Victoria no pudo contenerse. Las ansias por descubrir crecían con fuerza.
—¿Por qué ella no dijo nada?
—Porque el Dr. Smith lo dispuso.
—¿El Dr. Smith? ¿Él la conoce?
"Hay algo extraño. Ese Dr. Smith sale hasta en la sopa."
—Sí. Fue su recomendación. —Octavio se encogió de hombros—. María sabe cuándo callar. La candidata perfecta, según él.
—Ya veo. —Victoria apoyó las manos sobre sus piernas y entrelazó los dedos—. ¿Y por qué decidiste romper el pacto?
—¡Porque eres un apocalipsis! —Octavio soltó una risa seca—. Necesitas claridad sobre quién eres. ¡Aprovéchala!
Le dio la espalda, dispuesto a retirarse. Pero ella lo detuvo.
—Alexander me habló de la casa —se apresuró a decir—. Y de mis padres.
—Lo supuse. —Octavio se giró lentamente—. María me contó que los vio platicando. —Entrecerró los ojos—. Alex no pierde el tiempo.
Hizo una pausa. La estudió.
—Pero ya que estamos... te aclararé algunos puntos.
Cruzó los brazos. Su voz se volvió más fría.
—Trabajé con tu padre. —Una pausa que pesó más de lo que debía—. Lo conocía bien. Diría que... demasiado bien.
Su rostro se tensó. Como si el recuerdo le molestara.
—Ahora su fortuna es mía. Y tú... ya sabes tu lugar en esta casa.
Victoria no dijo nada. ¿Qué podía decir? Aquel hombre era un depredador. Ambicioso, orgulloso, sin escrúpulos.
—Si ya terminaste, le diré a María que suba. —Octavio se encaminó a la puerta—. Te anuncio que he contratado un equipo de fisioterapia. Los verás mañana.
Se detuvo en el umbral.
—Buenas noches, Victoria.
La puerta se cerró.
Victoria se quedó a solas. Enfadada. Humillada. Pero algo más se abría paso entre la rabia: la certeza.
Aquel hombre no era solo un depredador. Era un lobo que acababa de enseñarle los dientes.
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Un breve tiempo después, un toque suave resonó en la puerta.
Victoria supo al instante quién era. Inspiró hondo.
—¡Pase!
La puerta se abrió con un chirrido apenas audible. María entró como quien camina sobre cristales. Cerró detrás de ella con una suavidad que parecía ensayada.
Se detuvo frente a la cama. No se sentó. No ofreció té. Solo esperó.
—Buenas noches, señorita. —Su tono era profesional, pero la tensión en sus hombros la delataba—. El señor Octavio me envió. ¿La ayudo en algo?
Victoria la miró. La estudió. Y entonces, sin rodeos:
—Voy a ser directa. Sé quién es usted.
María no respondió. Pero sus ojos... sus ojos dijeron todo.
Miedo. No sorpresa. Miedo.