Fragmentos de Identidad

Capítulo 1

Pasada la medianoche, dos personas forcejeaban sobre una moto en marcha.

—¡Déjame ir! ¡Eres una mentirosa!

—¿Mentirosa? —la voz de la otra era un filo—. Soy peor de lo que crees.

—No voy a permitir que te salgas con la tuya.

—Siempre lo hago, estúpida. Debiste morir hace tiempo. Esta noche no te escaparás de tu destino.

—¡Cuidado!

El chirrido de las ruedas contra el asfalto fue lo último que escuchó. Después, solo el viento. Y el silencio.

Dos horas más tarde, la oscuridad se extendía sobre el asfalto donde el cuerpo de una mujer joven de tez blanca yacía tendido. No aparentaba más de veinticuatro años. El cabello negro cubría su rostro magullado. Las ropas, desgarradas, narraban una historia de violencia y desastre.

Entreabrió sus ojos. Intentó incorporarse, pero un vértigo repentino la frenó. No sabía qué hacía allí, y ese vacío en la memoria la paralizó.

De pronto, algo brilló bajo la luz de un poste cercano: una motocicleta negra, de líneas modernas, volcada a pocos metros.

—¡Dios mío! —dijo en un susurro, apenas audible—. ¿Qué es todo esto? ¿Qué diablos hago aquí? Esa motocicleta... la conozco.

Se impuso abandonar su postura, pero sus piernas no respondieron. Un líquido espeso comenzó a opacar su visión. Frotó los ojos con fastidio. Sus manos manchadas delataron que era sangre.

A lo lejos, tres sombras humanas comenzaron a acercarse con pasos rápidos: dos paramédicos y un hombre de rostro analítico que vestía con formalidad. Ella, temblorosa, estiró su mano y se aferró a la manga del chaleco del primero que llegó.

—Ayúdenme, por favor —respondió, quebrada, a punto de llorar.

—Tranquila, mantenga la calma. La llevaremos enseguida a un hospital —dijo el paramédico, inclinándose para examinar sus pupilas con una linterna.

El otro hombre sacó una libreta del bolsillo trasero y anotó algo con rapidez. Tenía unos cincuenta años y su aspecto describía a alguien que a kilómetros podía olfatear problemas.

—Soy el detective Perdomo. ¿Cómo se encuentra?

—Confundida —dijo ella, con voz rasposa—. Con un fuerte dolor de cabeza. No recuerdo lo que pasó. ¿Qué sucedió aquí?

—Aún no lo sabemos. El accidente fue reportado por alguien que no dijo su nombre. —Hizo una pausa, clavando sus ojos en ella—. ¿Está segura de que no recuerda nada?

—Le juro que no.

Perdomo señaló la moto con la barbilla.

—Aquí solo está usted y ese vehículo. ¿Es suyo?

—No lo sé.

—Llama la atención que hay sangre considerable en el suelo, justo allí —dijo, señalando con el dedo—. No es suya, obviamente.

Ella guardó silencio. Todo era ruido en su cabeza. De repente, unos flashes surgieron y un recuerdo invadió su memoria:

El viento cortándole la cara. Manos ajenas en el manillar. Un grito. El chillido de las ruedas. Y después, nada.

Atónita, decidió no hacer comentarios.

—Detective —dijo, con voz entrecortada—. Mi mente está en blanco.

—No insistiré. Pero voy a investigar este caso —guardó la libreta.

La joven asintió, a punto del desmayo.

Cuando iba a ser trasladada, uno de los paramédicos se percató de una identificación tirada en el piso. La recogió y la examinó.

—Victoria —dijo, como confirmando—. He encontrado su identificación.

El nombre resonó en sus oídos como una palabra en un idioma extranjero. Sus párpados empezaron a pesar.

—¿Vic... toria? No. Es un error... yo...

El mundo se apagó. Su cabeza cayó hacia un lado. Pero antes de que la oscuridad la reclamara por completo, alcanzó a ver algo: Perdomo, de espaldas, se agachaba junto a la motocicleta. Extrajo algo pequeño y metálico del compartimento bajo el asiento. Algo que guardó en el bolsillo sin mostrarlo a nadie.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.