Ambos se miraron. Ella, con determinación, retiró la mano de aquel hombre de su hombro, que reposaba con intención de quedarse.
El chico aparentaba unos veintitantos años. Era alto, de constitución atlética. Pero su presencia era tan imponente que ocupaba todo el lugar.
—Disculpe, pero me está lastimando —respondió, al sospechar que aquel sujeto no venía en son de paz.
El semblante del joven destilaba un veneno que parecía provenir de tiempo atrás. Ella pudo percibirlo de inmediato.
—¿Pretende quedarse callado? No creo que sea doctor. ¿O sí?
—¿Doctor? Sabes perfectamente quién soy —contestó, molesto al sentirse burlado.
La chica sintió que el rostro le ardía por la arrogancia de aquel tipo.
—No sé quién es, insolente. Así que dígame qué demonios quiere conmigo.
El hombre la observó con curiosidad. No podía dar crédito a lo que escuchaba.
—¡Wow! O tu memoria es muy mala, o tu descaro no tiene límites. ¡Eres sorprendente, Victoria! Cínica y mentirosa —comentó con una exaltación creciente.
—¿Qué te pasa? ¿Estás loco o qué?
—Seguro tampoco recuerdas París, ni la relación que pretendías forzar conmigo, ni cómo comenzaste a coquetear con él a mis espaldas. ¿Cierto?
—Estás equivocado. Me confundes con alguien más.
—¿Equivocado? ¿También eso se te olvidó? Ya basta, Cavallier. No juegues conmigo —dijo, zarandeándola de los hombros, fuera de sí.
Ella lo observó con los ojos muy abiertos, asustada por el espectáculo de aquel hombre.
—¡Suéltame! No sé nada de lo que dices. ¿París? ¿Relación forzada contigo? ¿De qué estupideces me estás hablando? ¡Gritaré para que te saquen de aquí! —La joven soltó una risa nerviosa, al borde del colapso—. ¿Ni siquiera logro descifrar quién soy y tengo que soportar que vengas tú, que ni sé quién eres, a humillarme? ¡Fuera ahora mismo de mi habitación! ¡Vete!
—¡Me voy!... Pero no cuando tú lo pidas. Te juro que voy a desenmascararte. Tu farsa no va a durar mucho —dijo, señalándola con el dedo—. Tu tumba ya está cavada. Solo es cuestión de tiempo para que caigas dentro.
La sentencia del joven heló la sangre de Victoria. Él hizo una pausa, caminó en círculos y arremetió de nuevo contra ella.
—Y una cosa más —sus ojos se inyectaron de ira—. A partir de ahora te estaré vigilando. No lo olvides, querida Vicky.
En un movimiento rápido, casi impulsivo, apretó el rostro de la joven entre sus manos, obligándola a mirarlo. Ella, presa del pánico, luchó para liberarse con una energía que no sabía que poseía.
—¡No te atrevas a volver a tocarme, imbécil! —gritó, mientras las lágrimas de impotencia comenzaban a asomarse—. Estoy segura de que todo esto es una confusión espantosa. ¡Sal de aquí y no vuelvas a molestarme!
Sus palabras terminaron en un sollozo ahogado, cargado de rabia genuina. El joven estudió sus facciones por última vez. La duda cruzó sus ojos, pero acto seguido la borró con un gesto de desprecio.
—El doctor Smith dijo que estarías vulnerable, pero atacas con mucha energía. Finges, lo sé. Quizás logres engañar a Octavio, pero no a mí.
—¿Octavio? ¿Y ahora quién es ese? ¿Otro enfermo mental como tú? —preguntó ella, sobresaltada.
—Pronto lo sabrás.
El joven giró, dándole la espalda a Victoria, y abandonó la habitación, dejando tras de sí un torbellino de dudas que amenazaba con asfixiarla.
La puerta se cerró tras él. El silencio volvió a caer sobre la habitación como una losa.
¿Qué le hice para que me odie tanto? ¿Y ese tal Octavio? ¡Todos insisten en que soy esa mujer!
Pero estoy segura de que no es así.
Se cubrió el rostro con las palmas. Las lágrimas brotaron. El miedo era real, pero no podía huir. Era prisionera de sí misma.
Tengo miedo. Hay algo raro en todo esto. Pero debo descubrirlo. Aunque me cueste la vida.