretera intercambiaron lugares por un segundo obligándola a sucumbir de nuevo. Estaba aturdida, confundida, y el zumbido en sus oídos ahogaba el viento nocturno. No sabía qué hacía allí, y ese vacío en la memoria le provocó una punzada de angustia más dolorosa que sus propias heridas.
De pronto, algo brilló bajo la luz mortecina de un poste cercano: una motocicleta negra, de líneas modernas, se mostró volcada a pocos metros. Al verla, una descarga eléctrica le recorrió la columna. Le resultaba familiar, demasiado familiar, y el reconocimiento instintivo le provocó un temor sin origen evidente.
—¡Dios mío! —exclamó abriendo sus ojos al observar el escenario que la rodeaba—. ¿Qué significa todo esto? —susurró con voz ronca, aunque el sonido se perdió en la inmensidad de la noche—. ¿Qué pasó? ¿Y qué diablos hago aquí... en este lugar?... esa motocicleta... ¿Por qué me resulta tan familiar? Todo es tan confuso.
Sus preguntas sin respuestas eran el eco de una mente desprovista de recuerdos. Se percató de ello y el terror aumentó reflejado en su mirada provocando más ansiedad.
Se impuso abandonar su postura tendida al tratar de levantarse de nuevo. Ella no escatimó en esfuerzo, pero sus piernas no respondían a sus órdenes. Un líquido comenzó a opacar su visión. Frotó los ojos con fastidio; al hacerlo, sintió algo denso y tibio. Se miró la mano. El color carmesí destacó con una violencia obscena bajo la luz eléctrica.
—¡Sangre! —exclamó para sí misma, el corazón martilleándole contra las costillas, amenazando con salirse del pecho, presa del miedo y la más absoluta incertidumbre.
El sonido de pasos rápidos la sobresaltó. Tres figuras irrumpieron en la escena: dos paramédicos con chalecos reflectantes y un hombre de rostro cansado que se identificó como detective. Ella, al notar su presencia, estiró una mano temblorosa y se aferró a la manga de uno de los hombres que traía un botiquín de primeros auxilios, con una fuerza nacida del pánico.
—¿Qué me sucedió? —preguntó con la voz quebrada, a punto de llorar—. ¿Por qué estoy llena de sangre? No… no recuerdo...
—Tranquila, señorita, mantenga la calma. Ya estamos aquí y la llevaremos a un hospital para que la atiendan adecuadamente —respondió el paramédico mientras se arrodillaba a su lado y comenzaba a examinar las pupilas con una pequeña linterna.
El detective, que vestía con formalidad, sacó una libreta del bolsillo trasero y anotó algo con rapidez. Era un hombre maduro de cincuenta años, calvo y de espalda ancha. Su rostro cansado, con arrugas marcadas en la frente, poseía una barba canosa con corte de candado.
—Soy el detective Perdomo. Estaba de guardia esta noche cuando recibí la llamada. Para serle franco, me intrigó. Un hombre reportó el accidente, pero fue extraño. Dijo lo justo: la dirección y nada más. Ni su nombre, ni qué había pasado. Algo en su tono no me gustó. Por eso decidí venir personalmente. —Hizo una pausa, observándola con una mezcla de lástima y sospecha—. Dígame, ¿está segura de no poder recordar nada?
Ella respondió de forma automática, sin procesar las palabras, como si fuera una espectadora de su propia tragedia:
—Le juro... que... no... detective. Me duele demasiado... la cabeza, todo... da vueltas.
El detective prosiguió con el cuestionario haciendo caso omiso a la respuesta de la chica. Ignorando por completo su aflicción.
—La encontramos a usted solamente y... a ese vehículo... ¿Es suyo? ¿Viajaba alguien más con usted? Llama la atención que hay sangre considerable en el asfalto cerca de la motocicleta. No creo que sea suya. Y esa llamada anónima... Algo no me cuadra. —dijo lanzando una mirada seria y analítica.
La chica, nerviosa, no supo qué responder. Todo era ruido en su cabeza. De momento sintió flashes y un recuerdo asomó a su memoria:
"El recuerdo de una discusión violenta la alcanza apenas un segundo. Luego, se interpone la imagen de una motocicleta rodando por la carretera a gran velocidad, ella es una pasajera, pero no está sola, hay alguien más, y ese alguien conduce frenéticamente. De pronto un grito ensordecedor se escucha: ¡Cuidado! y la noche se vuelve testigo mudo del fatal accidente."
La joven quedó atónita tras ese flashback. Un miedo interno amenazó con devorarla. Casi por instinto decidió no responder nada al respecto. No había respuesta que convenciera cuando ni ella misma estaba segura de lo que su cerebro le mostraba. Meditó unos segundos... respiró y se decidió a contestar:
—Detective... ¿acaso... no entiende? Mi mente está en blanco... ¿Por qué insiste? —dijo con voz entrecortada y la mirada perdida.
—No insistiré, disculpe. Veo que no se encuentra bien. Pero debemos investigar a profundidad el caso en cuanto se encuentre mejor. —Guardó su libreta, pero su mirada seguía siendo la de alguien que no se rinde fácilmente—. No voy a dejar esto así. Hay algo aquí que no me gusta.
—Lo que usted diga, detective... pero... ahora... ¡No estoy bien! ¡No... siento... mis piernas... y estoy... a punto del... desmayo. Ayúdenme... —dijo concluyente.