En una cafetería de un barrio francés situada en la esquina de una calle adoquinada, Griselda y sus hijos, Jennifer y Jonathan, disfrutaban la tarde. Varios parroquianos hojeaban el periódico en silencio mientras el tintineo de las cucharillas contra la porcelana se mezclaba con el murmullo de las conversaciones en francés.
—¡Adoro París! —exclamó Jennifer mientras fumaba un cigarrillo—. Ese tiempo con los Miller fue asfixiante. A excepción de Alex, Octavio es detestable y Victoria es peor.
—¿Te molestó? —preguntó Jonathan con cinismo, arqueando una ceja.
—Ni te imaginas. Apenas pude digerirla. No sé qué le vieron.
El hombre era alto y delgado, de unos treinta y tantos años. Su parecido físico con Jennifer era extraordinario, aunque destacaba un refinamiento superior en las facciones de su rostro.
—Algo que seguramente no vieron en ti, querida —Su rostro retrataba la burla hacia ella.
A la rubia se le inyectaron los ojos de rabia y aplastó el cabo de cigarro en el cenicero de cristal encima de la mesa.
—Victoria es el demonio encarnado. No me compares con ella, Jonathan. Si vieras lo que hizo Octavio con la mansión, entenderías lo que hablo. ¡Un horror! La diseñó a su imagen y semejanza. No hay un solo rincón donde apetezca sentarse a leer. Es gris y oscura como ella.
Griselda bebió un sorbo de su taza de café con una tranquilidad que helaba. Clavó los ojos en Jennifer, alertando de que era el momento de detener el drama. Su madurez entrada en años no opacaba su estilo y clase, más bien la resaltaba. Su complexión delgada era similar a la de sus hijos, haciéndola poseedora de una auténtica belleza.
—No puedo creer lo que acabo de escuchar. ¡Tú! Hablando de un rincón para leer. —Sonrió con desdén—. Apenas puedes sostener un libro, no te engañes, querida. Ese ejemplo no te queda. Es un insulto a tu madre.
Jennifer apretó los carrillos y tragó en seco. No contestó. Doña Griselda no lo hubiera permitido. Bien sabía de lo que era capaz.
—Ahora vamos al tema que me interesa. ¿Qué pasa con la "nueva versión" de Victoria? ¿Estás segura de que está actuando como la otra?
—Sí, mamá. No estoy diciendo que fuera una ternura, pero me recordó muchísimo a Verena. Las expresiones, el rechazo a la langosta, su comportamiento en la mesa, hasta la manera de mirarme.
Jonathan soltó una carcajada.
—Imposible. Verena está muerta. Además, Victoria perdió la memoria, puede ser un trastorno temporal de la personalidad o algo así.
—Pero sé lo que vi. —Jennifer sacó otro cigarro de su bolso de piel y lo encendió.
—Verás que pronto volverá a ser la prima cruel y despiadada que tanto adoro. Aunque quizás... —el joven frunció el ceño pensativo— le ha dado por imitar el carácter aburrido de la fallecida por conveniencia. Ella es capaz, ten la certeza.
—Sinceramente no la creo capaz. No ganaría nada con eso, además de perder su tiempo. ¿Qué sentido tiene imitar a una muerta que además detestaba? —respondió Jennifer, molesta.
—Supongamos que tienes razón. Eso podría estropear todos nuestros planes. —Jonathan dirigió esta vez la mirada a su madre, que hasta el momento había intervenido escasamente en la conversación.
—Sé de lo que es capaz esa hidra venenosa. La conozco mejor que ustedes. Es idéntica a su madre Bárbara. Si Jennifer está convencida de que hay algo raro, tengo que averiguarlo.
Jonathan se recostó en la silla.
—Tienes razón, madre. Vicky es el tipo de mujer elegante e impecable, pero fría como un cadáver. Es de esas que te hacen sentir que vas mal vestido aunque lleves un esmoquin. Créeme, es la única que me ha hecho sentir mal hasta con mis mejores galas, y ya eso es mucho decir. Mejor que ella: nadie, es su concepto. En resumen: una arpía con clase. Así que si esta "nueva versión" pide pato a la orange y es alérgica a la langosta como habías mencionado, quiere decir que Vicky o está tramando algo imitando a su hermana, o está peor de lo que dijo el Dr. Smith. Fin del informe.
—Basta de especulaciones. No actúen como un par de idiotas. —Griselda alzó una mano y dio un golpe seco en la mesa que hizo girar la mirada de algunos comensales—. Lo que tienen que hacer es estar alertas con esta situación. Su cumpleaños se aproxima y con él, el anuncio de la boda. No creo que sea tan osada para atreverse a jugar con nosotros, sabiendo que le llevamos ventaja en la relación con Octavio. Estoy convencida de que en un par de semanas volverá a ser la misma mosquita muerta de siempre. Y si está fingiendo para sacarle más provecho a la situación del accidente y burlarse de Octavio, entonces es digna de un Óscar, porque hasta a ti, Jennifer, logró engañarte. —Hizo una pausa, mientras recuperaba la compostura—. Criar a esa mocosa altanera fue el peor castigo que me ha tocado en mi vida, pero también ha servido para entender que tengo una digna rival. Debió ahogarse en aquel lago como el resto de su familia.
—Ciertamente usted supera al diablo, doña Griselda —Jonathan lanzó una sonrisa maliciosa.
—Si no hubiera sido por aquel accidente hace diez años, no habríamos heredado nada —sentenció Jennifer.
—El tío soñaba dejar su fortuna a las gemelas, pero por suerte murió antes. Mamá, al final terminó vendiendo las propiedades a un extraño y ahora están en manos del gran Octavio Miller, él todopoderoso, del cual nosotros somos los parásitos. ¡Ah! Sin contar que para seguir con las migajas tuvimos que planear un matrimonio. ¡Típico de un gran drama familiar! —dijo Jonathan, burlándose de la situación.