"El alma elige su propia compañía."
Emily Dickinson.
Parecía que sería un año como cualquier otro. Los días transcurrían con la misma rutina de siempre, con los mismos horarios, las mismas preocupaciones y los mismos sueños que guardaba en silencio. Nadie imaginaba que el mundo entero estaba a punto de detenerse. De un momento a otro una pandemia sacudió cada rincón del planeta y la palabra "confinamiento" se convirtió en parte de la vida de todos.
Las calles quedaron vacías, las escuelas cerraron sus puertas y el tiempo pareció congelarse. Mientras muchas personas luchaban por adaptarse a aquella nueva realidad, yo poco a poco me fui alejando de todo lo que me rodeaba. Sin darme cuenta, comencé a desconectarme del mundo exterior.
Mi refugio se volvió mi habitación.
Entre aquellas cuatro paredes encontré un lugar donde esconderme de la incertidumbre, del miedo y de la sensación constante de que el mundo se estaba derrumbando. Las novelas se convirtieron en mi compañía más fiel. Pasaba horas enteras leyendo historias ajenas, viviendo vidas que no eran mías, recorriendo mundos que existían únicamente entre las páginas de un libro. Cuando terminaba una historia comenzaba otra, como si necesitara llenar cada minuto de silencio con palabras.
Las noches dejaron de tener horarios. Me quedaba despierta hasta la madrugada leyendo, viendo series o perdiéndome entre capítulos de anime. Mientras todos dormían, yo permanecía despierta observando la tenue luz de una pantalla iluminar la oscuridad de mi habitación. A veces ni siquiera era consciente de cuánto tiempo había pasado. Los días y las noches comenzaron a mezclarse hasta convertirse en una misma cosa.
No hablaba con nadie.
Y lo más extraño era que tampoco sentía la necesidad de hacerlo.
Mientras otros buscaban mantenerse conectados mediante llamadas, videollamadas o mensajes, yo me encerraba cada vez más en mí misma. Mi teléfono permanecía en silencio durante días enteros. Poco a poco dejé de responder conversaciones, de buscar a las personas y de interesarme por lo que ocurría fuera de mi pequeño refugio.
Mi habitación se convirtió en una especie de universo paralelo donde el tiempo avanzaba de manera diferente.
Aunque estaba confinada junto a mi familia bajo el mismo techo, parecía que vivíamos en mundos distintos. Apenas nos cruzábamos. A veces escuchaba sus voces desde otra habitación, el sonido de la televisión o los platos chocando durante la cena, pero rara vez formaba parte de esos momentos. Permanecía encerrada en mi propio espacio, observando la vida desde lejos, como una espectadora incapaz de participar.
Con el paso de los meses la oscuridad de mi habitación comenzó a parecerse a la oscuridad que llevaba dentro. Las cortinas permanecían cerradas durante gran parte del día. La luz del sol apenas entraba. No sentía interés por salir al patio ni por asomarme a una ventana. Había encontrado comodidad en aquel aislamiento silencioso.
Los libros, las series y el anime no eran simplemente entretenimiento. Eran una puerta de escape. Cada historia me permitía olvidar por unas horas la realidad. En aquellos personajes encontraba emociones que no sabía expresar, sentimientos que no me atrevía a reconocer y sueños que aún conservaba escondidos en alguna parte de mi corazón.
A veces pienso que durante aquellos meses dejé de vivir mi propia historia para refugiarme en las historias de otros.
Sin embargo, ese refugio también me permitió conocerme de una forma que jamás había imaginado. En el silencio descubrí mis pensamientos más profundos. Aprendí a convivir conmigo misma, con mis inseguridades, mis miedos y mis heridas. Hubo días en los que la soledad se sentía pesada, como una sombra imposible de ignorar, pero también hubo momentos en los que aquella misma soledad me ofreció paz.
Mientras el mundo esperaba que todo volviera a la normalidad, yo permanecía escondida entre páginas, capítulos y sueños ajenos. Mi refugio no era un lugar físico. No era únicamente mi habitación.
Mi refugio eran las historias.
Porque cuando la realidad se volvió demasiado pesada, fueron ellas las que me sostuvieron. Cuando el silencio parecía interminable, fueron ellas las que me hicieron compañía. Y cuando sentía que el mundo estaba demasiado lejos, encontré entre sus palabras un lugar seguro donde permanecer.
Me encerré tanto en mí misma que, poco a poco, comencé a desaparecer de mi propia vida. Cada día me volvía más indiferente a todo lo que ocurría a mi alrededor. Las noticias, las conversaciones, los problemas e incluso los pequeños momentos cotidianos dejaron de despertar algo en mí. Era como si una parte de mi corazón se hubiera adormecido y ya no tuviera fuerzas para reaccionar.
Dejé de hablar durante tanto tiempo que hubo momentos en los que ya no recordaba el sonido de mi propia voz. Los días podían transcurrir completos sin pronunciar una sola palabra. Mi mundo se reducía a pensamientos silenciosos que jamás compartía con nadie. A veces intentaba recordar cuándo había sido la última vez que había mantenido una conversación real, pero los recuerdos se volvían difusos, perdidos entre la monotonía de aquellos días interminables.
Desde mi habitación podía escuchar las risas de mi familia provenientes del comedor. Escuchaba conversaciones, bromas y el ruido de los platos durante las comidas. Escuchaba la vida sucediendo al otro lado de la puerta. Sin embargo, en aquel momento nada de eso parecía importarme. No sentía la necesidad de salir ni de formar parte de aquellos momentos. Permanecía inmóvil en mi refugio, observando el mundo desde la distancia, como si perteneciera a otro lugar al que ya no podía regresar.
Mientras ellos compartían historias y risas, yo escapaba hacia mundos ficticios. Abría un libro y desaparecía entre sus páginas. Me convertía en una viajera de universos imposibles, en una espectadora de vidas ajenas mucho más interesantes que la mía. Cada historia era una puerta abierta lejos de la realidad. Cuanto más tiempo pasaba leyendo, más fácil era olvidar quién era y dónde estaba.
Editado: 21.06.2026