Fragmentos de Identidad

Capítulo 12

Concluida la cena, los cuatro se despidieron a la salida del restaurante.

—Fue una velada interesante. ¡Qué bueno que conservas tus modales, querida! —Jennifer, aferrada al brazo del joven Miller, sonrió con malicia.

—¿A qué te refieres?

—¡A tu comportamiento en la mesa, obviamente! Manejaste el cuchillo con precisión con ese pato a la orange. ¡Bien por ti!

—No pensé que algo tan básico pudiera sorprenderte, prima. Aunque analizando la situación... ¡puedo ver que sí! —Fijó los ojos en Alexander, desafiante.

La sonrisa de Jennifer se tensó al notar su reacción. Octavio, con total destreza, intervino rompiendo la tensión.

—Alexander —señaló al joven—. Lleva a Jennifer de regreso al hotel.

—Creí que lo harías tú.

—¡Creíste mal!

Alexander apretó la mandíbula, pero no replicó.

Minutos después, Octavio y la chica se encontraban en el auto de regreso a la mansión.

—¡Victoria! —La voz de Octavio la devolvió al presente—. ¿Qué demonios te pasa?

—Nada.

—Estás en otro planeta.

—Estás exagerando —Desvió la mirada hacia la ventanilla del auto.

—Hoy sorprendiste a más de uno. ¿Qué sucedió con la langosta? Te he visto devorarla como si fuera lo último que fueras a probar en tu vida. Y ahora, de repente, ¿eres alérgica? ¿Me crees idiota?

—¿Y qué esperas que te diga? No sé por qué lo dije —Alzó la voz—. Como tampoco sé por qué te quieres casar conmigo. ¿No es más fácil que desistas del matrimonio? ¡Es lo más absurdo que he tenido que procesar desde que abrí los ojos!

—¿Es en serio? —Octavio soltó una carcajada—. Sabes perfectamente el motivo.

Él continuó, pero esta vez su voz se tornó más fría.

—¡Eres útil para el negocio! Tú propusiste y yo acepté.

—No puedo creerlo —Se giró para verlo de frente, indignada.

—Tu atractivo hace que todo sea más digerible, más fácil. Tu amnesia es solo un contratiempo, no un cambio de planes.

—¿Digerible? ¡Cómo puedes decir algo así! Pensé que...

—¿Qué había amor?

Victoria no respondió. Un nudo se le formó en la garganta. No era amor, no. Pero había albergado una pequeña esperanza.

—Esto es pura transacción, futura esposa, no te equivoques.

La impotencia comenzó a invadirla y, antes de que fuera víctima de las lágrimas, buscó un pañuelo en la guantera del coche. Fue entonces cuando vio esas fotografías.

—¿Y eso? —Señaló las imágenes.

—Son las fotos publicitarias para la campaña de la nueva cosecha de vinos.

Las luces de la calle iluminaban las imágenes a intervalos, como si su propio rostro apareciera y desapareciera ante sus ojos. Ella observó su imagen retratada. Pero en realidad... no sentía que fuera ella. Un terror repentino le recorrió la médula espinal y las entregó con inmediatez.

Octavio notó la turbación. Las tomó y las guardó nuevamente.

—¿No te gustaron?

—No es eso. Ese rostro... es... idéntico al mío... sin embargo, siento que es otra persona, no yo.

—¡Por Dios, Victoria, qué dices, claro que eres tú!

—Tengo muchas dudas ahora mismo y no quiero casarme. No siento nada por ti.

—Nadie te ha pedido que sientas nada. Solo concéntrate en recordar el propósito del vínculo, no en filosofar —cortó él, poniendo fin a la discusión.

El resto del trayecto transcurrió tranquilo. Llegaron a la mansión y, ya en la habitación, la depositó sobre el lecho.

—Le pediré a María que te ayude a desvestirte. ¿La recuerdas?

—Se presentó esta tarde.

—Fue tu niñera. Cuando murieron tus padres y tu hermana, no quiso separarse de ti. La mandé traer de Francia para que tuvieras una cara conocida.

—¿Niñera?

A Victoria se le aceleró el pulso. La ansiedad volvió a apoderarse de su cuerpo. María, la mujer mencionada por Octavio, la conocía desde niña y estaba en aquel lugar. ¿Amiga o enemiga? Aún no lo sabía. Pero de lo que sí estaba clara era que estaban por cambiar las reglas del juego.

«El juego está por comenzar y esta vez yo moveré las fichas.»




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