El coche avanzaba en silencio, envuelto en una quietud densa e incómoda. Octavio, sin previo aviso, se inclinó hacia el conductor y le dio una instrucción apenas audible.
—Frank, cambio de planes, dirígete al salón STARS ahora mismo.
Concluida la orden, retiró sus gafas oscuras y volteó a observarla.
—Iremos a un salón de belleza —La recorrió con la mirada, de arriba abajo, sin disimulo—. No quiero que la servidumbre murmure sobre tu aspecto.
—¿Y crees que me importa? Te advierto, no quiero ir —respondió, encogiendo los hombros.
—No estoy pidiendo tu opinión. ¡Solo hay que verte! Es obvio que lo necesitas.
—¿No te gusta lo que ves o te preocupa más que le desagrade al personal del servicio? Explícame, para tratar de entender.
Octavio observó a la mujer, sorprendido por su tono desafiante. Jamás había escuchado a Victoria de esa forma.
—¡Cuida tu lengua, Victoria! No dejes que su filo te corte por hablar de más.
—¿Por qué debería? Digo lo que pienso y tengo el derecho de hacerlo. Si no te gusta, es tu problema, no el mío.
—Estás muy atrevida. Si no te conociera bien, diría que eres otra.
—¡Quizás!
Octavio la miró sin decir nada. De cierta forma, le parecía una provocación de la chica tratando de colmar su limitada paciencia.
—No voy a seguirle el juego a una convaleciente. No soy el tipo de hombre que se aprovecha de una mujer en desventaja. La decisión está tomada. Así que deja de comportarte como una niña.
—¡Drama! ¡Cobarde forma de calificar mi necesidad de comunicación! Es evidente que las decisiones aquí las tomas tú. ¡Vaya relación! Ya veo que tú ordenas y yo obedezco —cruzó los brazos sin esperar respuesta.
—Has dado en el clavo. ¡Felicitaciones!
Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio. Victoria retrocedió contra el asiento, pero él ya le dedicaba un guiño burlón al ver cómo la incomodidad le teñía las mejillas. Permaneció callada. Giró el rostro nuevamente hacia la ventanilla y clavó la vista en el paisaje, decidida a no darle el gusto de una reacción.
—Deja de poner esa cara. No entiendo la razón de tu molestia. Siempre te ha gustado lucir impecable y, como mi prometida, pretendo que así sea. Es cuestión de interés, no lo conviertas en un problema. —Desvió la mirada hacia su reloj con gesto de impaciencia—. Por cierto, cambiando de tema: tu prima Jennifer habrá llegado hace media hora de Francia. Alexander fue a recogerla al aeropuerto. Cenará con nosotros esta noche. El lugar aún no lo tengo definido. Así que, mientras tanto, haremos que te arreglen un poco para recibirla como es debido.
El coche se detuvo frente a un local de fachada imponente. Letras luminosas anunciaban «STARS» sobre la entrada. Octavio bajó con la elegancia de costumbre y ayudó a Frank a preparar la silla de ruedas. Agotada, se dejó cargar hasta el interior del salón. El lugar era un templo de la vanidad: paredes color marfil salpicadas de retratos de celebridades, un perfume empalagoso a rosas naturales y música clásica flotando en el ambiente. Victoria sintió un escalofrío al notar que varios ojos se posaban en ella. Aquella atmósfera, que pretendía ser relajante, le resultó profundamente inquietante.
«Este lugar es una fachada. Como todo en esta vida que me han impuesto.»
—Tengo que hacer unas llamadas. La señora Wilson se encargará de ti. Vuelvo enseguida.
Octavio desapareció entre los sillones. Dos horas después, la estilista dio por terminado su trabajo. Victoria se vio al espejo y apenas pudo reconocerse. Por un instante, la imagen reflejada le recordó a otra. Alguien más sofisticada y superficial. Alguien distinta. Esa sensación la alarmó al punto que cerró sus ojos de golpe, con la esperanza de borrar esa visión proyectada. El cabello le caía en capas perfectamente definidas, las uñas brillaban en un tono carmín que contrastaba con la blancura de su piel, y el maquillaje resaltaba unos pómulos que parecían esculpidos.
—¡Genial! —exclamó Octavio al regresar. Sus ojos destilaban una satisfacción posesiva—. Excelente trabajo, señora Wilson.
Pagó y la estilista se retiró con una sonrisa complacida. Victoria rompió el silencio sin observarlo.
—Me veo distinta. Parezco una muñeca con tanto maquillaje. No me gusta —comentó mientras se veía en el cristal que tenía enfrente.
—¿No te gusta? Difícilmente podrías estar mejor. No te entiendo. Siempre fuiste vanidosa. —Entornó los ojos—. El accidente te ha cambiado.
A Victoria le dio un vuelco el corazón. Apretó las manos sobre el regazo. Octavio notó el gesto y le rozó el hombro con fingida suavidad.
—No sé cómo era antes. Pero ahora esto es lo que soy. ¡Acéptalo! —dijo con una seguridad que impactó al hombre por un segundo.
—Ya veo que estás diferente, indudablemente —atinó a contestar—. Ahora, si estás de acuerdo, nos vamos de aquí.
—Por supuesto. Y, por favor, no más paradas sorpresa.
—Ok. Esta vez, directo a casa.
Se dirigieron a la salida, pero el destino tenía otros planes. La puerta se abrió para dejar pasar a Alexander Miller acompañado de una joven rubia y elegante.
—¡Vicky, prima querida! —La muchacha se abalanzó sobre Victoria con un abrazo que olía a perfume caro y a falsedad—. ¡Qué bueno verte! Eres una suertuda, querida, sobreviviste por segunda vez. Me alegra verte.
Victoria se quedó sin habla. No sabía cómo reaccionar ante aquellas palabras.
«¿Segunda vez? ¿A qué hacía referencia exactamente? ¿Cuántas veces he estado al borde de la muerte sin saberlo?»
Jennifer se dio una palmada en la frente, como quien acaba de recordar algo importante.
—¡Ay, qué tonta soy! Alex me comentó acerca de tu "problemita de memoria". Y yo aquí, hablando sin parar —sonrió como quien encuentra chistoso el momento—. Por cierto, soy Jennifer, tu prima paterna. Viajé desde París solo para verte. Mamá y mi hermano Jonathan te mandan besos. ¿Cómo te sientes?