El coche avanzaba en silencio, envuelto en una quietud densa e incómoda. Octavio se inclinó hacia el conductor.
—Frank, cambio de planes, dirígete al salón STARS.
Retiró sus gafas y volteó a observarla.
—Iremos a un salón de belleza —repasó su silueta sin disimulo—. No quiero que la servidumbre murmure sobre tu aspecto.
—¿Y crees que me importa? Te advierto, no quiero ir.
—No estoy pidiendo tu opinión. Es obvio que lo necesitas.
—¿No te gusta lo que ves o te preocupa más lo que digan? Explícame, para tratar de entender.
Octavio la observó, sorprendido por su tono desafiante. Jamás había escuchado a Victoria de esa forma.
—Cuida tu lengua, Victoria. No dejes que su filo te corte por hablar de más.
—Digo lo que pienso. Si no te gusta, no es mi problema.
—Estás muy atrevida. Si no te conociera bien, diría que eres otra.
—Quizás.
Octavio la miró sin decir nada. Sentía que la chica estaba colmando su paciencia.
—No voy a seguirte el juego. No te comportes como niña —su voz sonó áspera—. La decisión está tomada y no pienso discutirla contigo.
—Es evidente que las decisiones las tomas tú. ¡Vaya relación de pareja! Tú ordenas y yo obedezco.
—Has dado en el clavo. ¡Felicitaciones!
Victoria, incómoda, lo vio directo a los ojos. Él respondió con un guiño burlón.
—Deja de poner esa cara. No tienes por qué molestarte. Tu estilo siempre ha sido impecable. No es mi intención cambiarlo —se fijó en su reloj, impaciente—. Por cierto, tu prima Jennifer llega hoy de Francia. Alexander fue a recogerla al aeropuerto. Cenarán con nosotros esta noche. El lugar aún no está definido.
El coche se detuvo frente a un local de fachada imponente. Letras luminosas anunciaban «STARS». Octavio bajó con su elegancia de costumbre y ayudó a preparar la silla de ruedas. Victoria se dejó cargar hasta el interior. El salón era un templo de vanidad: paredes marfil, retratos de famosos, perfume a rosas y música clásica de fondo. Varios ojos se posaron en ella. La atmósfera le resultó inquietante.
«Una fachada. Como todo lo que me han impuesto.»
—Tengo que hacer unas llamadas. La señora Wilson se encargará de ti.
Octavio desapareció entre los sillones. Dos horas más tarde, Victoria se vio al espejo y apenas pudo reconocerse. Por un instante, la imagen le recordó a otra. Alguien más sofisticada. Alguien distinta. Cerró los ojos, con la esperanza de borrar esa visión. El cabello le caía en capas perfectas, las uñas brillaban en carmín y el maquillaje resaltaba sus pómulos.
—Genial —exclamó Octavio al regresar—. Excelente trabajo, señora Wilson.
Pagó y la estilista se retiró.
—Me veo distinta. Parezco una muñeca. No me gusta.
—¿No te gusta? Difícilmente podrías estar mejor. No te entiendo. Siempre fuiste vanidosa —entornó los ojos—. El accidente te ha cambiado.
Victoria apretó las manos sobre el regazo. Octavio le rozó el hombro con fingida suavidad.
—No sé cómo era antes. Pero ahora esto es lo que soy. Acéptalo.
—Ya veo que estás diferente —atinó a decir—. Vámonos.
Se dirigieron a la salida, pero el destino tenía otros planes. La puerta se abrió para dejar pasar a Alexander, acompañado de una joven rubia y elegante.
—¡Vicky, prima! —Jennifer se abalanzó sobre ella con un abrazo que olía a perfume caro y falsedad—. ¡Qué bueno verte! Sobreviviste por segunda vez. Tienes mucha suerte, querida.
Victoria se quedó sin habla.
«¿Segunda vez? ¿Cuántas veces he estado al borde de la muerte sin saberlo?»
—¡Ay, qué tonta soy! Alex me contó lo de tu "problemita de memoria". Soy Jennifer, tu prima paterna. Viajé desde París solo para verte. Mamá y mi hermano te mandan besos. ¿Cómo te sientes?
—Agobiada —acertó a decir.
Octavio interrumpió la conversación.
—Nos vemos en la cena, Jennifer. Victoria necesita descansar.
Intentó avanzar con la silla de ruedas, pero Alexander le bloqueó el paso.
—Yo la llevo. Jennifer quiere hablar contigo de negocios. Ahora mismo.
—¿Ahora?
—Sí —Alexander aferró los asideros de la silla—. La situación familiar es crítica. Tú quédate con Jennifer.
Octavio arqueó una ceja, furioso, pero Alexander ya se alejaba. Victoria sintió sus manos en la silla y un escalofrío le recorrió la espalda. Octavio los vio desaparecer en un silencio que prometía tormenta.