Fragmentos de Identidad

Capítulo 15

María tomó una jarra de cristal sobre la mesita de noche, sirvió un vaso con agua y se lo ofreció.

—Aquí tiene. Beba despacio. Se sentirá mejor.

Victoria obedeció. Sus manos temblorosas apenas podían sostener el recipiente.

—Gracias... Ya estoy mejor, nana —dijo en un acto reflejo.

—¿Nana dice? —María miró su rostro con una ternura atravesada por la perplejidad—. Vaya que se golpeó fuerte.

—No sé por qué te sorprende tanto —dijo, confundida.

María acercó una silla y se sentó frente a ella, con más confianza.

—Ni cuando eras pequeña me llamaste así —dijo en un hilo de voz—. Sin embargo, tu hermana era quien lo decía siempre. Hasta el último día.

—¿Cómo era mi relación con mi hermana? —la pregunta no se hizo esperar. Victoria tomó las manos de la anciana con un gesto impulsivo. Ya no podía callar.

María hundió la mirada en el regazo. Sus hombros se tensaron, como si cargara el peso de los años. Cuando alzó la cabeza, su mirada no era de quien tenía algo bueno para contar.

—A veces es mejor no recordar —dijo, y su voz apenas se escuchaba.

—¿Por qué dices eso? —Victoria apretó sus manos. Buscó los ojos de la anciana tratando de leer en ellos algo distinto de lo que temía escuchar.

—Una vez, de pequeña... tendrías unos 7 años, sufriste una caída. Tu hermana corrió asustada al verte en el suelo lastimada. —María hizo una pausa, como si el recuerdo aún le doliera—. Ese día pude ver con mis ojos lo mucho que te amaba. Lloraba tanto por ti. Sin embargo tú.... Supongo que solo eres diferente.

La mención de ese hecho flotó en el aire como una nota sostenida. Victoria sintió un nuevo vértigo, pero esta vez no era dolor. Era la claridad de una vivencia de su vida que regresaba:

Dos niñas idénticas corriendo por un jardín. Risas. El sol calentando. Olor a rosas y tierra húmeda.

Una tropieza. La otra le extiende la mano intentando ayudarla.

«No llores, Vicky. Ven, te ayudo a levantarte.»

«Déjame en paz, Verena. Yo puedo sola. No quiero que me tengas lástima.»

Una María más joven aparece en la puerta. Ve las lágrimas de Victoria y corre a su encuentro.

«¿Qué pasó?» Examina el pequeño rasguño. «Usted no puede agitarse, recuerde lo que le dijo su mamá.»

Verena, curiosa, pregunta:

«¿Por qué, nana? ¿Qué le pasa a mi hermana?»

«Nada, mi niña, nada. Ahora vamos. Debemos entrar a almorzar.»

El recuerdo se esfumó. La mirada de la chica se volvió ausente. Parecía perdida.

María la observaba ahora con una expresión nueva. Ya no era alegría ni preocupación. Era una grieta abriéndose en un muro de cemento.

«¿Qué le pasa a Victoria? Actúa distinto. Su cara... sus ojos... me recuerdan a... No. Es imposible. Verena murió.»

La sensación era como un puñal clavado en su espalda.

María se puso de pie lentamente. Retrocedió un paso.

—No... no puede ser —murmuró, llevándose la mano a la boca—. No puedes ser ella... Está muerta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.