En la cama de un hospital privado yacía el cuerpo de la joven, conectado a un monitor cardíaco.
—Buenos días —saludó la mujer frente a ella—. Qué bueno que despertó.
La chica la miró confundida. Parpadeó varias veces, como si la luz le pesara.
—¿Quién es usted?
—La enfermera a cargo.
La paciente extendió las manos y tocó su cráneo envuelto en vendas. El miedo se reflejó de golpe en su rostro.
—No se asuste. Ya está fuera de peligro. ¿Cómo se siente?
—Estoy... viva. Creo que eso ya es un milagro. —Cerró los ojos un segundo y respiró hondo.
—Tiene razón. —La mujer de la cofia desconectó el equipo médico—. Por cierto, un tal detective Perdomo vino a preguntar por usted.
—¿Cuándo?
—Hace dos días.
—¿Me está diciendo que llevo aquí todo ese tiempo? —El dolor le atravesó las sienes.
—¡Tenga cuidado! Sufrió un duro golpe en la cabeza.
La chica la observó por un segundo. Parpadeó, intentando asimilar lo que acababa de escuchar. Trató de calmarse antes de proseguir.
—Dígame. ¿Qué quería ese señor?
—No lo sé. El doctor Smith le explicó su diagnóstico. También le sugirió que no molestara a su familia. Después de eso, se marchó y no volvió por aquí.
—Un momento. ¿De qué familia me habla? —preguntó, con la voz más aguda de lo que pretendía.
—Discúlpeme, señorita Victoria. Suelo hablar de más. —Su tono se volvió tembloroso—. Ya no se preocupe. En breve vendrá el doctor Smith. Ahora debo retirarme.
Salió sin dar pie a más preguntas.
Victoria se quedó sola. Con ansias de seguir averiguando. El nombre «Victoria» resonaba en sus oídos, otra vez, como una nota desafinada. Buscó en los rincones de su mente, pero solo encontró vacío.
No escuchó los pasos que se aproximaban. Cuando alzó la vista, él estaba allí.
Traje oscuro. Mirada fría que la hizo sentir amenazada. Observándola con la paciencia de quien acecha.
—Veo que la enfermera no mintió —dijo, y su voz era baja, íntima—. Estás despierta, Victoria Cavallier.
— ¿Me conoce?
La pregunta se quedó en el aire. Flotando, aguardando a que aquel hombre misterioso se dignara a responder.