Victoria se mantuvo expectante. Sus instintos le gritaban que algo estaba ocurriendo. La actitud esquiva del Dr. Smith solo alimentaba su desconfianza.
—Su pregunta es ilógica, señorita. Es un completo absurdo lo que acaba de decir —dijo, tratando de disimular su enojo—. Ahora... contésteme una simple pregunta: ¿si usted no es Victoria Cavallier, entonces quién es?
La chica enmudeció. La pregunta la agarró por sorpresa. No tenía ni la más mínima idea de quién más podría ser. Sus labios esbozaron una sonrisa irónica y sus ojos se empañaron de lágrimas. Las manos entrelazadas le comenzaron a sudar. La impotencia de no tener argumentos le fue ganando terreno.
—No lo sé —solo atinó a contestar, bajando la cabeza, sintiéndose una perdedora de su juego mental.
—¡Exacto! ¿Ahora lo entiende? Usted no puede ser nadie más que Victoria Cavallier porque no existe otra con su rostro. Punto. Fin del asunto.
—¿Entonces... soy Victoria? ¿Es así? —dijo como si temiera la confirmación.
—¿Y qué pasa con lo que siento? Ese nombre no me transmite nada. No encaja conmigo. Es como si algo en mí lo rechazara por completo. Y no sé por qué. Es por eso que insisto. ¿Está seguro?
—¡Por supuesto que sí! Con total certeza. La conozco desde que era una niña.
El doctor suspiró, suavizando el tono, tratando de sonar menos controlador.
—Por otra parte, le pido disculpas por mi comportamiento un poco ortodoxo, pero era necesario —añadió.
—Pierda cuidado, me da igual —suspiró, resignada—. Mi cerebro se apagó por completo.
—En ocasiones... es conveniente, créame —dijo él, tratando de sonar tranquilizador, provocando el efecto inverso—. Quiero decir... —trató de rectificar para no generar más inquietud en la mujer— ...a veces hay sucesos que es mejor no traer al presente.
Tras unos minutos de un silencio tenso, el doctor cerró la historia clínica de golpe. El sonido seco hizo que ella se sobresaltara.
—Bueno, ya zanjada la incómoda conversación anterior, le pido que se enfoque en su recuperación. Como su médico, me encargaré de que eso ocurra lo más pronto posible —sentenció Smith con rapidez—. ¡Ah! Y es prudente que se familiarice con su nombre, aunque ahora le resulte extraño.
—¿Mi... nombre? —repitió ella, sintiendo que la palabra se deshacía en su boca.
—Sí... Victoria.
Hizo una pausa. Su rostro se tornó serio, como alguien que no admite reclamos. Acto seguido, posó las manos sobre los hombros de la joven, preparándola para algo más.
—Antes de marcharme, me gustaría tocar otro asunto.
El miedo por su identidad fue reemplazado instantáneamente por un terror físico. Victoria sintió un vacío en el pecho y el corazón le dio un vuelco.
—¿Cuál asunto? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Tranquila, señorita Cavallier —dijo él, intentando proyectar una calma profesional—. Es sobre sus piernas. Más allá de las contusiones que recibió, no presentan daños permanentes. Los paramédicos reportaron que tuvo serias dificultades para incorporarse e insistió en que no podía sentirlas. ¿Es correcto?
Al escuchar las palabras, por un segundo, el olor a asfalto y el frío de la noche regresaron a ella.
—Sí... —respondió con la mirada perdida.
—Por fortuna, las lesiones no fueron graves. Sin embargo, posiblemente tendrá dificultad para caminar durante su recuperación, así que he decidido proporcionarle una silla de ruedas.
—¿Era eso?... Es un alivio. Pensé en algo peor —respondió, aliviada, sintiendo un peso enorme desprenderse de su pecho.
«Por lo menos mis piernas volverán a ser útiles. Espero que mi memoria también.»
—Eso es todo. Le daré el alta mañana mismo. Debe seguir mis recomendaciones: reposo absoluto por unos días y nada de esfuerzos innecesarios. Ahora la dejaré descansar —concluyó el doctor, preparándose para salir—. Afuera aguarda el señor Alexander Miller, hijo de Octavio Miller. Ha permanecido aquí desde la mañana en representación de la familia.
—¿Alexander Miller? —susurró ella.
El nombre resonó en su mente, conectándose de inmediato con el rostro del joven que la había humillado horas antes.
«¿Y ese hombre no se había largado? ¡Infeliz!»
Se disponía a interrogar al médico sobre ese tal Alexander cuando la puerta se abrió de golpe. Por un instante, Victoria sintió que el aire le faltaba. Su garganta se tensó, cortándole la respiración. Sin invitación alguna, el mismo hombre que la había incomodado tanto hizo su entrada, llenando la habitación con su presencia arrogante.
—Nos volvemos a ver —dijo Alex, irónico, decidido a burlarse de ella. Se dirigió a Smith—. Ay, perdón, doctor... creo que estoy forzando a su mente incapacitada a recordarme.
—Señor Miller, le ruego que no altere a mi paciente —intervino Smith con su frialdad habitual—. Aún está convaleciente.
—Descuide, doctor. Solo vine a saludar —respondió Alexander, sin apartar los ojos de Victoria.
«Son tal para cual. Este médico y este lunático. Los dos me tratan como a una idiota.»
El doctor recogió su expediente, dedicó una última mirada a Victoria —una mirada que no era de compasión, sino de advertencia— y abandonó la habitación sin decir nada más.
Alexander esperó a que la puerta se cerrara. Luego, con una sonrisa de medio lado, se volvió hacia Victoria.
—Ahora que estamos solos... ¿seguimos con el teatro o podemos hablar con sinceridad?
—¡Eres un...! —exclamó ella, a punto de explotar, cortando su propia frase.
—Caballero... —la miró divertido, agregando—. Lo sé.
Victoria, sin apenas contenerse, alzó el tono de su voz, casi alcanzando los gritos.
—Y ahora qué quieres. A qué volviste.