Hoy me toca escribirte con el corazón deshecho entre las manos, como quien intenta juntar los pedazos de algo que ya se rompió para siempre. Me toca escribirte cuando todavía no entiendo cómo puede seguir girando el mundo si vos ya no estás en él. Me toca nombrarte en pasado, y eso, abu, es una de las cosas más crueles que me tocó vivir. Porque hay ausencias que no llegan de golpe: se instalan de a poco en el pecho, se clavan en la garganta, se meten en los rincones de la casa, en el silencio de la mañana, en el sabor de las cosas simples, y de pronto una descubre que el dolor puede habitarlo todo.
Todavía no sé cómo despedirme de vos. No sé cómo aceptar que ya no voy a volver a verte, que no voy a volver a escuchar tu voz, ni a sentir la paz inmensa de estar a tu lado. No sé cómo seguir caminando por la vida sabiendo que una parte tan grande de mi infancia, de mi historia y de mi corazón se fue con vos. Siento que con tu partida se me rompió algo adentro que ya no va a volver a acomodarse jamás, como si el alma, de pronto, hubiera aprendido a vivir con una herida abierta.
Hoy te recuerdo así: con esa sonrisa hermosa que parecía encenderlo todo, con esa ternura en la mirada, con esa manera tan tuya de hacerme sentir querida sin necesidad de grandes gestos, porque a vos te alcanzaba con estar, con cuidar, con preparar, con mirar, con amar en silencio. Y lo único que quisiera en este momento es volver el tiempo atrás. Volver a ser una nena. Volver a quedarme a dormir en tu casa. Volver a despertarme con el ruido de la mañana, con tu voz llamándome, con el desayuno esperándome sobre la mesa y con esa certeza tan simple y tan inmensa de que, mientras vos estuvieras, el mundo todavía era un lugar seguro.
Te veo ahí, en mi memoria, sirviendo la mesa mientras de fondo estaba la tele, con el abuelo, mi hermano y yo sentados esperando el desayuno. Y vos, siempre vos, ocupándote de todos, amando de la manera más silenciosa y más verdadera que conocí en mi vida. Hoy pienso en esas escenas y se me desarma el alma, porque entonces no sabía que esos momentos tan simples iban a convertirse en algunos de los recuerdos más valiosos de toda mi existencia. No sabía que un desayuno, una charla o una mañana cualquiera podían volverse un tesoro cuando la persona que les daba sentido ya no está.
Nunca voy a olvidarme de ese té con leche que me hacías. Nunca. Porque no era solo una taza apoyada sobre la mesa: era una forma de abrazo. Era tu manera de cuidarme, de decirme sin palabras que yo estaba a salvo con vos. Era el sabor de mi infancia, el perfume de tu casa, la tibieza de tu amor en las mañanas. Hoy me parte el alma pensar que no voy a volver a probarlo hecho por tus manos, que no voy a volver a verte prepararlo, que no voy a volver a encontrar en algo tan simple el refugio inmenso que encontraba en vos.
También me duelen tus historias. Me duelen porque las guardo como un tesoro y, al mismo tiempo, me atraviesan de tristeza. Me acuerdo de todo lo que me contabas de tu juventud, de tu vida, de todo lo que luchaste, de todo lo que trabajaste, de todo lo que entregaste por tu familia. Fuiste una mujer inmensa, de esas que sostienen a todos incluso cuando ellas también están cansadas. Fuiste fuerza, fuiste ternura, fuiste entrega, fuiste hogar. Fuiste de esas personas que dejan una huella tan honda que el tiempo jamás alcanza para borrarlas. Y ahora me duele pensar que una mujer tan enorme, tan llena de vida, tan fuerte, ya no está acá para abrazarme, para contarme una historia más, para mirarme como solo vos sabías mirarme.
Y no puedo dejar de pensar en ese fin de semana de hace un año. Ese que hoy guardo como quien guarda una reliquia, porque sin saberlo fue una de las últimas veces en las que pude sentirte tan cerca. Me quedé en tu casa, salimos a caminar juntas, charlamos, compartimos tiempo, y volví a desayunar ese mismo té con leche que me hacías cuando era chica. Y vos me miraste igual que en mi infancia. Igual. Con esa dulzura tuya, con ese amor que no necesitaba explicarse, con esa mirada que me hacía sentir que, aunque el tiempo pasara y la vida siguiera, para vos yo siempre iba a ser tu nieta, tu nena. Ese día volví a sentirme pequeña. Volví a sentirme en casa. Volví a sentir que el mundo todavía estaba en su lugar porque vos estabas ahí. Y hoy ese recuerdo me abraza y me destruye al mismo tiempo, porque jamás imaginé que iba a convertirme en alguien que vive aferrada a los últimos momentos, tratando de no olvidar ni el tono de tu voz, ni el calor de tu presencia, ni la forma en la que me mirabas.
Y después llegó el día que nunca quise vivir.
20 de junio de 2026.
Temprano en la mañana, papá vino a despertarme con una voz tranquila, de esas voces que intentan no quebrarse para poder sostener a los demás, aunque por dentro ya estén hechas pedazos. Y en medio de ese silencio pesado, de esa hora en la que el mundo todavía parece dormido, salieron de su boca las palabras que yo jamás iba a estar preparada para escuchar: que te habías ido. Que ya no estabas. Que tu partida había llegado.
No sé explicar con exactitud lo que sentí en ese instante. Fue como si algo se hubiera apagado de golpe. Como si el aire pesara distinto. Como si el tiempo se hubiera detenido apenas un segundo para dejarme caer dentro de una realidad que yo no quería mirar. Había intentado imaginar ese momento tantas veces. Había tratado de convencerme de que, cuando llegara el día, iba a poder sostenerme, respirar hondo, aceptar. Pero no. Nunca se está lista para perder a alguien a quien se ama de verdad. Nunca se está lista para entender que una persona que parecía eterna de pronto se convierte en recuerdo.
Nos levantamos, nos preparamos y emprendimos el viaje hacia tu velorio. Durante todo el trayecto traté de repetirme que tenía que ser fuerte, que tenía que llegar entera, que tenía que mentalizarme para verte ahí, acostada, con los ojos cerrados, con el cuerpo frío, con ese silencio irreversible que deja la muerte cuando entra a una familia y cambia todo para siempre. Me dije una y otra vez que iba a poder. Me obligué a creer que estaba lista. Pero apenas te vi, todo dentro de mí se derrumbó.
Editado: 21.06.2026