Fragmentos de Mi

La niña que fui...

"La memoria guarda lo que el tiempo no puede llevarse."
— Inspirado en la temática poética de Mario Benedetti.

No recuerdo demasiado de mi infancia, al menos no cada detalle. Muchos recuerdos aparecen como fotografías borrosas que el tiempo ha ido desgastando poco a poco. Sin embargo, hay momentos que permanecen conmigo y que, de alguna manera, me ayudan a entender quién soy hoy.

Recuerdo pasar los fines de semana jugando con mis primas. Entre risas, juegos e historias inventadas, los días parecían durar una eternidad. También recuerdo a una niña creativa que disfrutaba participar en los actos escolares. Me encantaba ensayar, actuar y prepararme para subir al escenario, aunque cuando llegaba el momento de salir frente al público los nervios me invadían por completo. Sentía un nudo en el estómago y me dolía la panza, como si mi cuerpo quisiera huir mientras mi corazón deseaba quedarse.

Era una niña que podía pasar horas haciendo pulseras con diferentes colores y diseños, buscando nuevas combinaciones para que cada una fuera única. También disfrutaba jugar con mi primera mascota, andar en bicicleta y perderme en mis propios pensamientos mientras recorría las calles o observaba el mundo a mi alrededor.

Con el tiempo comencé a pasar más tiempo sola en casa. Fue entonces cuando desarrollé un hábito que me acompañaría durante años: hablar conmigo misma. No recuerdo exactamente cuándo empezó. Simplemente sucedió. Me hacía preguntas y yo misma las respondía, como si existieran dos versiones de mí manteniendo una conversación constante.

A veces mi mamá me escuchaba desde otra habitación y me preguntaba con quién hablaba. Yo fingía que no era nada, que estaba jugando o pensando en voz alta. Pero cuando volvía a quedarme sola, retomaba aquellas conversaciones silenciosas que parecían llenar los espacios vacíos de la casa.

Quizás era mi forma de comprender el mundo. Quizás era la manera que tenía de acompañarme cuando no había nadie más alrededor. Lo cierto es que ese hábito nunca desapareció del todo. Incluso hoy, de vez en cuando, sigo encontrando respuestas en esos diálogos internos que comenzaron cuando era apenas una niña.

Al mirar atrás, veo a una pequeña soñadora, creativa y curiosa. Una niña que aprendió a entretenerse sola, a crear mundos con su imaginación y a encontrar compañía en sus propios pensamientos. Tal vez no recuerde todo sobre ella, pero sé que muchas de las cosas que me definen hoy nacieron en aquellos años.

A veces imaginaba cómo sería el mundo si todas las personas desaparecieran de un día para otro y yo fuera la única habitante de la Tierra. Me veía recorriendo calles vacías, entrando en cualquier lugar sin restricciones, explorando cada rincón como si todo me perteneciera. No sentía miedo en esas fantasías; al contrario, había algo fascinante en la idea de tener el mundo entero para mí sola.

Siempre me gustó aprender cosas nuevas. Era una niña curiosa, capaz de interesarse por cualquier tema y pasar horas intentando comprender cómo funcionaban las cosas. Mi imaginación parecía no tener límites y constantemente inventaba historias, escenarios y posibilidades. La creatividad era una parte natural de mí, algo que surgía sin esfuerzo.

Desde afuera, muchos me veían como una niña sonriente y extrovertida. Me gustaba reír, participar y aparentar seguridad, pero la realidad era mucho más compleja. Gran parte de mi vida transcurría dentro de mi propia mente, en conversaciones interminables conmigo misma.

Aquella voz que durante años había sido mi compañera comenzó a cambiar con el tiempo. Lo que alguna vez fue una forma de sentirme acompañada se transformó lentamente en algo diferente. Las preguntas dejaron de ser curiosidad y empezaron a convertirse en dudas. Las respuestas dejaron de darme tranquilidad y comenzaron a señalar cada uno de mis errores.

Sin darme cuenta, esa otra versión de mí, aquella con la que había hablado desde que era pequeña, se convirtió en mi peor enemiga. Conocía cada uno de mis miedos, mis inseguridades y mis debilidades. Sabía exactamente dónde atacar para hacer más daño.

Mientras los demás veían una sonrisa, dentro de mí se libraba una batalla silenciosa. Una lucha constante contra pensamientos que me desgastaban, que me herían emocionalmente y que, en ocasiones, terminaban lastimándome también físicamente. Nadie podía ver esa guerra, porque ocurría detrás de una apariencia tranquila, detrás de una máscara que aprendí a usar demasiado bien.

Y aunque pasaron los años, todavía puedo recordar el momento en que dejé de sentir que estaba hablando conmigo misma y empecé a sentir que estaba luchando contra mí.

Me sentía vacía, como si estuviera atrapada bajo el agua, en las profundidades más oscuras del océano. Todo a mi alrededor parecía distante, apagado y difícil de alcanzar. Veía a las personas moverse, hablar y continuar con sus vidas, pero yo me sentía separada de ellas por una barrera invisible. Era como observar el mundo desde lejos, incapaz de conectar realmente con él.

En aquel silencio solo escuchaba los ecos de mi propia mente. Esa otra versión de mí que alguna vez había sido una compañera comenzó a convertirse en una presencia constante que cuestionaba cada paso que daba. Susurraba críticas, magnificaba mis errores y me hacía sentir insuficiente. Cada logro parecía pequeño, cada fracaso parecía enorme.

Durante la secundaria las noches se volvieron especialmente difíciles. Muchas veces lloraba hasta quedarme dormida, agotada por pensamientos que no parecían darme tregua. Había una tristeza que no sabía explicar y una angustia que se instalaba en mi pecho sin avisar. Mientras los demás dormían, yo permanecía despierta, intentando comprender qué estaba mal conmigo o por qué me sentía tan diferente.

Los cuadernos se convirtieron en mi refugio. Página tras página fui llenándolos con pensamientos, emociones, poemas, reflexiones y frases que aparecían en mi mente. Eran palabras escritas a altas horas de la noche, cuando el peso de mis emociones parecía demasiado grande para cargarlo sola. En aquellos cuadernos guardé lágrimas, miedos, preguntas sin respuesta y partes de mí que no me atrevía a mostrarle a nadie.




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