Luego de un día lleno de confrontaciones, el resto de la tarde transcurrió en calma, si es que así se le puede llamar a no recibir visitas en toda la jornada. Sin embargo, la noche se tornó tediosa, ya que apenas pudo conciliar el sueño, rememorando escenas relacionadas con las conversaciones con el Dr. Smith y ese sujeto pretencioso.
La mañana siguiente se coló por las persianas con una claridad deslumbrante. El sol calentó su piel, iluminando su rostro aún demacrado. Victoria acababa de ser despojada de las vendas por su enfermera personal. Su pelo negro cayó suelto sobre sus hombros, dándole una sensación de liberación que acompañó con una inhalación profunda.
Fue entonces que Sara le señaló una caja de regalo que habían colocado al pie de la cama mientras dormía. También había un estuche elegante, acompañado de un arreglo floral tan exuberante que a Victoria le resultó presuntuoso. Dentro, una tarjeta con caligrafía firme:
«Sé que las prefieres así, aunque no son adecuadas para la ocasión... Por mi elección hubieran sido blancas, pero no te harían honor... Por otro lado: bienvenida de vuelta al juego. Felicitaciones por sobrevivir.»
Se acercó a las rosas rojas, casi con miedo de tocarlas.
«Rosas rojas para una enferma. Jamás se me ocurriría. Son bonitas, pero es demasiado. Quizás tengan espinas, o veneno. Qué tonterías digo.»
Pensó para sus adentros, soltando una sonrisa para disfrazar su temor. Aspiró su fragancia al instante. Era ostentosa, intensa, casi abrumadora. Sus fosas nasales se hartaron de inmediato sin necesidad de mayor exposición. Sintió una punzada de tristeza. Realmente era un ramo hermoso, pero tan apagado como todo lo que es vacío. Jamás había recibido un detalle así. O al menos no lo recordaba. El color era lo que menos le importaba. Le encantaban las rosas. Se sintió agradecida, aunque no creyera que realmente fueran sus favoritas. Una voz en su interior le gritaba que aquellas flores no eran para ella, sino para el fantasma de la mujer que todos creían que era.
Treinta minutos después, era conducida por los pasillos asépticos de la institución. La silla de ruedas avanzaba despacio, dibujando el trayecto que ella quería olvidar. Las piernas, aún traicioneras, no habían sido suficientes para sostenerla. Llevaba un vestido de seda, blanco, suelto y delicado. El cabello negro, esta vez recogido en una coleta alta, exponía su cuello, otorgándole un aspecto más estilizado. Las marcas del accidente aún se adivinaban en su rostro, recordatorios mudos de la noche en que todo estalló.
Mientras se dirigía al exterior del recinto, ella se hundió en sus pensamientos.
«¿Y ahora qué hago? Este lugar no es un refugio, pero ahí fuera será peor. Debo prepararme... no será fácil. Pero quedarme aquí no es una opción.»
Al traspasar las puertas del hospital, un Mercedes-Benz negro de cristales blindados la aguardaba. El chófer hizo una señal a Sara. La ventanilla trasera descendió con un siseo eléctrico, revelando a un individuo de mediana edad oculto tras unas gafas oscuras.
—¿Quién es ese hombre? —preguntó Victoria, impactada, aferrándose a los apoyabrazos de su transporte.
—El señor Octavio Miller —respondió la enfermera, sin volverse—. Vino personalmente a buscarla. Es su prometido.
—¡Ah! Con que ese es el tipo de la tarjeta —El corazón latió con más fuerza, casi sin control—. ¿Y por qué ha venido él? ¿No hay nadie de mi familia? ¿No se supone que soy una Cavallier?
—Señorita, yo solo la estoy trasladando. No puedo contestarle esas preguntas. Aunque tengo entendido que su familia vive en Francia.
—¿Es en serio? —Se dirigió a su conductora, sin esperar respuesta, arqueando la ceja—. ¡Vaya! Sí que hay sorpresas. Ahora resulta que tengo que agradecer la caridad de este señor por venir a recogerme —contestó, apenas creyendo lo irónico de su situación.
Sara se limitó a responder. La observó. Dejándola sola con su reflexión.
Al llegar justo frente a la puerta del coche, Octavio se bajó del mismo y se acercó con la calma de quien nunca tiene prisa. Era un hombre de unos treinta y siete años, bien parecido, de facciones marcadas y barba perfilada. Su semblante serio denotaba cierta arrogancia y autoridad que recordaba inevitablemente a Alexander. Sus cejas gruesas y pronunciadas, ojos pardos y cabello ondulado le otorgaban una madurez con un sincronismo casi perfecto. En resumen, era el tipo de hombre que hace temblar a cualquier mujer. Una mezcla de poder y control, pero también de arrogancia y peligro. De esos que no sabes si vas a desear u odiar con la misma intensidad.
Octavio se quitó las gafas, permitiendo que Victoria analizara su rostro con mayor precisión. Notó una expresión de desconocimiento de su parte, como si fuera la primera vez que lo viera. Él disimuló con un comentario, evitando hacer una pregunta directa.
—El blanco no está mal... aunque seguro para ti es un fastidio — se inclino sobre ella adoptando una postura sarcástica, haciendo referencia al vestido de la joven— Lo escogí especialmente para ti, perdón por mi atrevimiento pero era lo adecuado. Ahora dime ¿Qué tal estás?
—No sabría decirle, pero me da la impresión de que a usted no le importa mucho como me encuentro realmente—contestó, fría y cortante.
—¿ Tan mala persona crees que soy? Querida, te hace mal pensar así de mí.En verdad representas mucho para mí —Hizo una pausa, la escrutó con mayor detenimiento, como si buscara detalles más allá de sus palabras — Una pregunta ¿No me recuerdas, cierto?
—No , definitivamente—afirmó—. Pero sé quién es. Su hijo se encargó de informarme apenas abrí los ojos... ¿Cómo se llamaba?... ¡Ah, sí! Alexander Miller. Por cierto, no perdió el tiempo en hacerme sentir incómoda. 1
Octavio carcajeó, como si las palabras de Victoria hubieran sido dichas por una niña que da un regaño. Ella, sin embargo, lo tomó como un insulto.
—Soy Octavio Miller, ya debes saber que soy tu prometido —dijo, con una sonrisa tensa—. Lo lamento por el berrinche de Alexander. Ya hablaremos en casa. Ahora tenemos que irnos; tengo negocios que atender. ¿Estás lista? Se hace tarde.