Fragmentos de Identidad

Capítulo 4

Tres horas después desde la última visita, la atmósfera seguía cargada. Decidió aceptar el nombre por resignación. No significaba nada para ella.

De golpe, asomó a la puerta un señor de rostro afilado y arrugas profundas. Vestía una bata blanca de médico de familia de prestigio.

Se acercó al lecho de la enferma y saludó con el más mínimo entusiasmo.

—Buen día. Disculpe. No pude venir antes. Estaba ocupado con otra paciente... importante.

La joven no respondió. Tenía la vista clavada en la ventana.

El hombre, sin fijarse en su falta de atención, comenzó a hojear el expediente clínico, como si buscara algo anormal en las evaluaciones médicas.

—Veo que se encuentra en perfecto estado —comentó, ajustando sus lentes—. La familia Miller ha estado bajo mucha presión los últimos días. Por suerte, ya han recibido la buena noticia.

Ella volteó la cara para verlo. Se tensó al escuchar el nuevo apellido. No quiso preguntar sobre el tema para no enredarse más.

—Perdone, ¿por casualidad es el doctor Smith?

—Sí... soy yo.

—La enfermera en la mañana dijo que vendría.

—Sara —dijo, neutro.

—No dijo su nombre —hizo una breve pausa, frunciendo el ceño—. Después vino un tipo desagradable. Al principio pensé que era usted. Tuvimos una discusión. —Se detuvo, intentando organizar el caos de su mente—. Me preocupa que no puedo recordar nada antes del accidente.

El hombre trató de evadir su preocupación.

—¿Y por qué le preocupa? Si fuera usted, ni pensaría en eso. Debe enfocarse en la recuperación de su cuerpo —continuó—. Está viva y eso es lo que vale. ¿No le parece?

—¿Mi... cuerpo? —Victoria casi explotó—. Hasta este minuto no sé quién soy. Cada vez que me llaman Victoria siento que se refieren a otra. ¿Cree que eso es normal? Porque no me lo parece en lo absoluto.

—Sufrió una contusión cerebral —dijo con frialdad—. Por eso perdió su memoria. Acéptelo y no le dé más vueltas. No es complicado de entender.

—Pero es que yo...

—Mire, he sido el médico personal de la señorit... —interrumpió con seguridad tajante—...de usted por muchos años. He trabajado para los Cavallier casi toda mi vida. Sé de lo que hablo. Así que cálmese, por favor.

Ella notó el tropiezo en su discurso. Entonces un eco lejano afloró en su memoria. Una voz al teléfono. Smith. Raro. No lograba ubicarlo, pero la sensación era vívida, como una punzada. Esa voz... la había escuchado antes. En algún lugar. En algún momento. Quizás la noche del accidente.

—Por lo demás —prosiguió—, no existe impedimento alguno para que abandone el hospital.

—Entonces... ¿podré irme pronto?

—Por supuesto.

—¿Está convencido de que soy Victoria? —preguntó, clavando sus ojos en los de él.

El doctor sostuvo su mirada. Demasiado tiempo. Demasiado firme.

Pero ella había visto algo en sus ojos. Algo que no encajaba.

Se hizo un silencio largo. El hombre meditó por un instante, mientras la chica quedó aguardando la respuesta que podía esclarecerlo todo.




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