Victoria no intentó agredirlo físicamente otra vez. Pero no se molestó en disimular que cada minuto que pasaba, su enfado crecía por dentro.
—Ya que no escatimas en venir a molestarme, habla ya —exigió, demandante—. Qué es lo que tengo que saber.
—Hay tiempo. No tengo apuro —Arrastró una silla junto al lecho y se sentó, cruzando las piernas—. Ya que estamos cómodos... ¿A quién le pediste permiso para tutearme?
—¡Una cucharada de tu propia medicina, enfermo! —dijo, despectiva—. Una escoria como tú no merece respeto. ¿Por qué debería tener consideración contigo?
—Así... muestra tus garras —aplaudió mientras se inclinaba sobre ella—. ¡Bravo! La función durará poco. Después de todo no eres tan buena actriz. —Suspiró, recostándose en el respaldo—. Hace un rato pensé...
—¡Ah! ¡Puedes pensar! —atacó, desafiante—. Termina tu frase.
—Olvídalo. No te daré ese placer.
Alexander hundió las manos en los bolsillos y comenzó a estudiarla.
—Ahora que me fijo bien, estás horrenda, Victoria —lo dijo con la naturalidad con que se comenta el clima—. Si te vieras al espejo, saldrías corriendo. Estás pálida como un puto fantasma. Ahora mismo eres todo lo que detestas y no sabes el gusto que me da verte así, débil, vulnerable, resumida en nada.
—Deja de atacarme. ¿No puedes tener una conversación normal? —extendió su mano y lo agarró por su camisa—. Eres un enfermo resentido, lleno de odio. ¿Qué tipo de persona crees que soy?
Alexander se soltó y la miró con cara de pocos amigos. Ella respiró, tratando de recuperar el aliento.
—Perdóname, pero si soy esa Victoria que todos dicen, gracias a Dios por perder la memoria para no recordarte.
Alexander tensó la mandíbula.
—Ojalá pudiera tener la capacidad de hacerlo contigo... Sería un regalo inmenso.
—Retírate ya, por favor. He tenido suficiente contigo.
—Deberás esperar un poco más. Aún no cumplo el propósito de mi visita.
—Entonces di a qué viniste y lárgate de una vez.
—Octavio Miller. Ha estado muy preocupado por ti... ¿Lo recuerdas?
—Déjate de rodeos. El Dr. Smith mencionó que eras su hijo. Ve al grano.
—Soy tu futuro hijastro —Hizo una pausa, dejando que el veneno se derramara.
—¿A qué te refieres, estúpido? —le espetó ella, sintiendo que el suelo se abría.
—Eres su prometida, querida... ¿También lo olvidaste?... ¡Ah!... claro que sí.
Alexander se levantó y dio pasos cortos hacia ella.
—En dos minutos me has llamado como has querido. Es hora de que empieces a tener cuidado en cómo me hablas o la pasarás mal —apoyó el dedo sobre su boca. Presionó lo justo para hacerla estremecer—. Shhh. No te asustes. Solo te advierto.
Sonrió al ver que su gesto logró provocarla.
—Si quieres... te enseño cómo quiero que me trates en el futuro. —Se acercó hasta que su aliento le rozó la mejilla.
Victoria abrió tanto los ojos que parecieron salirse de las órbitas.
—¿Qué haces? —exclamó.
Empujó al hombre. Alexander sonrió, disfrutando el momento.
—¡Me estás volviendo loca! —vociferó Victoria, al límite.
—¿Loca? —Hizo una pausa—. Eso es lo que eres. Una loca con la cual estuve a punto de comprometerme.
—Gracias a Dios que no eres tú. No soportaría estar comprometida con una persona tan miserable.
—No más que tú, niñata. Ni en tus sueños pudiera quererte —Se detuvo, clavándole la mirada—. Octavio y tú se casarán. El próximo mes, después de tu cumpleaños, él lo anunciará.
—¡No es cierto! ¡Estás mintiendo! ¡No voy a convertirme en la esposa de nadie!
—Tranquila, no grites, no quiero provocarte un infarto... acabas de despertar —sus ojos brillaron de satisfacción.
Se inclinó sobre ella, y su voz se volvió un susurro helado.
—Te aseguro que vas a desear haber muerto en ese accidente. No vas a ser feliz mientras yo exista. Te dejo ahora... ya he cumplido mi misión aquí.
Victoria sintió una impotencia enorme. Comprometida con un desconocido. Amenazada por su hijastro. Y sin memoria para defenderse.
Se llevó las manos al rostro. Las lágrimas no llegaron. Solo un temblor en los dedos.
Tenía que salir de allí. Pero no sabía cómo. Y mucho menos, hacia dónde ir.