"Antes de conocer el mundo, conocimos sus brazos. Antes de entender el amor, lo sentimos en su voz. Mamá es el primer hogar que llevamos en el corazón, incluso cuando ya no podemos volver a él."
— Blackmoon
Eres de donde salí a ver y conocer el mundo por primera vez. Con el paso de los años, has sido una madre cariñosa y amorosa, siempre pensando en los demás, repartiendo tu generosidad sin esperar nada a cambio.
Me has llenado de amor en cada momento que has podido, acompañándome en mis alegrías y sosteniéndome en mis días difíciles.
Eres mi mamá, mi mejor amiga, mi confidente y uno de los regalos más valiosos que la vida me ha dado. Tu amor ha sido mi refugio, tu voz mi consuelo y tu abrazo el lugar donde siempre encuentro paz.
Siempre estuviste ahí para ayudarme a brillar. Desde que era una niña, te esforzabas al máximo para que destacara en cada acto escolar. Aunque yo me quejara cuando me maquillabas o me preparabas para subir al escenario, siempre me decías que era la niña más hermosa del mundo.
Recuerdo una vez que parecía que nuestras mentes estaban conectadas. Había visto en la televisión una colección de libros de Barbie y deseaba tenerla. Ese mismo día llegaste a casa con el primer ejemplar. Semana tras semana aparecías con el siguiente libro, y yo los devoraba día y noche sin descanso. Fue gracias a esos regalos que nació mi amor por la lectura, una pasión que me acompaña hasta el día de hoy.
También eras quien confeccionaba mis vestuarios para los actos escolares. Cosías hasta altas horas de la noche, decorabas cada detalle y convertías simples telas en algo especial. Siempre encontrabas la manera de hacerme destacar con esa creatividad única que te caracteriza.
Durante mi adolescencia muchas veces me molestó tu sobreprotección. Sentía que me arruinabas la vida con tantas preguntas y condiciones. Quería ir a pijamadas, salir con amigas y disfrutar de más libertad. Siempre debías saber dónde iba, con quién estaría y a qué hora regresaría. Si no cumplía el horario, no volvería a salir.
Hoy entiendo que todo aquello era amor disfrazado de preocupación. Querías protegerme de cualquier peligro y cuidarme de todo lo que pudiera lastimarme. Con el tiempo descubrí que, en realidad, disfrutaba más estar en casa. Las pocas veces que fui a bailar a un boliche terminé sintiéndome fuera de lugar. Mientras todos parecían divertirse, yo solo pensaba: "Ahora mismo podría estar calentita en mi cama durmiendo". Prefería compartir una bebida y una charla tranquila con mis amigas antes que una noche de fiesta.
Siempre me ayudaste a combinar ropa, elogiabas mis elecciones y me acompañabas mientras buscaba mi identidad y mi propio estilo. Fuiste mi heroína silenciosa, mi ángel protector.
Aunque me vieras como una hija alegre y extrovertida, por dentro muchas veces me sentía sola. Hablaba conmigo misma para llenar vacíos que ni siquiera sabía explicar. Escondía mis miedos, mis tristezas y mis inseguridades porque sentía que debía cumplir el papel de la hija perfecta: la que sacaba buenas notas, la que se portaba bien, la que no daba problemas. De alguna manera creía que así podía compensar las rebeldías de mi hermano mayor.
Pero un día todo cambió.
Recuerdo aquella mañana en la que nos despertaste llorando. Tus ojos estaban llenos de lágrimas cuando nos dijiste que necesitabas hablar con nosotros. Mi hermano y yo nos levantamos preocupados, sin imaginar lo que estábamos a punto de escuchar.
Entonces llegaron las palabras que cambiaron nuestras vidas.
—Su padre me engañó. Me fue infiel. Y no es la primera vez.
Tu voz se quebró al mismo tiempo que nuestras ilusiones.
Mi mundo y el de mi hermano se derrumbaron en un instante. La ira, la tristeza y la decepción nos golpearon con una fuerza que jamás habíamos conocido. La persona que tenía en un pedestal cayó de golpe, y el odio comenzó a crecer en mi corazón.
Mi adolescencia se desvió hacia la rebeldía. Ya no quería ser la niña perfecta.
Comencé a escribir para liberar todo el dolor que llevaba dentro. Cada página se convirtió en un refugio donde podía dejar mis sentimientos de decepción, tristeza y abandono. Sin embargo, mi sufrimiento siguió creciendo hasta convertirse en una depresión silenciosa. Durante dos años me autolesioné en secreto, ocultando mis heridas detrás de sonrisas que nadie cuestionaba.
Hasta que un día encontraste mis escritos.
Encontraste mis cuchillas.
Y encontraste mi dolor.
En lugar de juzgarme, me abrazaste.
Me sostuviste entre tus brazos mientras lloraba y me consolaste como solo una madre puede hacerlo. Me hiciste prometer que no volvería a lastimarme, porque cada herida que me hacía también hería tu corazón.
Después de aquel momento nos volvimos aún más cercanas.
Te convertiste en mi mejor amiga, en la persona con quien podía hablar de casi todo. Me llenaste de amor cuando más lo necesitaba y me enseñaste que incluso en los momentos más oscuros siempre existe una mano dispuesta a sostenernos.
Y esa mano, mamá, siempre fue la tuya.
Eres una mujer extraordinaria. Como hermana mayor de tu familia trabajaste día y noche para ayudar a quienes amabas, sacrificando muchas veces tus propios sueños para que otros pudieran cumplir los suyos. Siempre fuiste una persona fuerte, luchadora y generosa.
Como madre, has sido amorosa, protectora y entregada. Tienes una de las almas más nobles que he conocido, llena de amor para dar a cada persona que se cruza en tu camino. Por eso siempre intento, aunque sea un poco, devolverte cada granito de amor que me has dado a lo largo de mi vida.
Verte reír, escucharte contar historias o simplemente compartir tiempo contigo llena mi corazón de felicidad. Cuando me diste la confianza para tomar mis propias decisiones y construir mi propio camino, me convertí en una persona más prudente y responsable. Sin embargo, aquel vacío que me acompañaba desde niña continuó dentro de mí, silencioso e incomprensible, sin que jamás lograra entender del todo cuándo comenzó.
Editado: 08.06.2026