Fragmentos de Identidad

Capítulo 3

Ambos se miraron. Ella, con determinación, retiró de su hombro la mano de aquel hombre que reposaba con intención de quedarse.

Tenía unos veintitantos años. Era alto y de facciones duras. Su presencia imponente ocupaba todo el lugar.

—Disculpe. ¡Me lastima! —exclamó la chica.

El semblante de él destilaba un veneno que parecía provenir de tiempo atrás. Ella pudo percibirlo de inmediato.

—¿Pretende quedarse callado? No creo que sea algún doctor. ¿O sí?

—¿Doctor? —dijo, burlón—. Sabes perfectamente quién soy.

La chica sintió que el rostro le ardía por la arrogancia de aquel tipo.

—No sé quién es, insolente. ¿Qué quiere conmigo?

La observó con curiosidad. No podía dar crédito a sus palabras.

—¡Wow! ¡Eres sorprendente, Victoria! O tu memoria es muy mala, o tu descaro no tiene límites —comentó con exaltación creciente.

—¿Estás loco o qué?

—Eres una cínica mentirosa. ¿Olvidaste París y la relación que empezábamos a tener? ¡Ah! Pero seguro recuerdas los coqueteos con él a mis espaldas. ¿Cierto?

—Estás equivocado. Me confundes con alguien más.

—¿Equivocado? ¿También eso se te olvidó? Ya basta, Cavallier. No juegues conmigo —dijo, zarandeándola de los hombros, fuera de sí.

Ella lo observó asustada.

—¡Suéltame, maldito! ¿De qué estupideces estás hablando? ¡No sé nada! ¡Gritaré para que te saquen de aquí! —La joven soltó una risa nerviosa, al borde del colapso—. ¿No te das cuenta de que ni sé quién soy? No voy a soportar que vengas tú, un don nadie, a humillarme. ¡Fuera! ¡Vete!

—¡Me voy!... Pero no cuando tú lo pidas. Te juro que voy a desenmascararte. Tu farsa no va a durar mucho —dijo, señalándola con el dedo—. Tu tumba ya está cavada, Victoria. Solo es cuestión de tiempo para que caigas dentro.

La sentencia del joven heló su sangre.

—Y una cosa más —arremetió de nuevo—. A partir de ahora te estaré vigilando. No lo olvides, querida.

En un movimiento rápido, casi impulsivo, apretó su rostro entre sus manos, obligándola a mirarlo. Presa del pánico, luchó para liberarse con una energía que no sabía que poseía.

—¡Deja de tocarme, imbécil! —gritó, mientras las lágrimas de impotencia comenzaban a asomarse—. Esto es una maldita confusión. ¡Sal de aquí y no vuelvas!

Sus palabras terminaron en un sollozo ahogado, cargado de rabia genuina. Él la estudió por última vez. La duda cruzó sus ojos, pero acto seguido la borró con un gesto de desprecio.

—El doctor Smith dijo que estarías débil, pero atacas con mucha fuerza. Finges, lo sé. Quizás logres engañar a Octavio, pero yo te conozco.

—¿Octavio? ¿Y ese? ¿Otro enfermo mental? —preguntó sobresaltada.

—Pronto lo sabrás.

El joven le dio la espalda y abandonó la habitación, dejando tras de sí un torbellino de dudas. El silencio volvió, posesivo.

"¿Qué le hice para que me odie tanto? ¿Y ese Octavio? Hay algo raro en esto."

Se cubrió el rostro con las palmas. Las lágrimas brotaron otra vez.

"No sé cómo escapar. ¡Demonios, estoy atrapada! Pero hallaré la forma de descubrirlo, aunque tenga que fingir ser esa Victoria que todos dicen"




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.