Fragmentos de Identidad

Capítulo 10

La tensión se hizo palpable entre los jóvenes. La mudez de Victoria le divertía.

—¿Cómo murieron Verena y mis padres?

—¡Se ahogaron!

Victoria sintió que el aire le faltaba. Como si alguien le hubiera vaciado un cubo de agua helada sobre la cabeza.

—¡Dios mío, qué horror! ¿Y me lo dices así? ¡Eres un monstruo! —Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Una sensación de dolor genuino la embargó—. ¿Dónde quedó tu humanidad?

—¡Mírame! —La sujetó del hombro con rudeza—. Terminó la historia. Punto final. ¡Estás sola, Victoria!

Las palabras resonaron como una sentencia mortal en sus oídos. No había un ápice de dudas en él. Alexander se levantó del mueble.

—Veo que los habías olvidado. ¡No creo que seas capaz de fingir tanto! Pero entiende una cosa —Se inclinó sobre ella, susurrando en su oído—. ¡Alégrate de no tener padres! No vas a tener que lidiar con ellos.

—Así como tú, ¿cierto? —Su voz se tornó desafiante.

Alexander solo encogió sus hombros, sonriendo.

—¡Tu frivolidad es asquerosa!

—Como si me importara lo que pienses —Carcajeó como si sus palabras hubieran sido el preámbulo de un chiste—. ¡Tienes lo que mereces!

—No puedo más con esto. Quiero irme a descansar.

Alexander disfrutó por última vez la escena y acto seguido la condujo hasta su cuarto sin decir nada más. Minutos después, Victoria estaba por fin a solas. La habitación era un exceso de decoración perfeccionista.

Con un gemido de esfuerzo, acercó la silla de ruedas a la cama y se sentó en ella con dificultad, culminando recostando su cuerpo agotado en las sábanas blancas. El sueño la venció al instante.

Horas más tarde, escuchó unos nudillos golpear la madera de la puerta.

—¡Adelante! —Se incorporó en el lecho, aún medio dormida.

Una mujer anciana entró en la estancia.

—Buenas tardes, señorita. Soy María, el ama de llaves. ¿Pudo descansar?

Victoria afirmó con la cabeza.

—Los estilistas llegarán en breve para arreglarla para la velada de esta noche. El señor Octavio hizo una reservación en el restaurante Imperio.

—¿Y por qué debo ir? Dígale que no pienso acompañarlo.

—A las ocho en punto pasarán por usted —dijo María, haciendo caso omiso a la negativa de la joven—. El vestido que debe usar llegará dentro de un rato. Fue una orden explícita del señor Octavio. Ahora, si no necesita de mis servicios, me retiro. —Dicho esto, hizo una reverencia y abandonó la habitación.

Pasada la tarde, ella se encontraba en el auto, observando por la ventanilla el dinamismo de las calles de la ciudad. Alexander, a su lado, mantuvo la vista al frente, aunque de vez en cuando la miraba de reojo, creyendo que ella no lo notaba.

El vestido era una declaración de intenciones: satén rojo sangre, hombros descubiertos, la espalda apenas insinuada. El cabello negro, recogido a un lado en ondas marcadas, sujeto con un adorno de piedras que destellaba al paso de cada farola.

Al frenar frente al lugar de destino, los nervios la traicionaron. Buscó sin querer los ojos de Alexander, pero solo encontró indiferencia. Él se dirigió al interior del restaurante, empujando la silla con una brusquedad calculada. Victoria apretó los puños sobre el satén rojo. No iba a darle el gusto de verla temblar.

A lo lejos, Octavio los vio llegar. Se levantó de su asiento esperando para recibirla. A su lado se encontraba Jennifer, deleitándose del panorama de ver a su prima sobre ese artefacto.

Octavio tomó la mano de Victoria en señal de saludo, al tiempo que lanzó una mirada afilada a Alexander.

—¡Llegas tarde!

—El tráfico —respondió Alex, sentándose junto a Jennifer sin molestarse en dar más explicaciones.

Octavio ignoró el gesto y se centró en Victoria.

—Jennifer me ha puesto al día. Tu tía Griselda tiene problemas económicos otra vez. —Hizo una pausa para servirle agua—. Pronto voy a lanzar la nueva cosecha, con tu imagen, como acordamos. Debemos levantar de las ruinas el nombre Cavallier. Yo levanto la empresa y tu familia no se queda sin sus lujos en París. Todos ganamos.

—Ya veo —Victoria bebió el líquido despacio, comprendiendo que, para él, ella no era más que un objeto de valor.

—Ya hablaremos de los detalles. Quiero que todos vean que te has recuperado.

Jennifer, que no había dejado de escrutarla, eligió ese momento para intervenir.

—Luces espléndida, Vicky. Lástima lo de la silla. —Su sonrisa era un hilo de miel envenenada—. Espero que disfrutes la cena. Octavio me pidió que eligiera por ti, y he pedido langosta, tu favorita.

Victoria, sin meditarlo, sintió un rechazo visceral que subió desde su estómago. La sola idea de probar aquel marisco le provocó pánico.

—No... no voy a comer eso.

—No comprendo. Tú siempre has devorado la langosta, prima. ¡Explícate! —Su cara se transformó en una mueca de pura sospecha.

—Creo... que soy alérgica —Analizó la frase en cuanto salió de su boca, sorprendida por la certeza repentina.

Jennifer dejó la copa con un golpe seco. Sus ojos se clavaron en Victoria como dos agujas. Algo no encajaba. Algo que iba mucho más allá de un simple cambio de gustos.

—Verena era la alérgica, Victoria. No tú.

Octavio no dijo nada. Pero su mirada se detuvo en Victoria un segundo más de lo necesario. Como si estuviera recalculando algo. Una quietud macabra se apoderó de la mesa y un vestigio de sospecha asomó en el rostro de la rubia por primera vez. ¿Qué tipo de confesión absurda era aquella? Sin duda algo estaba pasando y lo debía descubrir.




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