Ya en la residencia de los Miller, Alexander desplegó la silla de ruedas con movimientos mecánicos y acomodó a Victoria en ella. La condujo hacia la entrada principal tal como había hecho Octavio horas antes, un gesto que a ella le pareció una imitación demasiado ensayada. Recorrió el vestíbulo con la mirada, deslumbrada. Aquel sitio le resultaba conocido. Y eso era lo más inquietante.
«He estado aquí antes. No sé cómo lo sé, pero estoy plenamente segura.»
La certeza le oprimió el pecho como un puño. No era un pensamiento: era más bien una sensación física.
La mansión era una obra maestra del modernismo forjada con muros de hormigón blanco. El suelo de mármol negro reflejaba como un espejo oscuro. Muebles de cuero gris y esculturas de metal eran su decoración principal. En resumen, todo era exquisitamente sofisticado.
—¡Es impresionante! Tan bella y tan fría que da escalofríos —murmuró Victoria.
—¿Escalofríos? Esto es lo que eres en una sola pieza —Alexander se detuvo en seco. Su sonrisa era una cuchilla.
Victoria lo miró sin comprender.
—Octavio transformó lo que era el orgullo de tus padres en lo que ves ahora. Iba a ser su regalo de bodas, pero lo adelantó tras el accidente. —Hizo una pausa, saboreando la ironía—. Se perdió el estilo mediterráneo original. Una lástima. Pero este minimalismo gélido es mucho más... tú.
—¿Me estás diciendo que esta fue la casa de mis padres? O sea, donde vivían. ¿Es así? —Su incredulidad crecía a medida que el chico hablaba.
Alexander se cruzó de brazos. La escrutó unos segundos antes de responder.
—Así es. Tu padre, Antonio, la construyó tras casarse con Bárbara, tu madre. Tiempo después tu tía Griselda la vendió para mantener su estatus en París. La adquirimos el año pasado. Octavio la compró en una subasta. —Sacó un cigarrillo de la cigarrera de su bolsillo y se dispuso a fumarlo—. Tu futuro esposo planea celebrar la boda aquí. Tú lo pediste. ¿No lo recuerdas?
Victoria negó con la cabeza. Alexander continuó, implacable.
—Octavio no solo compró la casa: compró las acciones, la empresa, el legado entero. ¿Qué mejor que tenerlo todo bajo su poder... incluida la última pieza?
La observó con rabia. Victoria sintió náuseas. Tratando de desviar su mirada, recorrió las paredes blancas y, por un instante, creyó ver las sombras de dos niñas corriendo por el pasillo. Su corazón dio un vuelco. Aquel lugar era un completo misterio que prometía ser mucho más que su prisión.
Alexander hizo ademán de empujar la silla, pero Victoria bloqueó las ruedas con un gesto seco.
—Continúa hablando. Necesito saber más.
—¿Ahora me das órdenes? —Alexander arqueó una ceja—. No te equivoques, no soy Octavio. Si quieres información, espera por él. Ya terminé contigo.
—¡Escúchame, imbécil! —Victoria lo agarró del brazo, obligándolo a permanecer quieto—. No tengo memoria y tú eres de los pocos que conocen mi pasado. ¡Vas a contarme! ¡No me lo pongas más difícil! —Tiró de él con más fuerza, casi lanzándolo encima suyo—. Puedo ser una huésped insoportable y fastidiar aún más la relación entre mi futuro marido y su hijo. No me provoques, ya vi que no se llevan muy bien.
Alexander la observó en silencio, midiéndola. Luego, para sorpresa de Victoria, suspiró y se dejó caer en uno de los butacones de cuero del recibidor. Se sirvió un whisky.
—¡Maldita víbora! Eres una cínica. Pregunta lo que quieras antes de que me arrepienta y te mande al demonio.
—¿Qué secreto hay entre Octavio y tú? No es tu padre, ¿cierto? Es demasiado joven. Me di cuenta.
—No, no lo es. Tengo veintiséis años. Octavio, treinta y siete. Somos primos.
—¿Qué dices? Explícate.
—Mi madre, Andrea Miller, era su prima mayor. Se quedó embarazada de un don nadie y murió en el parto. —Bebió un sorbo del líquido dorado—. Él me adoptó cuando tenía mi edad actual.
—¿Y tu verdadero padre? ¿Qué pasó con él?
Alexander la cortó con la mirada.
—No lo conocí. Pero seguro es un bastardo que debe estar muerto o en otro lugar del mundo —Tomó el último trago de un sorbo, como si quisiera borrar el comentario—. ¿Sigo o te pones dramática?
—Sigue, por favor. Dime cómo nos conocimos.
—Tu prima y yo nos conocimos en una de mis visitas a Francia por negocios. Ella nos presentó en una oportunidad. Al principio se llevaban bien. Luego los triángulos amorosos lo estropearon todo. —Sonrió con amargura—. Siempre le he gustado a esa Cavallier, pero no es mi tipo. En cambio, tú...
—¿Yo qué? ¡Qué manía tienes de no terminar tus frases!
—No te hagas la ingenua —Dejó el vaso de whisky a un lado y la observó con puro desprecio—. Igual, no viene al caso. Cambiemos de tema.
—Está bien. ¿Qué hay con mis padres? ¿Qué pasó con ellos?
—Querida, eres huérfana. Tus padres y tu hermana Verena murieron hace diez años. —Cruzó los brazos, disfrutando el impacto provocado por la noticia—. Eran gemelas.
—¿Gemelas? —Algo se removió en su interior.