"Entre lo que fuiste y lo que necesité que fueras, nació una distancia que nunca supimos cruzar."
— Blackmoon
Desde pequeña, como suele decirse, las niñas suelen ser más apegadas a sus padres. Son las niñas de sus ojos. Yo creía que mi papá era el ejemplo perfecto de hombre y que, cuando fuera adulta, buscaría a alguien igual a él. Lo admiraba profundamente; lo tenía en la estima más alta, colocado en el pedestal más elevado de mi corazón.
En aquellos tiempos, la violencia era considerada parte de la crianza y de los castigos de un padre, por lo que lo veía como algo normal. Yo era una niña caprichosa y quisquillosa, y aquellos castigos me moldearon para volverme más tranquila y menos exigente, aunque a veces no podía evitar ser quien era. Aun así, lo amaba incondicionalmente. Fue mi primer amor, el primero que me cegó.
Me colmaba de regalos y cariño cuando me portaba bien. Algunas noches me cargaba en sus brazos y me cantaba cuando lloraba. Me enseñó a andar en bicicleta, a esforzarme por conseguir aquello que deseaba y a valorar el trabajo. Me contaba historias de su infancia, de sus luchas, de las dificultades que enfrentó para cumplir sus sueños y construir su propio negocio.
Pero un día todo cambió.
La venda cayó de mis ojos.
Dejé de ver a mi padre como aquel héroe perfecto. Mi pecho se oprimió cuando descubrí que había sido infiel. El pedestal donde lo había colocado se rompió en mil pedazos y, junto con él, yo también me rompí.
Todo el amor que sentía se convirtió en odio, resentimiento y decepción. Sentía asco y me prometí que jamás estaría con alguien como él.
Desde entonces fingí que todo estaba bien. Me refugié en la escritura, llenando páginas con mi dolor y mi sufrimiento. Pero cada día me desmoronaba un poco más. Llegó un momento en que escribir ya no era suficiente y comencé a autolesionarme. De alguna manera, aquello me hacía sentir libre, menos sofocada.
Esperaba a que todos se durmieran para llorar en silencio y liberar todo lo que guardaba. Luego, al amanecer, me colocaba una sonrisa en el rostro y actuaba como si nada sucediera.
Pero aquella niña perfecta comenzó a derrumbarse.
Me volví rebelde. La adolescencia no fue sencilla. Había un vacío constante dentro de mí, una sensación de desconexión con el mundo. Con el tiempo, reprimir todo lo que sentía se convirtió en un problema incontrolable. Llegaron los ataques de ansiedad y de pánico. Mi mente y mi cuerpo comenzaron a pasarme factura.
Las emociones se desbordaban y los impulsos me consumían. Sentía que mi piel ardía y me picaba; mis uñas se clavaban en ella hasta lastimarme. No ocurría siempre, pero cuando sucedía era un caos. Mis padres y mi hermano debían intervenir para evitar que me hiciera daño hasta que finalmente lograra calmarme.
Aunque al principio pensé que no lo necesitaba, terminé asistiendo a un taller: un espacio de crecimiento emocional y personal donde aprendí a soltar, sanar y perdonar.
Cuando regresé a casa después de aquel proceso, miré a mi padre a los ojos y reuní toda la valentía que tenía. Por primera vez liberé todo lo que había guardado durante años.
—Durante mucho tiempo te odié —le dije—. La infidelidad que cometiste contra mamá me hirió profundamente y pensé que jamás podría perdonarte. Pero después de este taller siento que puedo contarte todo lo que llevo dentro, dejar atrás el pasado y comenzar una nueva relación desde cero. Una relación honesta, sincera y llena de amor.
Con lágrimas en los ojos nos abrazamos.
Ese abrazo marcó el comienzo de una nueva etapa.
Poco a poco empecé a sanar nuestra relación. Hablábamos más, compartíamos más tiempo juntos y nació entre nosotros una amistad basada en la confianza. Comencé a expresarme con libertad, a bromear con él y a conocerlo más allá del papel de padre.
Con los años, él también cambió.
Pasó de ser un hombre firme y estricto a alguien que aprendió a disfrutar más de la vida. Se permitió experimentar, reinventarse y explorar nuevas facetas de sí mismo. Cambiaba su estilo una y otra vez, sin encasillarse, expresándose cada vez más a través del arte y de su creatividad.
Y fue entonces cuando descubrí que esa parte de él también vivía dentro de mí.
Comenzó a reconectarse con sus raíces. Aprendió a tocar la guitarra, se inspiró para escribir canciones como lo hacía su padre, mi abuelo, que en paz descanse. Empezó a aprender quechua como una forma de acercarse a sus raíces chaqueñas.
Era un hombre multifacético: carpintero, herrero, fisicoculturista, entrenador, dueño de gimnasio, músico y compositor. Un hombre que nunca dejó de aprender.
Y así como heredé algunos de sus talentos, también aprendí a descubrir los míos.
Siempre agradeceré tu amor, tu cuidado y esos regalos espontáneos que me dabas simplemente porque pensabas en mí. Gracias por confiar en mí, por ayudarme a crecer y encontrar mi independencia.
Cuando me derrumbé por completo y terminé en el hospital, corriste junto a mamá para que recibiera ayuda. Estuviste allí cuidándome, buscando soluciones, acompañándome durante mi tratamiento y medicación.
Intentaste sacarme adelante con viajes, con canciones y con tu compañía.
Me llevaste al cementerio para visitar al abuelo, a quien extraño cada día desde que partió. Me contaste historias sobre él, compartiste conmigo nuestras raíces argentinas, las tradiciones gauchas y tantos momentos que hoy guardo con cariño.
Gracias por cada abrazo.
Gracias por cada beso.
Gracias por cada palabra de consuelo.
Te amo, papá.
Con los años pude notar cuánto te esfuerzas por salir adelante. Sin importar cuán difícil sea el momento, siempre encuentras la manera de dar lo mejor de ti para tu familia. Aunque estés cargado de preocupaciones, logras mantener una actitud positiva, recordándote a ti mismo que las cosas suceden por alguna razón y que todo llega cuando tiene que llegar.
Editado: 08.06.2026