Fragmentos de Identidad

Capítulo 9

Ya en la residencia de los Miller, Alexander desplegó la silla de ruedas y acomodó a Victoria en ella. La condujo hacia la entrada principal tal como había hecho Octavio horas antes, un gesto que a ella le pareció una imitación demasiado ensayada. Recorrió el vestíbulo con la mirada, deslumbrada. Aquel sitio le resultaba conocido, y eso era lo más inquietante.

«He estado aquí antes. No sé cómo lo sé, pero estoy segura.»

La certeza le oprimió el pecho. No era un pensamiento, era una sensación física.

La mansión era una obra maestra del modernismo forjada con muros de hormigón blanco. El suelo de mármol negro reflejaba como un espejo oscuro. Muebles de cuero gris y esculturas de metal eran su decoración principal. Todo era exquisitamente sofisticado.

—¡Es impresionante! Tan bella pero al mismo tiempo... fría —murmuró Victoria.

—¿Fría? Esto es lo que eres en una sola pieza —Alexander se detuvo en seco. Su sonrisa era cortante.

Victoria lo miró sin comprender.

—Octavio transformó lo que era el orgullo de tus padres en lo que ves ahora. Iba a ser su regalo de bodas para ti —Hizo una pausa, saboreando la ironía—. Se perdió el estilo mediterráneo original. Una lástima. Pero este minimalismo gélido es mucho más... tú.

—¿Me estás diciendo que esta fue la casa de mis padres?

—Así es. Tu padre, Antonio, la construyó tras casarse con Bárbara, tu madre. Tiempo después tu tía Griselda la vendió para mantener su estatus en París. La adquirimos el año pasado. Octavio la adquirió en una subasta. —Sacó un cigarrillo de la cigarrera de su bolsillo y se dispuso a fumarlo—. Tu futuro esposo planea celebrar el casamiento aquí. Tú lo pediste. ¿No lo recuerdas?

Victoria negó con la cabeza.

—Octavio no solo compró la casa: compró las acciones, la empresa, el legado entero. ¿Qué mejor que tenerlo todo bajo su poder?... Incluida la última pieza que le faltaba.

La observó con rabia. Victoria sintió que el estómago se le revolvía. Desvió la mirada. Por un instante, creyó ver las sombras de dos niñas corriendo por el pasillo. Su corazón dio un vuelco. Aquel lugar era un completo misterio que prometía ser mucho más que su prisión.

Alexander hizo ademán de empujar la silla, pero Victoria bloqueó las ruedas con un gesto seco.

—Continúa hablando. Necesito saber más.

—No intentes darme órdenes. No soy Octavio. Si quieres información, espera por él. Ya terminé contigo.

—¡Escúchame, idiota! —Victoria lo agarró del brazo, obligándolo a permanecer quieto—. No te dejaré ir sin que me digas lo que quiero saber. Eres de los pocos que conocen mi pasado. ¡No me lo pongas más difícil! —Tiró de él con más fuerza, casi lanzándolo encima suyo—. Puedo ser una invitada insoportable y fastidiar aún más la relación entre mi futuro esposo y su hijo. No me provoques, noté que no se llevan bien.

Alexander suspiró y se dejó caer en uno de los butacones de cuero del recibidor. Se sirvió un whisky.

—¡Maldita víbora! Eres una cínica. Pregunta lo que quieras antes de que me arrepienta y te mande al demonio.

—¿Qué secreto hay entre Octavio y tú? No es tu padre, ¿cierto? Es demasiado joven. Me di cuenta.

—No, no lo es. Tengo veintiséis años. Octavio, treinta y siete. Somos primos.

—¿Cómo? Explícate.

—Mi madre, Andrea Miller, era su prima mayor. Se quedó embarazada de un don nadie y murió en el parto. —Bebió un sorbo del líquido dorado—. Él me adoptó cuando tenía mi edad actual.

—¿Y tu verdadero padre? ¿Qué pasó con él?

Alexander la cortó con la mirada.

—No lo conocí. Pero seguro debe estar muerto o en algún lugar del mundo —Bebió el último trago de un solo golpe y dejó el vaso con fuerza—. ¿Sigo o te pones dramática?

—Dime cómo nos conocimos.

—A través de tu prima. Nos presentó en una de mis visitas a Francia por negocios. Al principio se llevaban bien. Luego los triángulos amorosos lo estropearon todo. —Sonrió con amargura—. Siempre le he gustado a esa Cavallier, pero no es mi tipo. En cambio, tú...

—¿Yo qué? ¡Qué manía tienes de no terminar tus frases!

—No te hagas la ingenua. Igual, no viene al caso. Cambiemos de tema.

—Está bien. ¿Qué hay con mis padres? ¿Qué pasó con ellos?

—Querida, eres huérfana. Tus padres y tu hermana Verena murieron hace diez años. —Cruzó los brazos, disfrutando el impacto provocado por la noticia—. Eran gemelas.

—¿Gemelas? —Algo se removió en su interior.

«¿Mis padres muertos? ¿Y mi gemela también?»

El aire se le escapó de los pulmones. No podía ser. No podía ser verdad.

La confesión la golpeó como una descarga, dejándola petrificada.

Victoria guardó silencio, sin saber qué decir. Solo intuía que la pesadilla viviente acababa de empezar y ese era solo el principio.




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