Hanna.
Maldición, fue lo primero que cruzó por mi mente. ¿Por qué me había quedado despierta hasta tan tarde?
Con las pocas fuerza que me quedaban, apagué el despertador. Abrí los ojos con pesadez y fue inevitable consultar la hora: las 4:00 a.m. ¿Qué rayos hacia una chica de diecinueve años despierta a esa hora?, era el castigo de vivir tan lejos de la universidad.
Deje de quejarme y me obligué a salir de la cama; si no me movía ya, el tiempo se me escaparía de las manos. Me duché para espantar el letargo, me puse unos jeans, una camisa rosa de botones y un suéter negro sobre ella. Me apliqué un maquillaje sutil para ocultar las ojeras, desayuné algo rápido en la cocina y, tras tomar mi mochila, me dirigí directamente al auto.
Vivía en un pequeño apartamento que rentaba, algo modesto pero funcional. Fue lo único asequible que pude conseguir cerca del centro de Boston; al menos tenía mi propio espacio y no debía lidiar con las tensiones familiares.
Tras una hora y media de trayecto, llegué justo antes de que iniciara mi clase de las 7:00 a.m: Derecho Procesal Civil, una de mis asignaturas favoritas. Mientras caminaba por los pasillos, divisé a mi amiga Yildiz, quién lucia visiblemente incómoda.
—¿Vas a ir a la audiencia en la corte, Hanna? -preguntó, intentando sonreír.
—Buenos días para ti también - respondí con una mueca divertida. Ella suspiró.
—Lo siento, es que estos zapatos Me están matando - señaló sus tacones con punta de aguja de un rojo vibrante.
—¿Tienes presentación hoy? -Ella sintió - ¿con quién?
—Con el abogado Smith -Hice una mueca de desagrado; ese hombre era detestable, no enseñaba nada y sus exámenes eran una pesadilla -. Deseamé suerte.
—Necesitas más que eso, un milagro -le dije con preocupación y dramatismo. Me dio un beso fuga de despedida y se marchó a toda prisa.
Continúe mi camino hacia la facultad y logré entrar a tiempo. El resto de la mañana transcurrió entre apuntes y leyes, hasta que finalmente salí a mediodía para almorzar. Mientras debatía que comer, mi teléfono vibró. Era Yildiz.
—Hola, Yildiz. ¿Cómo te fue? —Me contó que, milagrosamente, todo salió bien y me preguntó dónde nos veríamos.
—Iré por una hamburguesa la cafetería -le avisé antes de colgar. Caminé con calma hacia la cafetería, elegí una mesa cerca de la entrada y ordené una hamburguesa de pollo con papas. Apenas me senté cuando vi aparecer a Yildiz.
—Mira a quienes me encontré -anunció. Venía con Jasper y Esther, amigos que estudiaban en la facultad de medicina.
—Hola, chicos. ¿Qué tal les va en embriología? -pregunté, mientras Jasper se iba a pedir comida. Yildiz sacó su propio almuerzo; será sumamente meticulosa con la higiene y prefería siempre la comida casera.
—Por ahora bien, aunque el contenido es abrumador - Comentó Esther con una sonrisa.
—Recuerden que hoy salimos por el cumpleaños de Jasper, el que pospusimos la semana pasada -agregó Esther.
Dejé de masticar en seco. Lo había olvidado por completo. Yildiz me iba a matar.
—Tengo turno hoy y no pudo faltar -confesé-. El señor Jackson me advirtió que es un evento importante en el restaurante.
—Hanna, planeamos esto hace semanas. Lo retrasamos por los exámenes -reclamó Yildiz, evidentemente molesta.
—Lo sé, lo siento mucho, pero de verdad no puedo faltar. Ya después regresó a la mesa con el pedido de él y de Esther.
—Dice Hanna qué tiene trabajo y no vendrá a la fiesta -le soltó Yildiz, fulminándome con la mirada. Jasper perdió la sonrisa, pero sin decir nada, le entregó su comida a Esther.
—Me lo imaginaba. A Hanna siempre le surgen imprevistos laborales a último minuto -comentó él.
Me invadió la vergüenza; tenía razón, pero el trabajo era mi único sustento para pagar el alquiler. Mis padres cubrían la matrícula, pero el resto de los gastos dependían de mí. Mi único Consuelo era que en ese restaurante la paga era buena debido a la clientela selecta.
—Lo siento, Jasper -insistí, apenada. Él me sonrió con comprensión, pero Yildiz no cedía.
—Tenemos que hallar una solución. ¿A qué hora termina tu turno? -preguntó ella.
—De 2:00 p.m. a 9:00 p.m. -respondí, cubriéndome la boca con la mano para hablar mientras terminaba de comer.
—¡Ya lo tengo! -exclamó emocionada-. Iremos a cenar a tu trabajo y, cuando termines, nos vamos directo a la discoteca. Total, mañana es viernes y no hay clases.
—Yo no tengo problema, pero hay un inconveniente -objeté.
—¿Cuál? -quiso saber ella.
—Que a ti no te gusta cenar en restaurantes -señalando su fiambrera.
—No importa, yo cenaré en casa antes. Solo es para que Jasper y Esther coman algo porque salen tarde de la facultad mientras te esperamos.
Me cogí de hombros, aceptando el plan. Jasper asintió con la boca llena, conforme. Tras despedirme de ellos, me apresuré hacia el auto. El señor Jackson no aceptaba excusa por retardos.
Al llegar, estacioné rápido y dejé mi mochila en el coche. Entré por la puerta trasera del exclusivo restaurante "Sceet", atravesé la cocina y llegué a los casilleros. Al abrir el mío, el corazón me dio un vuelco. Estaba vacío. Solo están mis zapatos.
—Amy, ¿has visto mi uniforme? No está en mi casillero -te pregunté a una compañera, con la voz cargada de ansiedad.
—No, pero preguntar al señor Jackson. Lo vi esta mañana revisando tu casillero junto a Liz -respondió ella mientras cargaba unas cajas. ¿Con Liz? Esa chica se había encargado de hacerme la vida imposible desde que entré. Con la intriga flor de piel, busqué a mi jefe.
—Buenas tardes, señor Jackson. ¿Sabe dónde está mi uniforme? No lo encuentro por ninguna parte.
—Hola, Hanna -respondió él sin apartar la vista de su laptop -. Sí, Liz tuvo un percance con el suyo y tuvo que usar el tuyo; los de repuesto están en la tintorería.
Me quedé estupefacta. No sabía si sentir ira o confusión.
—Señor Jackson, entiendo, pero... ¿por qué mi uniforme específicamente?