Un día a la Muerte tanto insistí,
tanto le rogué, tanto le lloré,
que finalmente la presencié,
y sin miedo alguno, hacia ella me fui.
Con su manto oscuro me abrazó,
y en silencio profundo, me escuchó.
Me acerqué aún más, con el alma dolida,
y le supliqué que acabara mi vida.
Ella me miró con compasión callada,
y me dijo que aún no era mi jornada.
"Quédate aquí, aún no es tu partida,
aunque te duela, aún hay más vida."
Le rogué de nuevo, ya no aguantaba,
mi alma cansada, ya no respiraba.
Pero con voz suave, ella respondió:
"Pequeña, aún no... aún no, por favor."
“No temas —dijo—, no estarás sola,
algún día vendrás, cuando el alma vuele y flota.
Pero ahora resiste, aguanta un poco más,
aún no está escrito cómo te irás.”
Y se alejó envuelta en un resplandor,
la seguí con los ojos, cargando dolor.
Pero de pronto, la perdí de vista…
y me dejó sola… en la noche más triste.