Fragmentos de Identidad

Capítulo 18

Caminaban en silencio por los senderos del viñedo. Victoria, con jeans ajustados y camisa blanca, avanzaba despacio. Las muletas le pesaban, pero no se quejaba. La luz del atardecer le sentaba bien. Él, a su lado, llevaba jeans oscuros y una camisa negra remangada.

De pronto, él tomó un racimo de uvas y empezó a comerlas. Ella lo miró de reojo, pero no hizo comentarios hasta que le ofreció una.

—¿Quieres probarlas? Están deliciosas.

—No, no quiero.

—No seas malcriada. Solo abre la boca. Te gustará.

Ella accedió a regañadientes. Octavio tomó una fruta y la depositó suavemente dentro de su boca. Victoria sintió un calor súbito en las mejillas al sentir el contacto de sus dedos rozando sus labios. Tragó con dificultad.

Él volvió a repetir la acción con una sonrisa de satisfacción. Ella desvió la mirada hacia el viñedo, como si de repente aquellas hileras de vides fueran lo más interesante del mundo.

Siguieron recorriendo durante casi una hora. Pasaron junto al antiguo lagar de piedra, donde unas enormes prensas de roble descansaban bajo un techo de vigas centenarias. El olor a mosto fermentado impregnaba el aire. Más allá, los toneles se apilaban en la penumbra fresca de la bodega principal.

Victoria empezó a rezagarse. Él se detuvo y le ofreció el apoyo.

—Basta de orgullo. Apóyate.

—No hace falta. Y no insistas.

—Solo hazlo. Si no... te voy a cargar en mi espalda. Y eso estoy seguro de que no te gustará. Elige rápido antes de que tome la decisión por ti.

Ella dudó un instante. Luego, con un suspiro de resignación, se aferró a él. Realmente estaba cansada. Habían andado por mucho tiempo. Siguieron así hasta las bodegas, donde varios empleados trabajaban entre barricas. El aroma a roble y a vino envejecido lo envolvía todo.

Octavio le consiguió un asiento y se alejó para hablar con los trabajadores. Victoria, desde su rincón, se descubrió observándolo. La camisa negra, los brazos descubiertos por las mangas remangadas, su pelo con algunas canas prematuras. Había algo en él que no encajaba con la imagen del depredador que ella se había formado.

«Es arrogante e insoportable..pero endemoniadamente atractivo.»

Apartó la mirada, molesta consigo misma.

—¿Me sirve una copa? —le pidió a uno de los empleados.

El hombre le tendió una. Victoria la aceptó y bebió un sorbo. El sabor la invadió, cálido y familiar.

Octavio se acercó despacio, con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Desde cuándo te gusta el vino?

—Desde siempre, supongo. No lo sé.

—Interesante. —Hizo una pausa—. Antes lo detestabas y ahora resulta que la nueva tú se deleita con él. —La miró unos segundos más de lo necesario y prosiguió cambiando el tema con determinación—. Vamos a la oficina. Estarás más a gusto.

—Estoy bien aquí. Ve solo.

—Iras conmigo y no te estoy pidiendo permiso.

Sin darle tiempo a protestar, la cargó en sus brazos. Su mano se deslizó hasta su cintura y la apretó con firmeza antes de alzarla.

—¡Octavio! —exclamó por la sorpresa.

—Tranquila. Solo nos mira media bodega. Tú solo no te muevas y guarda silencio. Te quejas mucho.

La llevó hasta el despacho y la depositó con suavidad en una silla, dejando que sintiera su tacto por un tiempo más. Cuando retiró la mano, ella sintió el vacío. Apenas pudo controlar la respiración para que él no notara su nerviosismo. Realmente aquel hombre la perturbaba, pero no podía permitirse admitirlo.

Cerró la puerta y sacó una botella de la gaveta.

—¿En serio? ¿Me trajiste para ofrecerme más vino? Innecesaria la escena.

—Este es especial. —Descorchó la botella, ignorando el comentario—. Para brindar. Esta versión tuya es más tolerable.

Ella lo miró con dudas. Pero no preguntó.

Él sirvió dos copas. Brindaron en silencio. Hablaron de la cosecha, de la bodega. Victoria bebía a pequeños sorbos, sintiendo cómo la tensión cedía.

Fuera, el sol empezaba a ponerse.

—Deberíamos irnos —dijo ella—. Es tarde.

—Aún no. —Octavio se levantó y metió la mano en el bolsillo—. Tengo algo para ti. Te lo has ganado.

—¿Ahora me tengo que ganar las cosas contigo? Vaya futuro marido —se burló.

—No. Esto es personal.

Sacó una pequeña caja alargada y la dejó sobre el escritorio. Victoria la abrió. Dentro, sobre un lecho de terciopelo, brillaba una cadena de oro con un colgante en forma de «V».

—Es... preciosa —dijo, sin poder evitarlo.

—Era para tu cumpleaños. Pero me pareció que este era un buen momento. —Hizo una pausa—. ¿Me permites?

Victoria asintió, casi sin darse cuenta. Octavio tomó la cadena, rodeó la silla y, con una delicadeza que ella no esperaba, apartó su cabello hacia un lado.

Sus manos acariciaron su nuca. Ella no lo detuvo.




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