Hay recuerdos que el tiempo no logra borrar. No importa cuántos años pasen, cuántas estaciones cambien o cuántas veces intentemos seguir adelante. Existen personas que dejan una huella tan profunda en nuestra vida que permanecen con nosotros incluso después de haberse ido. Tú eres una de esas personas.
Cuando cierro los ojos y dejo que mi mente viaje hacia el pasado, vuelvo a ser aquella niña pequeña que corría por los pasillos de la casa de los abuelos. Una niña que no conocía las preocupaciones de la vida y que encontraba felicidad en las cosas más simples. Entre todos esos recuerdos apareces tú, sentado en tu sillón favorito frente al televisor.
Todavía puedo verte allí.
El control remoto descansando siempre cerca de tu mano, cambiando de canal una y otra vez mientras observabas programas que parecían aburridos para cualquier niño. Sin embargo, para mí no era el programa lo importante. Lo importante era estar a tu lado. Sentarme cerca de ti, escuchar tu voz y sentir la tranquilidad que transmitías.
Recuerdo tus abrazos.
Recuerdo las palmadas que me dabas en la espalda.
Recuerdo cómo me hacías sentir protegida.
A los ojos de muchas personas podías parecer un hombre serio. Un hombre de carácter fuerte, criado en otros tiempos, con costumbres diferentes y una disciplina que hoy parece olvidada. Pero detrás de esa apariencia dura yo podía ver algo más. Veía a un abuelo cariñoso. Veía a un hombre que amaba profundamente a su familia aunque no siempre lo expresara con palabras.
Porque hay personas que dicen "te quiero" con gestos.
Y tú eras una de ellas.
Recuerdo las tardes de mate.
Aunque yo era apenas una niña, me gustaba sentarme cerca mientras cebabas uno tras otro y contabas historias de tu vida. Historias de épocas que parecían tan lejanas que para mí eran casi leyendas. Te escuchaba hablar y sentía que estaba viajando a otro tiempo.
Nunca me cansaba de escucharte.
Tus relatos estaban llenos de anécdotas, de enseñanzas y de experiencias que solo alguien que había vivido tanto podía compartir.
Cada palabra era un pequeño tesoro.
También recuerdo los fines de semana en familia.
Las parrilladas.
Las reuniones.
Las risas.
El aroma del asado llenando el aire mientras todos conversaban alrededor de la mesa.
Y entre todo eso estabas tú, acercándote de manera discreta para traerme algún pedacito de comida a escondidas.
Siempre querías que fuera la primera en probar.
Como si aquel pequeño gesto fuera una forma de decirme cuánto me querías.
Son detalles simples.
Pero son precisamente esos detalles los que permanecen para siempre en el corazón.
Recuerdo también tu viejo taller de carpintería.
Aquel lugar que para cualquier adulto era simplemente un taller lleno de herramientas, pero que para mi hermano y para mí era un mundo completamente diferente.
Todavía puedo sentir el aroma de la madera.
Puedo imaginar el suelo cubierto de aserrín.
Las herramientas antiguas colgadas en las paredes.
Los cajones llenos de piezas misteriosas.
Entrábamos a escondidas una y otra vez.
Explorábamos cada rincón como si se tratara de un lugar secreto.
Como si detrás de cada puerta hubiera una aventura esperando ser descubierta.
Hoy comprendo que aquel taller representaba mucho más que un espacio de trabajo.
Representaba parte de tu historia.
Representaba tus manos construyendo cosas.
Representaba el esfuerzo de toda una vida.
Representaba quién eras.
Y me siento afortunada de haber podido conocer ese mundo.
Entre todos los recuerdos hay algunos que guardo con especial cariño.
Tus apodos.
Todavía puedo escucharte llamándome "mi Chilindrina".
Todavía puedo escuchar aquel "mi chabichabi" que pronunciabas apenas me veías.
Eran palabras sencillas.
Pero eran nuestras.
Y después de tu partida se transformaron en algo mucho más grande.
Porque cada vez que alguien pronunciaba alguno de esos apodos, mi corazón se rompía un poco.
Era como si por un instante volviera a escucharte.
Y luego recordara que ya no estabas.
Recuerdo también verte sentado afuera tomando sol.
La boina sobre tu cabeza.
El mate en la mano.
La abuela sentada cerca de ti.
Conversando tranquilamente como si el tiempo no existiera.
Eran momentos simples.
Momentos cotidianos.
Momentos que parecían eternos.
Nunca imaginé cuánto los extrañaría.
Uno de los recuerdos que más atesoro ocurrió cuando presenté aquella coreografía de tango.
Había puesto tanto esfuerzo en ella.
Tantos nervios.
Tantas horas de práctica.
Y cuando terminé, recibí tus elogios.
Con el tiempo la abuela me contó algo que me emocionó profundamente.
Me dijo que guardabas el video en tu teléfono.
Que lo mirabas una y otra vez.
Que sonreías mientras lo veías.
Que estabas orgulloso de mí.
No creo que exista regalo más valioso que ese.
Saber que alguien a quien amas estaba orgulloso de ti.
Saber que cada logro tuyo también era una alegría para esa persona.
Y entonces llega a mi memoria aquel cumpleaños.
Aquella enorme celebración que reunió a toda la familia.
Tus hijos.
Tus nietos.
Tus hermanos.
Tus amigos.
Todos estaban allí.
La parrilla encendida.
Las mesas llenas de comida.
Los postres.
Las risas.
La música.
Y tú sentado en el centro de todo aquello.
Con tu característica boina.
Con uno de tus ponchos.
Con una sonrisa que parecía iluminar el lugar.
Hablando con todos.
Contando historias.
Recordando momentos de tu vida.
Sin saber que aquel sería uno de los últimos grandes recuerdos que guardaríamos juntos.
Editado: 21.06.2026