Fragmentos de Identidad

Capítulo 7

Luego de un día lleno de confrontaciones, el resto de la tarde transcurrió en calma. Sin embargo, la noche se tornó tediosa. Apenas pudo conciliar el sueño.

La mañana siguiente se coló por las persianas con una claridad deslumbrante. Acababa de ser despojada de las vendas por su enfermera personal. Su pelo negro cayó desparramado sobre sus hombros, otorgándole esa sensación de liberación.

Fue entonces que Sara señaló la caja de regalo al pie de la cama. Había además un arreglo floral exuberante que a Victoria le resultó presuntuoso. Dentro, una tarjeta con caligrafía firme:

«Sé que las prefieres así, aunque no son adecuadas para la ocasión... Por mi elección hubieran sido blancas, pero no te harían honor... Por otro lado: bienvenida de vuelta al juego. Felicitaciones por sobrevivir.»

Se acercó a las rosas rojas, casi con miedo de tocarlas.

«Rosas rojas para una enferma. Jamás se me ocurriría. Aunque no puedo negar que son bonitas.»

Aspiró su fragancia al instante. El aroma la saturó de inmediato. Realmente era un ramo hermoso, pero tan apagado como todo lo que es vacío. Jamás había recibido un detalle así, o al menos eso creía. El color era lo menos importante. Le encantaban aquellas flores. Se sintió agradecida, aunque no creyera que realmente fueran sus favoritas. Una voz en su interior le gritaba que no eran para ella, sino para el fantasma de la mujer que todos creían que era.

Treinta minutos después, era conducida por los pasillos asépticos de la institución. La silla de ruedas avanzaba despacio, dibujando el trayecto que ella quería olvidar. Las piernas, aún traicioneras, no habían sido suficientes para sostenerla. Llevaba un vestido de seda blanco, suelto y delicado. El cabello negro, esta vez recogido en una coleta alta, exponía su cuello, otorgándole un aspecto más estilizado. Las marcas del accidente aún se adivinaban en su rostro, recordatorios mudos de la noche en que todo estalló.

Al traspasar las puertas del hospital, un Mercedes-Benz negro de cristales blindados la aguardaba. El chófer hizo una señal a Sara. La ventanilla trasera descendió con un siseo eléctrico, revelando a un individuo de mediana edad oculto tras unas gafas oscuras.

—¿Quién es él? —parpadeó, curiosa y perpleja al mismo tiempo.

—Octavio Miller —afirmó Sara mientras empujaba la silla de ruedas.

—¡Ah! ¿Con que ese es el tipo de la tarjeta? —El corazón latió con más fuerza, casi sin control—. ¿Y por qué ha venido él? ¿No hay nadie de mi familia? ¿No se supone que soy una Cavallier?

—Señorita, yo solo la estoy trasladando. No puedo contestarle esas preguntas. Aunque tengo entendido que su familia vive en Francia.

—¿Es en serio? —arqueó la ceja—. ¡Vaya! Sí que hay sorpresas. Ahora resulta que tengo que agradecer la caridad de este señor por venir a recogerme porque la familia francesa no pudo venir.

Apenas podía creer lo irónico de su situación. Sara la observó en silencio pero no dijo nada.

Al llegar justo frente a la puerta del coche, Octavio se bajó del mismo y se acercó con la calma de quien nunca tiene prisa. Era un hombre de unos treinta y siete años, bien parecido, de facciones marcadas y barba perfilada. Su semblante serio recordaba a Alexander, pero con una autoridad más contenida.

Octavio se quitó las gafas, permitiendo que Victoria analizara su rostro con mayor precisión. Notó una expresión de desconocimiento de su parte, como si fuera la primera vez que lo viera. Él disimuló con un comentario, evitando hacer una pregunta directa.

—El blanco no está mal... aunque para ti sea un fastidio —dijo, refiriéndose al vestido de la joven—. Lo escogí por las circunstancias, perdón por mi atrevimiento. En fin, ¿qué tal estás?

—No sabría decirle, pero me da la impresión de que realmente no le importa —contestó, fría y cortante.

—¿Tan mala persona crees que soy? Querida, te hace mal pensar así de mí. En verdad eras valiosa. No sabes cuánto. —Lo dijo con suavidad, pero sus dedos se tensaron sobre el marco de la puerta. Como si aquellas palabras le costaran. Hizo una pausa—. ¿No me recuerdas, cierto?

—No —afirmó—. Pero sé quién es. Su hijo se encargó de informarme apenas abrí los ojos. El tal Alexander Miller.

Octavio carcajeó, como si las palabras de Victoria hubieran sido dichas por una niña que da un regaño.

—Soy tu futuro marido. Octavio Miller —dijo, con una sonrisa tensa—. Lamento el berrinche de Alexander. Ya hablaremos en casa. Ahora tenemos que irnos; tengo negocios que atender.

De un solo impulso, la agarró por la cintura, levantándola en brazos. Ella, sorprendida por el gesto, reaccionó tratando de detenerlo.

—¿Qué haces? ¡Suéltame de inmediato! Puedo intentar...

—¿Caminar? —hizo una pausa—. El Dr. Smith me puso al tanto. Sé que no puedes.

—Pero no quiero que...

Octavio no le dejó terminar. La agarró con firmeza, obligándola a aferrarse a su cuello para no caer.

—Agárrate fuerte —le susurró al oído, con una intimidad que a ella le resultó invasiva—. No luches conmigo o te dejaré caer. No tienes otra opción.




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