Victoria se mantuvo expectante. La actitud esquiva del médico solo alimentaba su desconfianza.
—Su pregunta es absurda y ofensiva, señorita —añadió con enojo—. Respóndame algo: si usted no es Victoria Cavallier, ¿quién es entonces?
La chica enmudeció. La pregunta la agarró por sorpresa.
—No lo sé —atinó a contestar, bajando la cabeza.
—¡Exacto! —dijo como quien gana un juego—. Usted es Victoria Cavallier. No existe otra con su rostro. Fin del asunto.
—¿Y qué pasa con lo que siento? Es como si algo en mí lo rechazara por completo.
—Debe estar confundida. Es normal en su estado. Tenga total certeza. La conozco desde que era una niña.
El doctor suavizó el tono, tratando de sonar menos controlador.
—En ocasiones... es conveniente olvidar, créame —. Quiero decir... —rectificó para no generar más inquietud— ...a veces hay sucesos que es mejor no traer al presente.
Cerró la historia clínica de un golpe seco. El sonido la sobresaltó.
—Un consejo: es prudente que se familiarice con su nombre, aunque ahora le resulte extraño. Le evitará problemas futuros.
—¿Problemas? —repitió ella, sintiendo que la palabra se deshacía en su boca.
—Sí... Victoria.
Su rostro se tornó serio, como alguien que no admite reclamos. Acto seguido, posó las manos sobre los hombros de la joven, preparándola para algo más.
—Antes de marcharme, me gustaría tocar otro asunto.
El miedo por su identidad fue reemplazado instantáneamente por un terror físico.
—¿Cuál asunto?
—Es sobre sus piernas. Las lesiones no fueron graves. Sin embargo, posiblemente tendrá dificultad para caminar por un tiempo, así que he decidido proporcionarle una silla de ruedas.
—¿Era eso? Pensé que diría que estaba parapléjica —respondió, sintiendo un peso enorme desprenderse de su cuerpo.
«Por lo menos mis piernas volverán a ser útiles. Espero que mi memoria también.»
—Eso es todo. Le daré el alta mañana mismo. Debe seguir mis recomendaciones. Ahora la dejaré descansar —concluyó el doctor—. Afuera aguarda el señor Alexander, hijo de Octavio Miller. Ha estado esperando desde la mañana.
—¿Alexander Miller? —susurró ella.
El nombre resonó en su mente, conectándola de inmediato con el rostro del joven de horas antes.
«¿Y ese hombre no se había largado? ¡Infeliz!»
Se disponía a interrogar al médico sobre ese personaje cuando, sin invitación alguna, entró en el cuarto.
—Nos volvemos a ver —afirmó, irónico.
Se dirigió a Smith, burlándose de ella:
—Ay, perdón, doctor... creo que estoy forzando a la incapacitada a recordarme.
—Señor Miller, le ruego que no altere a mi paciente —intervino el Dr. Smith—. Aún está convalesciente.
—Descuide, doctor. Solo vine a saludar —respondió, sin apartar los ojos de Victoria.
«Son tal para cual. Este médico y este lunático. Los dos me tratan como a una idiota.»
El doctor miró a Victoria por última vez. Luego se dirigió a la salida y se marchó.
Alexander esperó a que la puerta se cerrara. Con una sonrisa de medio lado, se volvió hacia la enferma.
—Ahora que estamos solos... ¿seguimos con el teatro o podemos hablar con sinceridad?
—¡Eres un...! —dijo, conteniendo la rabia.
—Caballero —agregó, divertido—. Lo sé.
—¿A qué volviste?
—A lo que me dé la gana. Te aguantas.
Victoria sintió la sangre hervir. Poco faltó para darle una bofetada. Cuando de la nada, Alexander la frenó en el aire.
—Vengo a decirte lo que debes saber.
¿Qué era lo que venía a contar? Se contuvo para no perder los estribos. Ese hombre estaba a punto de revelar información. Por fin llegó el momento de la verdad.