Alexander se acomodó en su silla, saboreando la incomodidad de Victoria.
—¿Cómo explicas eso, Vicky?
—No tengo nada que explicar. Y menos a ti.
Su firmeza dejó un eco incómodo en la mesa.
—Es muy extraño, prima. Antiguamente en las fiestas familiares pedías que sirvieran langosta solo para fastidiar a tu hermana. Ella no podía ni olerla. ¿Y ahora tú me sales con esto?
—Bueno... quizás no sea alérgica. No lo sé. No lo recuerdo —Victoria se encogió de hombros, restándole importancia—. ¿Algún problema con eso?
Alexander soltó una carcajada suave, disfrutando del intercambio.
—Vamos a necesitar un manual para descifrar tus nuevos gustos, Cavallier.
Octavio captó la provocación al vuelo. Pero solo se dedicó a observar.
—Pues yo creo que esta no es nuestra Vicky. ¿La habrán cambiado en el hospital? —La frase flotó en el aire como una broma.
La chica recordó las palabras del doctor Smith: si quería evitar problemas, tenía que interpretar a Victoria.
—Querida prima —dijo, clavando los ojos en Jennifer con una frialdad ensayada—. Si tienes algo que decir, dilo sin rodeos. ¿Quién crees que soy? Porque si no tienes respuesta, te sugiero que mejor te calles. Perdí la memoria, no el criterio. Un cambio de gustos es más que razonable, ¿no te parece?
Jennifer parpadeó, sorprendida por el contraataque.
—Tranquila. A menos que seas un fantasma reencarnado, eres la Victoria de siempre. Solo estaba bromeando, primita. Disfrutemos de la velada —le tendió la carta del menú con un gesto casi imperial—. Pide lo que quieras.
Victoria recorrió la lista de platos, hasta que una opción le arrancó una sonrisa inesperada. Un nombre que olía a hogar y a infancia, aunque no supiera por qué.
—Pediré pato a la naranja.
La carcajada de Jennifer resonó en todo el restaurante. Varias cabezas se giraron. Ella se tapó la boca, fingiendo disculparse, pero los ojos le brillaban de puro regocijo.
—Perdón, perdón... ¿Es en serio? Esto es demasiado. Voy a empezar a creer que eres... —Se interrumpió, conteniendo la risa con dificultad—. En fin.
Victoria sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—No sé por qué resulta tan gracioso. Puedes decírmelo. No entiendo.
—Era su plato favorito —Jennifer recuperó la compostura—. El que tú más odiabas.
—¿El plato favorito de quién?
—De Verena.
El nombre flotó en el aire antes de que Victoria lo pronunciara:
—¿Verena?
—Exacto —Jennifer se reclinó en la silla—. Mi tío Antonio y ella lo adoraban. Bárbara lo mandaba a preparar en sus cumpleaños. Eran los peores días de tu vida, ¿sabes? Cada vez que alguien mencionaba el pato, era como recordarte tus días de tortura. —Hizo una pausa—. Hasta hoy. Hoy me has sorprendido, prima.
Todos quedaron en silencio. Jennifer comprendió que había ido demasiado lejos. No le convenía importunar a Octavio, su benefactor, así que se apresuró a suavizar el ambiente.
—Lo siento, primita. Ha sido una elección excelente. Muy apropiada para... recordar a la familia.
Minutos después, sirvieron la cena. Nadie dijo nada. El tintineo de los cubiertos contra la porcelana era el único sonido en la mesa, mientras cada uno digería en silencio sus propias sospechas.