Habían pasado tres horas desde la última visita y la atmósfera seguía cargada de una energía oscura que aún erizaba la piel de Victoria. Aceptó el nombre por resignación, a pesar de carecer de total significado para ella. Seguía perturbada, aún sin reponerse del encuentro con aquel joven, el cual no había sido nada agradable.
De golpe, la puerta se abrió dando paso a un señor alto, cerca de los sesenta y cinco años, de cabello plateado y andar pausado. Su rostro afilado mostraba un mapa de arrugas finas talladas por la edad. Vestía una bata blanca de tejido pesado y costoso, bajo la cual se adivinaba una camisa de cuello rígido perfectamente almidonada. El estetoscopio, descansando sobre sus hombros, parecía menos un instrumento médico y más un símbolo de autoridad. En conjunto, proyectaba la imagen de un galeno experimentado, de esos que solo atienden a familias de gran estirpe.
Se acercó a la cama donde se hallaba acostada la enferma y saludó con una cortesía carente del más mínimo entusiasmo.
—Buen día. Disculpe por no venir antes. Estaba ocupado atendiendo a una paciente... importante.
La joven no respondió. Tenía la vista clavada en la ventana, absorta en el paisaje de una gran ciudad que se desplegaba ante ella, provista de edificios de cristal de estructuras modernas.
El hombre, sin preocuparse demasiado por su falta de atención, comenzó a hojear el expediente clínico que llevaba consigo, como si buscara algo anormal en las evaluaciones médicas.
—Fui informado de que había despertado. Veo que se encuentra en perfecto estado.
Buscó el oxímetro en su bolsillo y se lo colocó en el dedo índice de la paciente para comprobar la saturación de oxígeno y la frecuencia cardíaca. Al rozar su piel, ella sintió un estremecimiento causado por una extraña sensación.
—Le comento que la familia Miller ha estado bajo mucha presión estos últimos días debido a su condición de salud. Por suerte, hoy le hemos podido dar la buena noticia.
Ella volteó su rostro para ver por primera vez al señor que tenía enfrente. Se tensó al escuchar el nuevo apellido. Lo repitió mentalmente, intentando encontrar un eco de familiaridad. Sonaba sofisticado, con clase, pero tan pesado y distante como el resto de una vida que no sentía suya.
«¡Y ahora quiénes son esos! ¿Miller? ¡Rayos, no tengo ni idea! Todo esto me desconcierta. ¡Por Dios! ¿En qué mundo he venido a parar?»
No quiso preguntar sobre el tema para no enredarse más, así que solo se limitó a conocer al nuevo visitante.
—Perdone, ¿por casualidad usted es el doctor Smith?
El médico alzó la vista por encima de sus lentes, dejando de prestar atención, por un momento, a los papeles que sostenía en sus manos.
—Sí... soy yo. ¿Por? —dijo con un tono carente de total calidez.
Victoria se sorprendió por la respuesta. No esperaba que un galeno pudiera ser tan frío como un trozo de hielo.
«¿Aquí todos están locos o qué? Este doctor no tiene ni una pizca de amabilidad en su trato conmigo. Por otra parte... el timbre de su voz... no sé... es como si la hubiera escuchado antes.»
—La enfermera de esta mañana anunció que usted vendría.
—Sí, Sara. Ella ha estado a cargo de usted —inquirió con voz neutra.
—No me dijo su nombre, pero supongo que sí —hizo una breve pausa y continuó su relato—. Después de ella vino un tipo desagradable. Al inicio pensé que podría tratarse de usted. Tuvimos una discusión. En verdad yo... —Se detuvo, aturdida, intentando organizar el caos de su mente—. Necesito saber qué sucede conmigo, doctor. No logro recordar nada antes del accidente.
El hombre, ignorándola, trató de evadir su preocupación.
—¿Y por qué le preocupa recordar su pasado? Si fuera usted, ni pensaría en eso. Lo más importante ahora es que su cuerpo se recupere —continuó—. ¡Que esté viva ya es un milagro! ¿No le parece?
—¿Mi... cuerpo? —Victoria casi explotó por el comentario del médico, pero logró contenerse—. Disculpe, doctor, pero no estoy de acuerdo. Ahora mismo no sé quién soy. Cada vez que me llaman Victoria siento que se refieren a otra, no a mí. ¿Cree que eso es normal? Porque a mí no me lo parece en lo absoluto —respondió, a punto de llorar.
—Sufrió un trauma craneal, una contusión cerebral para ser preciso. En su idioma sería... un fuerte golpe en la cabeza, ¿comprende? —dijo con cierto desgano—. Eso puede ocasionar pérdida de memoria y en su caso explica que no pueda recordar ni su propio nombre. Acéptelo y no le dé vueltas al asunto. No es complicado de entender.
—Pero es que yo...
Sin dejar que terminara la frase, el médico la interrumpió con una seguridad tajante.
—Mire, he sido el médico personal de la señorit... —Hizo una pausa, como si recalibrara sus palabras antes de continuar—. ...de usted por muchos años. He trabajado para los Cavallier casi toda mi vida. Sé de lo que estoy hablando. Así que cálmese, por favor.
Ella notó ese tropiezo en su discurso. El silencio que siguió fue breve, pero cargado de una extraña pesadez. Y entonces, algo cruzó su mente. Un eco lejano. Una voz al otro lado de un teléfono. Un nombre: Smith. ¿Dónde lo había escuchado antes? No lograba ubicarlo, pero la sensación era tan vívida como una punzada en el pecho.
—Por lo demás —prosiguió—, no existe impedimento de mi parte para que continúe internada en el hospital. He analizado todos sus resultados de laboratorio e imagenología y todo está en orden. No tiene de qué preocuparse.
La joven sintió una punzada de frustración. ¿Cómo podía decir que no había nada de qué preocuparse si ella no sabía quién era? La pregunta que le rondaba desde que despertó le quemaba los labios. Con un esfuerzo que le hizo palpitar las sienes, la soltó.
—Entonces... ¿tiene la seguridad de que soy la Victoria Cavallier de la que todos hablan?
Se hizo un silencio casi perpetuo entre los dos. El hombre meditó por un instante, mientras la chica quedó aguardando la respuesta que podía esclarecerlo todo.