Victoria vio el terror en el rostro de la anciana. Como si hubiera visto a un fantasma. Sin pensarlo, la sujetó por los hombros y la obligó a mirarla.
—¿Qué te ocurre, nana? Estás temblando. ¿Por qué has dicho que no puedo ser ella? ¿Quién es «ella»? ¿Crees que sea Verena?
María guardó silencio. La curiosidad y el miedo se disputaban su rostro.
—Niña… no diga eso donde la escuchen. Soy una mujer mayor. A veces la mente me juega malas pasadas. No me haga caso.
Victoria no la soltó. No iba a dejarla escapar.
—No mientas. Sé que me miras como si vieras a otra persona. Ella y yo éramos gemelas. ¿Cierto?
María, atenazada, se atrevió a mirarla de frente. Lo que veían sus ojos contradecía lo que su razón le gritaba.
—Idénticas —respondió con un hilo de voz—. Como dos gotas de agua. —Sonrió con nostalgia—. Cuando eran niñas, el señor Antonio me dio una orden: «María, péinalas con una coleta alta». Así, cuando estaban de espaldas, podía distinguirlas por el lunar.
Hizo una pausa.
—¿Un lunar? —Victoria contuvo la respiración.
—Sí. —Suspiró—. Pero a usted le gustaba desafiarlo. Le pedía a Verena que se soltara el pelo para confundirlo. Verena creía que eran juegos. Nunca vio malicia en su petición.
—Háblame de él —pidió Victoria, con la voz entrecortada.
—Pequeño, color café, justo en la nuca, en forma de monedita. —María se enjugó una lágrima—. Luego crecieron y el lunar dejó de hacer falta. Bastaba con mirarlas a los ojos.
—¿Nos quería mi padre?
—Por supuesto que sí —María asintió—. Pero nunca entendió el favoritismo de doña Bárbara por usted. Él no sabía lo de su corazón. La señora se lo ocultó a todos. Solo Víctor, el hermano de tu madre, y yo compartíamos su secreto.
Victoria se inclinó hacia ella.
—Ahora que me tienes frente a ti… ¿qué ves en mis ojos?
María se agitó. No quería responder. Pero Victoria no le permitió escapar.
—Dímelo —susurró, con voz cortante—. ¿A quién ves?
La anciana retrocedió hacia la puerta.
—Mis ojos ya están viejos, mi niña. No confíe en ellos. —Vaciló un instante—. En este mundo… no hay lugar para reencarnaciones. Solo Victoria sobreviviría, y esa es usted. Recuérdelo. Buenas noches.
—¡Espera, nana! —Victoria casi se incorporó—. ¿Quién de las dos tenía el lunar?
María respiró hondo.
—Solo Dios marca a sus hijos, quizás para reconocerlos en la otra vida. —Se volvió hacia el umbral—. Y una cosa más… hace años que nadie me llama nana. Quien lo hacía ya no está. Ahora soy solo María.
La puerta se cerró. Victoria quedó a solas.
Su mano ascendió hasta la nuca. Los dedos exploraron bajo el cabello, milímetro a milímetro.
No podía ver. Pero podía tocar. Podía buscar.
La verdad ya no era un recuerdo esquivo. Era una marca en la piel. Y estaba a un gesto de distancia: deshacer el peinado, mirarse al espejo… y saber.