Un día la Muerte mi puerta tocó,
y yo, sin rencor, mi alma le abrió.
Le conté mis penas, mi mundo, el dolor,
y ella, en silencio, me dio su calor.
Creí que venía a llevarme al fin,
que acabaría por fin mi desdicha sin fin.
Pero no, no era mi hora aún,
venía a decirme: “Sigue bajo el sol y la luna”.
Le rogué que no me dejara aquí,
que ya no podía… que ya me perdí.
Pero ella, firme, no se dejó vencer,
me miró hondo, me hizo entender.
Intenté enfadarla, grité sin razón,
mas solo hallé eco en su compasión.
Y al ver mi tristeza, me respondió:
“Todavía no… el tiempo no llegó.”
“Aún no puedo llevarte de aquí,
te falta aprender lo que es por ti vivir.
Te falta amar con el alma encendida,
y comprender el valor de la vida.”
Y con voz herida, pero con firmeza,
me dejó a solas con mi tristeza.
Me prometió que un día vendría en paz,
cuando yo por amor… la dejara en paz.